El curioso caso de Santiago Montt

Será un caso de estudio, de eso no cabe duda. Aunque aún se desconoce la verdad de lo ocurrido -la cual seguramente se desclasificará con el pasar de las semanas-, podemos trabajar sobre algunas hipótesis y glosar los hechos conocidos.

Es indismentible que el Presidente electo habló con el señor Montt y le ofreció ser ministro de Minería. Es un hecho que Santiago Montt aceptó y renunció a su cargo de CEO en la minera canadiense Andes Copper. También consta que la compañía comunicó la noticia (aunque haya sido internamente) y que, finalmente, el profesional no fue nombrado.

La primera hipótesis es que la compañía diseñó la salida del señor Montt de forma deliberada. Que exploraron las variables y, aun considerando imprudente anunciar al futuro ministro antes del aviso oficial, estimaron que el Presidente electo no tendría alternativa más que ratificarlo. Bajo esta lógica, el peso de la compañía haría improbable, o abiertamente imposible, que se retirara la nominación. Si así fue, subvaloraron a Kast.

La segunda hipótesis es la de la negligencia. Que "nadie vio" la imprudencia del comunicado y que este fue fruto de un protocolo automático para la salida de altos ejecutivos. Resulta incomprensible que, contando con un staff de profesionales altamente capacitados en política y comunicaciones, ninguno advirtiera el riesgo de tal acción ni tuviera a la vista un mapa de riesgos o un perfil psicopolítico del Presidente electo.

Esa opción es tan incomprensible como improbable. Significaría que la decisión pasó por muy pocas manos, ignorando información básica que cualquier profesional del área maneja. De ser así, fue una negligencia pura y simple, y esta altura inexcusable. Si la razón es que fue un comunicado interno y "se filtró", entonces tampoco han comprendido que, en la realidad actual, nada es privado y nada se salvaguarda exclusivamente dentro de un ecosistema institucional. En cualquier escenario, los ejecutivos fallaron y provocaron un daño reputacional inconmensurable a la compañía.

La tercera hipótesis es la que argumenta Alfredo Enrione, quien señala que la compañía se ciñó estrictamente a los protocolos de transparencia ética de la industria canadiense. Enrione se pregunta si la salida del CEO y su comunicación inoportuna podrían afectar el precio de las acciones y si, dado que el nombre de Montt ya circulaba en la prensa, la empresa tenía el derecho de ocultar información que ya era de dominio público.

Sin embargo, lo que Enrione soslaya es que, para cumplir con esos protocolos, bastaba con seguir el ejemplo del Ministerio Público con la fiscal Trinidad Steinert. Respecto a ella circulaba la misma información: que sería ministra. En su caso, la Fiscalía -sin la musculatura ni el costoso equipo de comunicaciones de Andes Copper- aplicó un sentido común elemental: informó la renuncia de la profesional y le deseó éxito en sus desafíos futuros, sin más menciones.

Seguramente el señor Montt debe estar sumido en una profunda decepción. Si él no manejó esta operación, su compañía lo empujó al vacío; si fue parte de ella, él mismo tomó la pala para cavar su fosa. Esto es algo que ni la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, ni el máster en Princeton, ni el doctorado en Yale le enseñaron a prevenir.

Andes Copper se autopropinó un daño reputacional severo y provocó el primer bochorno para un acto oficial del Presidente electo. No obstante, este último supo aprovecharlo: nos guste o no, mostró que no le tiembla la mano, envió una señal de autoridad a su gabinete de que no tolerará este tipo de errores y demostró que no teme enfrentarse a las grandes corporaciones.

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