Blitzkrieg

Como los nazis al fin de la guerra, sus vástagos criollos han desatado una contraofensiva relámpago contra los pueblos de Chile. Ha logrado algunos éxitos iniciales pero fracasará. Gabriel Boric será el próximo Presidente de la República, para continuar abriendo cauce a lo iniciado el 18-O.

A partir del 18 de octubre del año 2021, la derecha ha desplegado todo su considerable poderío económico, mediático y político, movilizando todos los efectivos que aún controlan, instituciones, partidos, brigadistas, medios, publicistas, bots, ideólogos, opinólogos y de un cuanto hay. En una contraofensiva que intenta frenar la arrolladora irrupción popular y democrática que se viene desplegando desde el 18-O.

Al igual que sucedió en el plebiscito y elección de convencionales, la conducción de la derecha fue asumida por su fracción más reaccionaria. Con inusitada facilidad que revela la influencia de padrinos poderosos. El denominado "frente del rechazo" de indisimulada estrategia golpista, aparece ahora encabezado por un nazi de tomo y lomo, oriundo de la localidad de Paine, donde su familia estuvo involucrada en crímenes y desapariciones tras el golpe.

Así han logrado rearmarse y conseguir algunos éxitos iniciales significativos. El principal es que la derecha ha logrado reducir a un mínimo sus pérdidas en la elección parlamentaria.

En la Cámara, la derecha disminuyó 16 mil votos y logró poco más de un tercio del total nacional, y perdió 4 diputados, pero logró mantener cerca del 44 por ciento de los elegidos. La coalición de izquierda logró allí un gran avance, subiendo cerca de medio millón de votos hasta casi igualar la votación de la derecha, y su representación en 10 diputados, quedando como la segunda bancada más numerosa. El Partido Comunista fue el que más creció, casi duplicando su votación y subiendo su representación a 12 diputados, la más numerosa en esa coalición. Pero los partidos de la ex Concertación perdieron más de 600 mil votos y 12 diputados, siendo la Democracia Cristiana la más afectada.

En el Senado, que aumentó el número de sus miembros de 43 a 50, la derecha tuvo aún más suerte. Aunque la oposición la superó en 50% de votos y eligió 14 senadores, la derecha logró elegir 13, y esa diferencia resultó menor a la que había entre los que hacen dejación del cargo, quedando finalmente las fuerzas en equilibrio. Los comunistas lograron regresar a la Cámara Alta tras medio siglo de exclusión, eligiendo 2 senadores.

Ha llamado la atención, asimismo, que otras candidaturas de dudosa naturaleza lograron ahora una presencia electoral significativa y con el nuevo sistema proporcional lograron elegir algunos diputados. Sin embargo, ello no constituye novedad, puesto que fenómenos similares sedujeron a alrededor de un quinto del electorado en todas las elecciones desde el retorno de la democracia. Misma proporción que sumaron el mismo par de candidatos, el año 2013 y ahora.

En la batalla principal, la ultraderecha logró que su candidato presidencial pase a segunda vuelta en primer lugar, por nariz. Lo más grave es que tras la elección, las fuerzas populares quedaron momentáneamente sorprendidas y a la defensiva.

Hasta ese momento, la oposición había desplegado una ofensiva arrolladora, con el acuerdo constitucional, plebiscito y elección de la Convención, primarias presidenciales, retiros 10% y acusación contra Piñera, entre otros hitos. En esta vuelta, sin embargo, casi medio millón de personas del pueblo que votaron Apruebo en el plebiscito, no concurrieron a votar o no lograron hacerlo.

Es sabiduría milenaria que la historia de las diferentes sociedades discurre en una constante tensión entre el pueblo trabajador y las élites. En el curso de la misma los de abajo irrumpen de tanto en tanto masivamente en el espacio político, para hacerse respetar. Y también resuelven así las constantes pugnas en el seno de los de arriba. En favor de las fracciones dispuestas a realizar las reformas necesarias para que la sociedad en su conjunto continúe su avance en un sentido de progreso.

Lo anterior es ampliamente conocido y Eric Hobsbawm lo considera uno de los mayores acervos de la historiografía y sociología. No es tan conocido, en cambio, el gran descubrimiento de la ciencia política clásica: el hecho que las irrupciones populares siguen un curso cíclico. Con largos períodos de calma chicha, otros de ascenso lento y culminan en años de actividad desplegada. Y que ésta sólo amaina tras conseguir sus objetivos principales.

El movimiento cíclico es bien conocido en la naturaleza, pero esta forma de movimiento se ha evidenciado asimismo en las dos actividades humanas más masivas e importantes, su comportamiento económico y político.

Obviamente, frente a la evidencia de un fenómeno de esta magnitud gigantesca resulta insensato no tomarlo en cuenta al intentar comprender y actuar sobre el movimiento económico cotidiano. Del mismo modo, la ciencia política clásica acuñó el concepto de "cretinismo político" para definir la insensatez de no considerar estos grandes ciclos en el estado de ánimo del pueblo, al momento de definir estrategias y tácticas políticas.

La gran pregunta, por lo tanto, es si los éxitos iniciales conseguidos por la poderosa contraofensiva relámpago de la derecha reflejan un cambio de tendencia en la fase de actividad política popular desplegada iniciada el 18-O. Si acaso lo ocurrido demuestra que, tras un período de gran agitación, el restablecimiento del orden ha pasado a primer plano, como pretenden convencer sus publicistas.

O bien, si lo sucedido se sustenta en un reflujo momentáneo, tras dos años de actividad desplegada en medio de la pandemia. Como una marea que sube y baja, sin afectar para nada la dirección ni el sentido de las grandes corrientes marinas. O cómo el oleaje que va y viene a cada instante por encima de ambos.

A mi juicio, lo primero resulta muy poco probable. La fase de actividad política popular desplegada desde el 18-0 parece todavía muy incipiente y no ha logrado aún ninguno de sus objetivos principales. Sin duda la elección y marcha de la Convención Constitucional es un logro gigantesco, pero para resolver la crisis política nacional se requiere además un gobierno y un Parlamento con la misma orientación. Y, principalmente, realizar las reformas necesarias que el país requiere y el pueblo exige

De hecho, nadie cree seriamente en el diagnóstico de cambio de tendencia profunda en el ciclo de actividad popular, excepto quizás algunos de quiénes lo proclaman desde titulares, columnas de opinión y sesudos análisis. La derecha más reaccionaria, con vinculaciones al interior de un sector de las FF.AA., de hecho no lo cree y está tan sorprendida como todos de la profundidad de su contraofensiva. Uno de sus financistas más conocidos lo ha declarado francamente. La otra estrategia de la derecha y del gran empresariado, más sensata que la anterior aunque fracasó en esta vuelta, tampoco cree que la movilización popular haya revertido su curso ascendente.

Por lo antes dicho, las líneas que siguen continúan bajo el supuesto más probable, que el ciclo de actividad política popular desplegada, iniciado el 18-O, continuará durante varios años, tal como sucedió en los dos ciclos anteriores, el iniciado a mediados de los años 1960 y el que se inició en 1983.

El ciclo de actividad política del pueblo es un movimiento pesado, de millones de personas, cuyo sentido ningún individuo o grupo de individuos, por poderoso que sea, es capaz de frenar o revertir bruscamente, a lo más se puede alterar levemente. Por eso mismo, sin embargo, resulta posible conducirlo, del mismo modo que un pequeño timón es capaz de orientar, leve y gradualmente, en una u otra dirección, el rumbo que sigue un pesado transatlántico.

La política es la ciencia y el arte del manejo de dicho timón. No hay nada más serio que esto, puesto que puede determinar si el rumbo del movimiento masivo salva o choca con los escollos, evita o cae en los precipicios que inevitablemente se interponen en su camino. La ciencia política clásica afirma que el ciclo es una cuestión objetiva, pero el curso que siga puede depender decisivamente de lo que denomina el factor subjetivo, es decir, la fuerza política capaz de convertirse en ese pequeño timón.

La experiencia histórica del siglo XX enseña además que dicho timón puede ser empuñado no sólo por los partidarios del progreso, para esquivar escollos y precipicios, sino también por las fuerzas más oscuras de la sociedad, que la acaban precipitando en ellos.

Las fuerzas progresistas y particularmente la izquierda chilena tienen una riquísima experiencia de conducción de las sucesivas irrupciones masivas del pueblo en política, que se han sucedido a cada década en promedio a lo largo de un siglo. Han tenido aciertos de alcance universal y también trágicos errores.

Hasta ahora, las fuerzas progresistas y la izquierda han sabido desplegar la ofensiva de modo brillante. Así lo hicieron durante la gran irrupción popular que, incluyendo por vez primera al campesinado en masa, se desplegó desde mediados de los años 1960 hasta inicios del año 1973, y que merece por ello con justicia el nombre de Revolución Chilena.

En el despliegue del ciclo político popular siguiente, iniciado con la gigantesca protesta del 11 de mayo de 1983 y que se extendió hasta acabar con la dictadura en 1990, sucedió a la izquierda algo parecido. Supo desplegar la ofensiva de modo valiente, decidido, amplio y efectivo, incluyendo por primera vez a todas las formas de lucha.

En ambos casos, sin embargo, la izquierda no logró pasar a la defensiva, a tiempo, cuando el ciclo de actividad popular empezó a amainar, tras conseguir sus objetivos principales. Hay que decir que si en el primer caso el error mencionado fue de cargo de uno de los dos grandes partidos populares históricos, en el segundo corrió por cuenta del otro.

El período de calma chicha que sobrevino tras acabar la dictadura en 1990 ha sido el más largo en un siglo. Se extendió a lo menos hasta el año 2006, cuando "los pingüinos" y otras movilizaciones sectoriales y regionales hicieron sonar la campana que anunciaba que nuevamente el ciclo de actividad política del pueblo empezaba su lento curso de ascenso.

Debido a este hecho, principalmente, unido a toda una serie de acontecimientos mundiales, entre ellos nada menos que la caída del socialismo, se extendieron ampliamente en la izquierda toda suerte de teorías, que en mayor o menor medida coincidían en que se habían terminado las clases sociales y su lucha constante y, para qué decir, las revoluciones.

Todas estas circunstancias explican por qué la izquierda había abdicado de desplegar la ofensiva durante la nueva fase de alza de la actividad política popular que resultaba bien evidente desde hace más de una década. De este modo, había perdido la gran cualidad que la distinguió en el mundo durante el siglo XX, su capacidad de encauzar las irrupciones populares y realizar las reformas necesarias, por cauces democráticos.

En su reemplazo, como siempre sucede cuando las fuerzas políticas existentes no son capaces de asumir la conducción del alza en la participación política popular, otras surgen en su reemplazo. En Chile desde el movimiento estudiantil del 2011 surgió el Frente Amplio, que en ese momento sí empuñó con fuerza las banderas de las reformas necesarias abandonadas por las coaliciones progresistas.

Dio la gran sorpresa en las elecciones del año 2017, cuando su candidata presidencial logró prácticamente empatar en primera vuelta con el de la coalición gobernante, y eligió una importante bancada parlamentaria. Tras el 18-O, el joven Frente Amplio, junto a los comunistas y otras fuerzas, conformó Apruebo Dignidad, que en la Convención Constitucional logró una bancada que superó a la antigua Concertación e igualó a la derecha. Tras una espectacular primaria, esta coalición tuvo un alza fenomenal en las elecciones parlamentarias recién pasadas y su candidato Gabriel Boric ha pasado a segunda vuelta presidencial.

Esa coalición de izquierda ha resistido con firmeza múltiples intentos diferentes por dividirla, que se vienen sucediendo sin pausa desde el mismo momento en que se formó. Su fortalecimiento parece indispensable, conveniente e inminente.
En primer lugar, ciertamente, corresponde explorar la incorporación de las fuerzas políticas de izquierda de la ex Concertación, que han manifestado una disposición favorable. Pero lo mismo parece válido para la Democracia Cristiana. La "unidad política y social del pueblo", célebre consigna en 1970 de Tomic, parece adecuada para Boric.

Lo que importa no es sólo la amplitud de la coalición sino principalmente su contenido. El problema de la Concertación no se debe a los defectos de quiénes lo condujeron o la edad que tienen, sino a las equivocadas estrategias y tácticas que siguieron. ¿Cuál fue su error? ignorar que "no tiene excepción en la historia la ley que lleva a los pueblos a la hecatombe cuando retardan una evolución necesaria", como dijo el presidente Arturo Alessandri Palma.

Es precisamente lo que debe tener presente la amplia coalición que por estos días se está conformando para conducir el nuevo gobierno. Su deber ineludible es apoyarse en el pueblo movilizado para realizar las reformas necesarias con la determinación de Salvador Allende. Su fracaso en esta tarea no acabaría con el descontento, sino podría regalarlo a la canalla fascista.

La contraofensiva derechista se ha encontrado desde el primer instante con una fuerte resistencia popular y política. En el poco tiempo transcurrido desde la elección, se han venido sucediendo uno tras otro, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, pronunciamientos de los más diversos sectores sociales y políticos, de todos los pueblos, de todas las generaciones, de todos los sexos, de todas las ciudades y regiones, a lo largo de todo el país.

En rechazo al candidato ultraderechista y apoyo incondicional al candidato de izquierda, Gabriel Boric, en la segunda vuelta de la elección presidencial. La candidatura, por su parte, ha respondido de gran manera, con amplitud y sin sectarismo alguno, como corresponde, a todas estas decisivas manifestaciones de apoyo.

La avalancha de respaldos debería motivar al medio millón de electores populares del Apruebo que no votaron en primera vuelta, a concurrir a la segunda. Eso es lo decisivo puesto que la victoria no depende de los empresarios, votantes del centro u opinólogos, sino de estos jóvenes votantes populares.

Con toda probabilidad, Gabriel Boric será el próximo Presidente de Chile. Como tal, puede conducir con la determinación de Allende a la más amplia coalición de gobierno en la historia de Chile, para junto a la Convención Constitucional, realizar las reformas necesarias.

Éstas fueron definidas por la más auténtica triunfadora de las recientes elecciones, la honorable senadora Fabiola Campillai, que al expresar su apoyo a Gabriel Boric declaró: "Me abocaré a los temas principales planteados por la revuelta. Pensiones dignas, fin a las AFP, fin al endeudamiento educativo, salud y educación gratuita y de calidad, la recuperación de los recursos naturales, y por supuesto la justicia y reparación de las víctimas de la represión y la libertad de los presos políticos". Clarito, ahí está todo. No se necesita un doctorado para entenderlo ni para explicarlo. Es lo que hay que hacer, el resto viene por añadidura.

La contraofensiva desesperada de la derecha fracasará. Ciertamente no logrará alterar el curso estratégico del avance popular. Mucho menos impedir la inevitable realización de las reformas necesarias que el país requiere y el pueblo exige. Para acabar con los abusos y corregir las distorsiones de la restauración oligárquica que se inició el 11 de septiembre de 1973. Para retomar el curso de progreso allí interrumpido de modo sanguinario.

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