¿Es posible que otra vez?

Un estudio medianamente informado del periodo -tanto previo como durante- de la Unidad Popular muestra algunos rasgos que vale la pena recordar en el tiempo histórico que nos tocará vivir. No repetiré, pues ya es historia sabida, el papel de Estados Unidos en el derrocamiento del gobierno constitucional.

Primero. Es posible detectar es una creciente polarización de la sociedad chilena. En efecto, los recuerdos que tienen actores políticos como Carlos Altamirano, Orlando Millas, Mireya Baltra y varios otros, muestra como desde 1960 -a lo menos- se produjo una profunda polarización política en el país. La retórica amigo/enemigo se tomó el discurso cotidiano. La prensa de la época atestigua este fenómeno.

Se observa con espanto la verdadera guerra discursiva que se llevó a cabo. La derecha tenía sus medios, brutales a la hora de caricaturizar al gobierno popular. La izquierda hacía lo propio mediante prácticas muy similares. Esta dinámica se proyectó incluso a la cotidianidad. Germán Marín en la novela "El Palacio de La Risa" -que siempre vale la pena volver a leer- muestra como la diferencia se arraigó incluso entre las familias y los amigos.

Muchos y muchas, posteriormente, actuarán como "sapos" de los organismos de inteligencia. Podías estar compartiendo con un "amigo" en 1972 y luego del golpe, encontrarlo vestido como militar, aplicando, incluso, la tortura. El mal yace allí donde menos se lo espera. Chile se fracturó, se partió por la mitad. Cuando se conversa con gente de esa época suele argüirse que esta retórica beligerante contribuyó a este clima que llegó a una tensión de tal magnitud, que prácticamente todos los días sucedía algo que hacía explotar las portadas de los diarios.

La mentira, la sátira, la burla, la caricatura y la amenaza fueron las prácticas de los políticos y mediáticos de la época.

Segundo. En este escenario, la violencia política no podía estar ausente. En 1969 es asesinado el general René Schneider y de ahí en adelante, todo fue una vorágine de crímenes políticos y cotidianos. La derecha, que aún hoy tiene el monopolio de las armas, llevó la delantera. De los regimientos desaparecían armas que iban a dar a Patria y Libertad. El general Carlos Prats, quien sucedió a Schneider, trataba de frenar este torbellino, pero ya la conspiración para derrocar al gobierno estaba en marcha.

Prats se quejaba de que no había premura para investigar los delitos de la derecha, pero si para investigar los que cometía el MIR. Una cancha dispareja. En la izquierda, el MIR emprendía acciones violentas que no contaban con el apoyo del gobierno de Allende, actuaban por cuenta propia, al igual que otras agrupaciones políticas, y con el convencimiento genuino de que era necesario empujar los cambios mas allá del programa de gobierno, pues este era "reformista".

No dejaban de tener razón, no era posible llegar al socialismo, por la vía democrática, en el marco de una Constitución y leyes burguesas. Pero estaban equivocados y derrotados desde el comienzo, pues no tenían la fuerza para emprender un camino a la cubana. No existía, como lo aseguró la propaganda de la dictadura, ni un Ejercito, ni una milicia, realmente preparada. Existían acciones y voluntarismo, eso sí. Allende lo sabía.

Prats miraba a Miguel Enríquez como un joven idealista e impetuoso, pero sabía que estaban condenados desde siempre. El Ejército era anticomunista y una dictadura sería terrible e implacable con ellos y con el pueblo. La historia le dio la razón. Allende lo sabía, intentó evitarlo, pero fue incapaz de detener lo que venía. Pudo irse a un regimiento amigo y resistir allí, pero no lo hizo. No quería una guerra civil como la española, estaba fresca en la memoria de los viejos comunistas.

Tercero. Este clima de polarización y violencia desatada fue vivido en el fragor de la disputa política y cuando se les ha preguntado, o han recordado, los actores claves de la época, se arrepienten de haber contribuido a este clima de alta beligerancia retórica y de poco aterrizaje en el análisis de las condiciones contextuales, tanto internas como externas, que llevaron finalmente a la instalación de una dictadura feroz; tal como la previó un general tan honorable, y que terminará asesinado por la dictadura en Buenos Aires en 1974, como Carlos Prats.

¿Estamos preparados para un nuevo proyecto de la izquierda chilena? ¿Hemos aprendido de los errores del pasado? ¿Han cambiado las condiciones internar y externas? No vaya a ser, como dice Roberto Bolaño en "Nocturno de Chile", que luego se desate la "tormenta de mierda".

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