Convención constituyente y estado democrático

El día 11 de abril será una fecha memorable. Por primera vez en la historia del país, se elegirá una asamblea de representantes para elaborar una nueva constitución, denominada Convención Constituyente.

La tarea es enorme. Mediante una libre y amplia discusión y con representantes legitimado/as por el voto popular, se podrá acordar la forma que adquirirá la República, los derechos de las personas que la sostienen y los objetivos que colectivamente acordemos alcanzar.

Nuestra historia republicana nace con la victoria definitiva de los independentistas chileno-argentinos contra la Corona española. La primera década fue agitada y trágica. Al final los conservadores se impusieron a los liberales en una guerra civil. Los vencedores hicieron la constitución portaliana, que con reformas y golpes de Estado sobrevivió hasta 1925.

La constitución del 25 -de la que Salvador Allende fue el último representante- fue la carta del compromiso, negociación y gradualidad en los cambios hasta el año 1973, que fue violada por un golpe de Estado. Después de perseguir a sangre y muerte a los partidarios de la Unidad Popular y sortear una guerra con Argentina, la dictadura impuso una constitución que fue ilegítima en su origen, iniciando un largo y tortuoso camino de transición a la democracia, con avances y retrocesos, hasta que en octubre del 2019 se inició el proceso que le pondrá fin.

Esta lucha ha sido larga, muy larga. Comenzó una noche de agosto de 1980 con Frei Montalva en el Caupolicán, y siguió con las protestas nacionales desde mayo de 1983 que dejó decenas de muertos y heridos.

El Presidente Ricardo Lagos le encargó al senador Andrés Zaldívar, en 2003, buscar un acuerdo en el Senado para al menos reformarla en forma sustantiva. La derecha solo aceptó sacar a los militares de la escena política, debido a que ya eran impresentables para firmar acuerdos comerciales internacionales que beneficiaban a los empresarios. La Presidenta Michelle Bachelet también buscó cambiarla, pero no encontró suficiente apoyo político, además de la oposición cerrada de toda la derecha.

La perspectiva histórica muestra que los sectores progresistas nunca estuvieron de acuerdo con la Constitución que nos rige y los sectores de derecha jamás estuvieron dispuestas a cambiarla mediante el diálogo racional. Solo cuando el país estaba en una grave crisis social y política, la derecha se allanó a un camino institucional para superar la situación coyuntural y abrir un camino a la decisión del pueblo. Sucesos que tuvieron un alto costo humano en muertos, heridos, tuertos y presos sin juicios adecuados.

Las y los jóvenes fueron el motor de ese cambio. Desilusionados y sin futuro, se propusieron destruir un sistema económico y social basado en las ideas de un neoliberalismo extremo, que los excluye. Una educación de mala calidad, con títulos inservibles para conseguir un empleo decente y endeudados con los bancos. Por esto es que entre las viejas demandas y las nuevas, las protestas violentas fueron dignificadas por una multitud pacífica que se sumó a la insatisfacción general. Y entre las imágenes y las palabras se puso en el centro la palabra Dignidad.

La dignidad sólo puede ser reconocida en una comunidad humana que valore a todos sus miembros. De eso se trata la Convención Constituyente: elaborar una Constitución que abra un horizonte para todos.

El asombro por lo que estamos haciendo en Chile recorre el mundo. Es el único país que tendrá una constitución producto de una asamblea paritaria. Que a su vez, contemplará 17 cupos para los pueblos originarios, e incluirá a representantes del mundo de la discapacidad. La forma en como los chilenos estamos cambiando el país a través de un proceso institucional resulta expectante y aleccionadora para muchos pueblos en crisis sociales similares.

La Convención debe ser un espacio no solo para defender nuestras ideas, sino al mismo tiempo, aportar a reconstruir la confianza nacional. Por primera vez en nuestra historia republicana vamos a edificar un Estado legítimo, basado en la voluntad general.

Un Estado democrático se funda en la Constitución que sus ciudadanos han acordado. Una Constitución no es un contrato entre dos. Es anterior, es una asociación de ciudadanos que libres e iguales en dignidad y trato, deciden unirse bajo el amparo de reglas justas y legítimas.

Los 2/3 que imponen los acuerdos no deben ser vistos como una barrera, sino como una oportunidad para crear una Casa Común sobre bases sólidas. Lo que esperamos es, entonces, una confrontación de ideas acerca de lo que puede y debe ser nuestra República.

Votaré por un/a candidato/a cuya propuesta sea un Estado que abandone la subsidiaridad y abrace la solidaridad. Esto implica derechos garantizados para toda la población en seguridad social, salud, educación y programáticos en vivienda y trabajo.

Quisiera un sistema semi-presidencial que aminore la excesiva concentración del poder presidencial, aunque respetando la autonomía de los poderes del Estado. Para ser claros, esta reforma no puede implicar que un/a parlamentario/a sea ministro/a y conserve el cargo parlamentario.

Asimismo, espero que se elimine la figura del "Comandante en Jefe" en las FFAA y sea reemplazada por el Jefe de Estado Mayor, que es la corresponde a unas Fuerzas Armadas acordes al siglo XXI, bajo un mando político. Además, Carabineros deben ser reemplazados por una policía digna de una verdadera democracia.

Soy partidario de que los cargos parlamentarios no deberían durar más que un período presidencial. Y espero que la/el Presidenta/e dure cuatro años, con derecho a la reelección. Además, los gobiernos regionales llegaron para quedarse y es necesario incorporar nuevas competencias y herramientas para que gestionen de manera adecuada el desarrollo territorial. Del mismo modo, es necesario reformar las Corporaciones Municipales -que datan del siglo XIX- y reemplazarlas por gobiernos locales similares a los gobiernos regionales.

Por sobre todas estas preferencias, existe la obligación de edificar conjuntamente un nuevo Estado. Un Estado basado en la solidaridad pública y en la dignidad individual.

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