Democracia: el disparo, el derrumbe y la modernización que incomoda

La democracia no está simplemente en crisis. Está bajo ataque. Y esta vez el ataque no vino solo desde los márgenes autoritarios, sino desde el centro mismo del poder global. No fue un accidente histórico ni una mala racha: fue una decisión. Conviene decirlo sin eufemismos. La democracia es una rareza en la historia humana. Un paréntesis breve y frágil en un mundo dominado, casi siempre, por la fuerza, la jerarquía y el privilegio. Nunca fue natural. Nunca fue irreversible. Y nunca fue aceptada del todo por quienes concentran poder. Hoy, esa verdad vuelve a imponerse con crudeza.

Cada año son más los países que la abandonan o la vacían desde dentro. Ya no hacen falta tanques ni golpes clásicos. Basta con conservar la forma y destruir la sustancia. Elecciones sin decisión. Parlamentos sin poder. Ciudadanos que votan pero no gobiernan. La democracia convertida en escenografía.

Pero el disparo no fue solo contra la democracia. Fue el tiro de gracia a todo el andamiaje complejo que la hacía posible. La irrupción de Donald Trump actuó como gatillo de un colapso mayor: el derrumbe del sistema de redes, reglas y soberanías compartidas que, con todas sus imperfecciones, había ordenado el mundo durante décadas.

Trump no inventó el problema, pero lo aceleró y lo explicitó. Negó el multilateralismo como principio. Trató los tratados como estorbos, las alianzas como cargas y los organismos internacionales como obstáculos a remover. El derecho internacional dejó de ser un marco vinculante y pasó a ser una sugerencia opcional.

El efecto fue devastador. Cuando la principal potencia del sistema decide no cumplir las reglas, las reglas dejan de existir. Los organismos multilaterales pierden peso, no por sus defectos -que los tienen- sino porque el poder real deja de reconocerlos. El resultado es un mundo sin árbitros, sin mediaciones, sin límites compartidos.

Desde entonces, ya no se negocia entre Estados soberanos en un marco regulado. Se negocia directamente con el patrón. Potencia con potencia. Fuerte con fuerte. Transacción directa, imposición asimétrica, chantaje abierto. Es el regreso descarnado a una lógica premoderna: manda quien puede, no quien debe.

En ese escenario, los países medianos y pequeños quedan desnudos. Pierden protección, pierden capacidad de incidencia, pierden soberanía real. Y la democracia -que siempre necesitó de un entorno internacional mínimamente normado para sobrevivir- queda aún más expuesta. Sin reglas afuera, el abuso se naturaliza adentro.

Este colapso del orden internacional y el vaciamiento de la democracia interna no son procesos separados. Se retroalimentan. Cuando el mundo se organiza sin normas, la política doméstica se brutaliza. Cuando desaparece el derecho internacional, el autoritarismo encuentra terreno fértil. Cuando manda el más fuerte afuera, alguien querrá mandar sin límites dentro.

A esto se suma una amenaza aún más sofisticada. Las élites económicas, financieras y tecnológicas -los superricos sin mandato- han llegado a una conclusión inquietante: la democracia estorba. Es lenta, conflictiva, impredecible. Incompatible con la velocidad del capital y del algoritmo. Su respuesta no es reformarla, sino reemplazarla.

Así nace la llamada tecno-democracia, una ficción elegante para ocultar una verdad brutal. No se trata de mejorar la democracia, sino de vaciarla. Sustituir la soberanía popular por la optimización técnica. La deliberación por el cálculo. El conflicto político por la gestión de sistemas.

En ese modelo, el ciudadano deja de ser sujeto político y pasa a ser usuario. Usuario de plataformas, de servicios, de decisiones ajenas. No decide: acepta términos y condiciones. No gobierna: es gobernado por sistemas opacos que nadie eligió y que nadie puede controlar.

Defender la democracia, sin embargo, no puede significar congelarla. Y aquí está la verdad incómoda para sus propios defensores: la democracia que no se moderniza muere. Pero modernizarla no es tecnocratizarla. Es exactamente lo contrario. Modernizar la democracia es devolverle poder real frente a los grandes intereses económicos. Es abrir espacios efectivos de decisión más allá del voto ritual cada cuatro años. Es enfrentar la desigualdad que convierte la igualdad política en una farsa. Es recuperar el conflicto legítimo como motor de la vida pública.

La tecnocracia promete eficiencia; entrega dominación. Promete neutralidad; impone intereses. Promete racionalidad; elimina el disenso. Ningún algoritmo puede reemplazar la dignidad de decidir juntos. Ningún sistema inteligente puede sustituir la legitimidad que solo nace de la voluntad popular.

La disyuntiva ya no es abstracta ni teórica. Es brutalmente concreta: o una democracia renovada, conflictiva y viva, o un orden gobernado por élites sin rostro ni control. La democracia no caerá por vieja. Caerá si la dejamos sola. Y esta vez, no habrá excusas.

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