¿Habrá estabilidad institucional post elecciones?

Aunque las elecciones, en general, hayan sido sorpresivas para la mayoría de los incumbentes, hay una transversal y particular mirada referente a la inestabilidad institucional que podría vivir el país, independiente de quién gane la elección presidencial. Esa inquietud, si bien puede existir, se enfrenta a que los hechos electorales podrían demostrar que nuestra institucionalidad es más robusta de lo que parece.

Los congresistas, los consejeros regionales, los nuevos gobernadores, el Presidente y todo cargo de elección popular tienen mecanismos de control que permiten una estabilidad de las instituciones que lideran.

Primero que todo, en las elecciones anteriores a las del domingo -alcaldes, concejales y gobernadores- la balanza política quedó inclinada a la izquierda con 15 regiones a favor de este bloque y sólo 1 en manos del oficialismo. La contraparte institucional del gobernador es el consejo regional, cuyos integrantes fueron escogidos hace tan solo unos días. Este cargo tiene tareas elementales de control del gobierno regional y, por tanto, del gobernador electo. Analizar los planes de desarrollo, fiscalizar al gobierno regional y aprobar planes de inversión son parte de sus deberes.

Naturalmente, fiscalizar se vuelve una tarea compleja cuando los colores políticos del consejo regional son iguales a los del gobernador regional. ¿Qué paso en esta elección? Providencialmente, la derecha arrasó en la elección de consejeros regionales, lo que debiera dar equilibrio a la institucionalidad regional.

En segundo lugar, la nueva composición del Congreso denota una equivalencia de poder entre los partidos de derecha e izquierda. Por lo mismo, será difícil presenciar un baile de acusaciones constitucionales, cerrándose esa llave que en el último tiempo era utilizada por la oposición para tensionar la relación con el ejecutivo, tergiversando totalmente la herramienta constitucional. Asimismo, este equilibrio de fuerzas imposibilita que la Convención Constitucional -de evidente inclinación opositora- pueda actuar sin mayor contrapeso.

En efecto, las pretensiones de algunos constituyentes de izquierda en orden a extender el plazo para la redacción de la Carta Magna, o la consagración de los plebiscitos dirimentes como mecanismo de participación resolutivo, son propuestas que probablemente se quedarán en un cajón. Eso es la institucionalidad congresal actuando sobre la constituyente, velando por la estabilidad país.

En esta misma línea, el mazazo electoral que recibieron las coaliciones tradicionales de oposición y algunas del oficialismo fue una alerta para la Convención, quizá la más importante, por la envergadura de la tarea encomendada. Ningún poder democráticamente elegido tiene el sartén por el mango, puesto que la ciudadanía fue clara: No más discursos, más trabajo. "Todos queremos cambios, pero no a cualquier precio" es la lectura que se puede desprender de los resultados de los últimos comicios.

Los fuegos discursivos de la revolución octubrista sobre los que se paraban la mayor parte de los convencionales fueron apagados, no con la bota militar como algunos esperaban o querían, sino que por el voto democrático. El poder soberano le dio una bofetada a aquellos que respiraban violencia y la justificaban. ¿El arma de este soberano? papel y lápiz. Democracia pura y dura, sin barricadas por un lado ni violación a los derechos humanos por el otro.

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