De Transantiago a Red, ¿los negocios? mejor en familia

En Chile somos poquitos, y es muy difícil que alguien no tenga un conocido. Mentir u ocultar algo es una tarea en extremo compleja. Más aún, si hay que huir de tanto registro en línea y cruzado donde cada prontuario llega por la red a quien se lo pida.

Y claro, tampoco falta el compañero de banco chismoso y de buena memoria que se acuerda de los detalles. Mentir, falsear, inventar, ocultar en un país como el nuestro se ha puesto dificultoso. Y se ajusta el dicho que para mentir y comer pescado hay que hacerlo con mucho cuidado.

Pero las familias son las familias. Ese extraño engendro que no tiene fin en un interminable racimo de combinaciones. La antigua guía de teléfonos, aunque era selectiva a quienes tenían ese aparatito fijo, simplificaba bastante las cosas y los familiares salían agrupados en filas, aunque estuviesen peleados a muerte.

Porque las familias tienen grietas, heridas, dolores y distancias por más que coincidan los apellidos. Pero, aun así, la familia pareciera ser una buena zona de seguridad para los negocios, porque siempre se esperan gestos y solidaridades.

En los nuevos tiempos también hay historias de familias. Algunas ventiladas e hiperventiladas en los matinales o las activas redes. El del señor que creía que la orilla del lago era parte de su jardín y que sólo quería disfrutar con tranquilidad con su familia y sus amigos.

El del otro que transformo a su adorada hija en deportista para ingresar a la prestigiosa universidad.

El experto en inteligencia que falsificaba sus títulos o los errores de los editores televisivos.

Los generales que hacían chamullos para viajar con sus esposas en misiones institucionales. Ellos, también hacían una opción por extender los tiempos en familia. En todo hay mucho de familia.

Todo es chanta y cuchufleteado. Salirse de la fila o esperar el turno o postular pareciera ser sólo para los mortales. El millonario sueldo de la hija del amigo en Nueva York. La playa privada del presidente. Los sobres de los ex generales. Los gastos reservados para gasto de bolsillo. Moderemos el juicio, casi todo.

Y un sentido de horizontalidad e igualdad recorre las redes y las calles, porque para eso están los celulares reuniendo pruebas. Y la pregunta latente es siempre, ¿qué más no sabemos de los arreglines, chanchullos y acomodos?

Quizás siempre o casi, hubo movidas y antes el secreto funcionaba casi perfecto. Hoy todo se ha hecho más difícil y por envidia, chismorrería o control ciudadano hay cosas que si se hacen se saben.

El espacio de confianza es donde cada quien puede decir con entera desfachatez sus fechorías para tener lo que tiene como poder o dinero. Porque la familia es la familia y un familiar impropio o hiperventilado puede precipitar en caída libre a un gobierno.

El presidente y sus ministros y ministras son como una gran familia. Ponerse a seguir esos mapas de apellidos dentro de un gobierno es peligroso, porque el resultado muy probable es que estén los primos y los cuñados, las esposas y los novios, incluyendo los amigos y hasta los ex socios. Los cursos del exclusivo colegio o el vecindario de la casa de veraneo.

Al final no son tantos y cruzar desde lo privado a lo público no deja de tener seducción, aunque los sueldos sean menores. Porque tras todo ese entramado está la confianza y al igual que con los negocios el poder debe cerrar ventanas a los fisgones de cualquier especie y calaña.

Pero, también hay cosas burdas. En esos casos uno reflexiona y dice, aquí hay demasiada improvisación o excesiva confianza. Ya no importan las huellas, ni las pruebas, ni todas las evidencias porque todo está protegido por la extrema confianza y todo el poder.

Hoy el binomio Chadwick-Piñera ha pasado a convertirse en una llave maestra. Una marca. Allí y sólo ahí reside la máxima confianza de todo.

Hagámosla corta. Un primo-presidente encarga un millonario trabajo al esposo de una prima que es hermana de otro primo-ministro. Los detalles están en el desglose de una millonaria suma que se distribuye en el concepto creativo y en los insumos para difundir la “nueva marca”. No se ve bien, era evitable y no puede ser pura coincidencia.

Y todo ocurre con dineros públicos involucrados. Y después del anuncio, a las pocas horas todo resulta asociado o llega al nudo de los dos apellidos de la familia, a la marca, al poder como lo testimonia la orden de compra N° 926-54-SE19 de Dittborn y Unzueta S.A.

El cambio del Transantiago y la BIP, es como volver a pavimentar tramos de la Alameda indefinidamente.  O reemplazar los tacones amarillos de luces, por otros más modernos. O picar de nuevo el cemento para hacer bajadas amigables para personas que se desplazan en sillas de ruedas. O sea, gastar y gastar.

¿Meses de estudios y encuestas y focos para concluir que todo es una RED y debe llamarse RED? La sala se ha quedado muda.

Lo extraño es que los ejecutivos de la agencia escogida deben salir a explicar el resultado de sus creativos. Y ternura aparte, ellos afirman que hasta el propio presidente conoce y aprueba el cambio. Y la sala continua en silencio.

¿Cuál es el problema que aprieta el zapato a los y las habitantes de Santiago y su red de transporte público?

Viajar apretujados en los vagones del Metro en horas punta y muchas veces también en las otras. Y en las micros, perdón los buses, lo mismo. Y que paren en los paraderos y pasen con la frecuencia requerida. Y sean eléctricos o petroleros los buses, mientras sean conducidos a frenazos la molestia es la misma y uno deseará urgente ir bien amarrado a un cinturón de seguridad.

¿Transantiago o Red?

En todo esto hay de espectáculo, de inflación de las formas, de cosmética, de apariencias, de predominio del marketing y los efectos por sobre las mejorías concretas, de adelantarse en los anuncios a cambios que aún están por verse. O de cuando la publicidad hace una promesa inconsistente.  Y este es sólo el inicio del gasto, porque luego con la implementación de la “nueva marca” todo debería multiplicarse.

¿Imaginar un subsidio de locomoción como respuesta a la evasión detectada? ¿O idear una tarjeta familiar subsidiada? ¿O sólo alcanza para más inspectores e inspecciones?

El presidente necesita navegar sobre una interminable lagartija de anuncios, de cualquier tipo. Los y las ministras deben idearlos. Un día será la RED y lo acompaña su ministra. Y así sigue y suma. Y en paralelo encuestas que siguen encuestas o motores de lanzar palabras- etiquetas en las redes sociales.

Los nuevos anuncios ocurren cuando aún resuenan los medidores inteligentes y las eléctricas y en el gobierno se pasan la pelota. Y ello sucede en el marzo recargado de gastos. Entonces, la sensación es similar a lo ocurrido al enterarnos del viaje a la frontera colombiana a liberar a Venezuela o a la porfiada protección al subsecretario. Y aquí no estamos para garabatear lo que usted posiblemente imagina.

Porque Chile tiene temas urgentes y graves en que gastar el dinero público. Un solo ejemplo reciente, cotidiano y dramático.

Cada mes desde el 2017 a la fecha cinco o seis mujeres son muertas por sus ex esposos o parejas. Y el 45% de las potenciales víctimas ha denunciado antes, el riesgo que corre de un potencial victimario conocido y ubicable.

Hasta ahora, de gobierno a gobierno esta cifra continúa creciendo, con su estela de huérfanos, candidatos probables a ese control de seguridad que quieren rebajar a los catorce años. Seguramente tomar medidas efectivas cuesta dinero, pero puede salvar a nuevas mujeres de un femicidio anunciado.

Hoy, mueren más mujeres por femicidios que asaltados por portonazos. Pero, la diferencia es que los femicidios en su gran mayoría tienen pertenencia con la pobreza y los portonazos son los futuros votos en los barrios acomodados.

O sea, hay mucho en que es urgente gastar, aunque este lejos de los negocios y destrezas del binomio familiar y los anuncios de mago del señor presidente.

La desvergüenza va de la mano de la falsa seguridad que ya perdimos el asombro, mientras ellos siguen confirmando que si les falta vergüenza. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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