Desafíos de la izquierda chilena

Desde el 11 de marzo, la izquierda chilena volverá a ocupar el rol de oposición, esta vez frente al Presidente José Antonio Kast y al mundo conservador que históricamente le ha generado rechazo y crítica. En este nuevo escenario surge el primer gran desafío: definir qué tipo de oposición ejercerá. Por un lado, puede optar por una oposición constructiva y dialogante, dispuesta a colaborar con el oficialismo en aquellas reformas y cambios que generen beneficios concretos para la ciudadanía. Por otro, puede inclinarse por una oposición férrea, replicando el comportamiento observado entre 2019 y 2021, período marcado por la negativa sistemática a respaldar proyectos del gobierno de turno y por la proliferación de acusaciones constitucionales.

Sin embargo, el desafío es aún más profundo. Tras una seguidilla de derrotas electorales, la izquierda enfrenta la necesidad urgente de realizar un catastro y un mea culpa que le permita comprender las razones de su creciente desconexión con la ciudadanía y sus necesidades reales. En rigor, estos reveses responden, en buena medida, a una distancia evidente respecto de las prioridades más urgentes de la población -seguridad, economía y migración-, mientras ciertos sectores insistieron en instalar agendas identitarias, priorizando debates como el aborto o el Estado plurinacional, percibidos por amplios sectores como ajenos a la realidad social inmediata.

Un segundo desafío es la construcción de un proyecto político común. Algo que no logró concretarse durante el gobierno del Presidente Gabriel Boric, donde fue evidente la coexistencia de dos "almas": una asociada a un impulso de cambio más radical, representada por el Frente Amplio y el Partido Comunista; y otra vinculada a una visión de transformaciones graduales y racionales, encarnada por el Socialismo Democrático. Esta tensión permanente derivó en un quiebre que, a enero de 2025, parece difícil de revertir. Los partidos cercanos a la exConcertación han marcado con claridad sus diferencias respecto de lo que fue Apruebo Dignidad, mientras que estos últimos, sin asumir mayores responsabilidades políticas, continúan apelando retóricamente a la "unidad".

Dicha unidad, sin embargo, se vislumbra compleja. De hecho, no resulta descabellado pensar en la configuración de dos oposiciones distintas frente al gobierno de José Antonio Kast. Desde una perspectiva intelectual y política, afirmar que el Partido Comunista comparte los mismos objetivos estratégicos que la Democracia Cristiana o el Partido por la Democracia resulta, cuanto menos, poco honesto. Reconocer estas diferencias, explicitar los proyectos y hacerlos valer permitiría a cada sector definirse con mayor claridad y, eventualmente, mejorar su desempeño dentro del sistema político.

Finalmente, otro desafío central para la izquierda chilena es la renovación de sus liderazgos. Resulta preocupante que en el Partido Socialista la principal carta presidencial siga siendo Michelle Bachelet, o que en el PPD no emerjan figuras más allá de Carolina Tohá, cuyo liderazgo se encuentra debilitado tras su derrota en las primarias. La falta de recambio refleja una desconexión con las bases y una incapacidad para motivarlas, integrarlas y proyectarlas políticamente. Sin nuevos cuadros, la izquierda corre el riesgo de seguir administrando el pasado en lugar de construir futuro.

La izquierda chilena enfrenta un momento decisivo. Definir su rol como oposición, reconectarse con las prioridades ciudadanas, asumir con honestidad sus diferencias internas y renovar sus liderazgos no son tareas accesorias, sino condiciones mínimas para recuperar relevancia política. De lo contrario, corre el riesgo de consolidarse como una fuerza reactiva, fragmentada y distante, incapaz de disputar con solidez el rumbo del país en los próximos años.

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