El hambre en la cuarentena

Ya van dos meses desde que el gobierno decretó el Estado de emergencia constitucional para hacer frente a la pandemia del Coronavirus y que Chile ha visto trastocado totalmente su diario vivir.

Como suele pasar la autoridad cayó en el exitismo y sin que llegara el “peak” de la epidemia la precipitación del gobernante lo indujo a hablar de “nueva normalidad”, pero debió apurarse en retroceder porque la situación se agravó enormemente, ahora dice que “son los tiempos más difíciles de los últimos 100 años”.

La situación de verdad se complicó. El alza en el número de contagios y fallecimientos terminó el exitismo. Además, la economía se empequeñecerá y la cesantía será una dura realidad por largos meses sino años.

No cabe duda que la autoridad respondió tarde y torpemente, pero la conclusión del gobierno es que la oposición debe apoyar todo lo que en La Moneda y su entorno decidan. Aplaudir al gobernante, esa es la médula del original acuerdo que les interesa.

Los funcionarios de La Moneda entienden que pensar y opinar distinto es una “confrontación” o un intento de echar abajo su autoridad, es su propio poder lo que causa desvelos en muy altas esferas, no quieren ejercicio de la diversidad ni opiniones críticas, quieren incondicionalidad.

Así lo confirma la imposición del Ingreso familiar de emergencia cuyo escaso monto final es de hambre para las familias, en los hechos es un Ingreso más bajo que el PEM y el POJH de la dictadura. No hay explicación razonable a la mezquindad del equipo gobernante.

A dos meses de aplicada la cuarentena los hogares viven graves dificultades para cubrir sus costos indispensables de alimentación, salud y servicios.

El gobierno elude esa responsabilidad que es resultado directo de la decisión que el Presidente de la República adoptó, solo cuida las formas con paliativos dirigidos a las familias vulnerables que no resuelven sus necesidades básicas. La autoridad obliga al uso de los ahorros de los hogares y si un grupo familiar no tiene a qué echar mano se debe endeudar, vender cosas, o caer en acciones delictivas, hurtos, asaltos, o lisa y llanamente, pasar hambre.

La mayor inversión va a las grandes empresas, dónde por efecto inevitable de su tamaño, gran parte de los recursos queda en los mega inversionistas, en concreto, los créditos y apalancamientos con recursos del Estado son atrapados por los tiburones y no por las sardinas. Esa es la realidad.

Este jueves un vocero empresarial, Juan Pablo Swett, criticó que las micro y pequeñas empresas recibían menos del 5% del monto de la ayuda estatal lo que coloca en riesgo inevitablemente a otro millón cuatrocientos mil empleos más, por cierto, sumados a los que ya se perdieron. Y entonces ¿qué ayuda real se entrega a los hogares?

Hasta ahora lo qué hay del Estado a las familias es misérrimo. Se aprobó un Bono, mínimo en su cuantía, recurriendo al seguro de desempleo. El pago ha sido un stress indecible para los trabajadores, hombres, mujeres y jóvenes puestos en una situación imposible. No cabe duda que muchos contagios se produjeron en las filas de horas de espera, rabias y malos tratos.

Esta semana se aprobó el Ingreso familiar de emergencia que a los diversos grupos de personas en dificultades económicas y sociales les va a alcanzar para casi nada. En muchos casos de apremiantes urgencias no será más que un saludo a la bandera de la autoridad. A los hogares de menos ingresos se les configura un escenario inminente: el hambre de la cuarentena.

Entonces, el gobierno que tanto repite que su principal preocupación son las personas, cómo pretende evitar la catástrofe social que se está incubando en el país. Los trabajadores necesitan un ingreso real, digno, en este caso, la obligación del Estado es ineludible, porque son las decisiones de la autoridad las que tienen a la gente confinada.

Repito, el gobierno no trajo el virus, pero si tomó la decisión de encerrar a la población. Entonces, el Presidente qué tanto gusta de las cadenas informativas debe responder. Como va a comer una familia si no tiene ingresos y la mantienen confinada por tiempo indefinido. No puede defenderse esta incoherencia absoluta. Las familias no tienen ingresos y las mandan a encerrarse, si no lo hacen tratan a la gente de irresponsables y las castigan, cada día más severamente, eso es lo que da mucha rabia.

Hay personas que se aprovechan con otros fines, pero en la muchedumbre que busca vender algo, hacer un trabajo ocasional y recibir unas “monedas” en alguna esquina, hay miles de personas que buscan escapar de una situación dramática en un hogar que no alcanza a financiarse y que cae en la indigencia.

Ante la urgencia social, el ministro de Hacienda señaló que no se deben “quemar“ todos los cartuchos, de lo cual se concluye que recursos existen, pero que en el poder no quieren gastar, como si los recursos fiscales les pertenecieran a ellos y fuesen de su propiedad individual, por eso, vale la pregunta, ¿qué esperan?  ¿Con qué derecho imponen este costo al país?

A su vez, el ministro de la Presidencia habla de “nuevos consensos”, luego de forzar al Parlamento a la aprobación de un subsidio de 65 mil pesos por persona, el que baja a 55 mil al mes siguiente y termina en 45 mil, o sea, una miseria para la mayoría de la población y después le toman el pelo a la oposición hablando de “acuerdos”.

Los dineros fiscales no son de la propiedad personal del Presidente ni del ministro, pero actúan como si les pertenecieran a ellos.

En los años de alto precio del cobre hubo un amplio consenso social y político para ahorrar los excedentes, de modo de tener a que echar mano en momentos de estrechez, cuando llegaran las temidas “vacas flacas”, las que lamentablemente están dominando el escenario, pues bien el hecho concreto es que ahora esos recursos tampoco se gastan en la gente, porque el gobierno no quiere. Prefiere exprimir a las familias y que ellas paguen como sea el costo de la crisis sanitaria.

¿Cuál es la razón de una opción tan impopular e irresponsable que se arriesga a un rebrote de la crisis social en plena pandemia? La única explicación es que guardan el dinero de todos y todas para apoyar las empresas, una válvula de escape que sostenga las mega inversiones del núcleo de poder presidencial. Mano de obra barata y soporte estatal para la reactivación pos pandemia, el paraíso del sueño neoliberal.

La absoluta discreción del gasto público en el Presidente de la República que bajo el Estado de excepción constitucional se ha convertido en un verdadero emperador, puede hacerlo perfectamente y usar a la oposición como simple biombo protector de la impopularidad de sus decisiones estrechas y mezquinas. Ese es el punto inaceptable. No es legítimo un traje a la medida del gobernante para cubrir el costo de su autocomplacencia y triunfalismo.

Por lo demás dinero hay en los fondos fiscales donde se depositaron los ahorros. En el fondo de estabilización económico social, en el fondo de reserva de pensiones y en el fondo castrense de los ahorros del cobre. Como si eso no fuera suficiente, a Chile le siguen prestando a bajas tasas, como lo demuestra el reciente préstamo que el gobierno tramitó.

Que no siga esta fiesta de disfraces, ya hay demasiado dolor y un costo social que crece día a día.

¡Basta ya de trámites y dilaciones, la gente necesita con qué sobrevivir, el Estado tiene como hacerlo y debe responder ahora por el bien de Chile.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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