Dulce patria

El título de esta columna toma una frase de nuestra canción nacional. Una imagen que evoca orgullo y pertenencia. Hoy, esa idea de "dulce patria" contrasta con una realidad inquietante y es que la violencia ha entrado con fuerza a los espacios donde educamos a nuestros hijos, mientras que como sociedad estamos llegando tarde.

Las cifras muestran la magnitud del problema. El 76% de los chilenos percibe que la violencia escolar ha aumentado y solo un tercio considera que los colegios son lugares seguros. Las denuncias por convivencia escolar se han duplicado en los últimos 12 años. El porcentaje de estudiantes de segundo medio que declara haber sido maltratado con frecuencia subió de 11% en 2012 a 19% en 2022. Las medidas de control que hoy se discuten pueden contener emergencias, pero no resuelven el problema de fondo sino que actúan cuando la violencia ya se instaló.

La violencia escolar nace antes de la sala de clases. Comienza en el hogar. Uno de cada tres niños en Chile ha sido víctima de violencia física por parte de un adulto en su casa. En esos entornos se aprende que la fuerza impone autoridad, que el grito reemplaza al diálogo y que el golpe corrige. Esas experiencias dejan huellas profundas. Los niños expuestos a violencia intrafamiliar tienen hasta tres veces más riesgo de desarrollar conductas agresivas en la escuela. Los adolescentes que viven violencia doméstica presentan 4,8 veces más riesgo de ser víctimas de acoso y 2,5 veces más probabilidades de convertirse en agresores.

El problema de fondo está en la parentalidad y en las condiciones en que muchas familias están criando. Formar en límites, autocontrol y respeto exige tiempo, presencia y herramientas. Muchas familias enfrentan agotamiento, fragmentación y falta de redes. Muchos niños crecen sin referentes estables para gestionar la frustración, pedir ayuda o relacionarse sin agredir.

La evidencia es clara y apunta a que intervenir en la primera infancia es más efectivo que intentar reparar en la adolescencia. Invertir en la familia, desde la primera infancia, es una estrategia país. Es ahí donde se construyen los vínculos, los límites y la forma en que aprendemos a convivir. Cuando la violencia entra al colegio, ya es tarde.