La amenaza del poder Amerindio

Nos preguntamos el porqué de la decisión del gobierno de legislar ahora sobre los pueblos indígenas. No  lo hicieron los gobiernos de centro izquierda ni el de la derecha anteriores. La respuesta es simple se le tiene miedo al poder amerindio y principalmente a sus concepciones profundas sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza.

Entonces ¿por qué ahora? Por una parte por la situación explosiva, no de conflicto, sino que socio-cultural a la que se ha llegado y que no acepta dilación y porque es una población tan grande que cualquiera fuerza política tiene que considerarla, so pena de ser barrida en elecciones posteriores, aunque por el momento más bien no votan, como lo hace una enorme proporción de los chilenos.

La población amerindia en Chile, considerando a todos los grupos y a los chilenos que se autodenominan amerindios es algo más de 2 millones de chilenos, depende de cómo se haga la encuesta.

Encontramos en ellos poblaciones originarias o descendientes de ellas a Aymaras, Quechuas, Cunzas, Atacameños, Changos, Diaguitas, Mapuches, Pehuenches, Huilliches, ¿Chonos?, Selknam (Onas), Yámanas (Yaganes), Kawésqar (Alacalufes) y otras de menor presencia.

De tomar en serio una legislación abierta y justa para estos pueblos y por lo tanto para concederles su autonomía acorde con sus creencias ancestrales se producirá una revolución cultural, jurídica, política, social de trascendencia enorme en Chile.

La concepción de todos los Amerindios respecto de su relación con la naturaleza es de pertenencia a ella y antitética con la concepción de propiedad de ella. La tierra es su madre, el agua su sangre.

Veo con pavor el que se proponga darles títulos de dominio sobre algo que ellos consideran su madre. Este fue el peor error de la llamada pacificación de la Araucanía; se les daba título de dominio de tierras, con un escrito firmado que para ellos no tenía ningún significado ni conceptual ni práctico, porque seguían considerando la pertenencia comunal a la naturaleza, entonces venían litigios graves que terminaron con imposiciones del Estado que era el propietario de la tierra.

Si se toma en serio, repito, la legislación sobre los pueblos indígenas, debe tomarse en serio la pluralidad de ideologías, religiones, concepciones y valoraciones de mundo. Alguna vez que seamos plurales, pero de fondo.

Esto implica la caída estrepitosa y definitiva de la Constitución actual basada en la propiedad, de la tierra, de capitales, etc.,  que según su paladín más destacado, Jaime Guzmán, es el fundamento y pilar de la Constitución.

La nueva Constitución debería estar construida, al menos, con dos formas de coexistencia en Chile: la de la propiedad y la de pertenencia. Pero la concepción de pertenencia a la naturaleza lleva consigo a la igualdad y equidad de los seres humanos, por lo tanto a una democracia radical y a una organización social también radicalmente comunitaria y por ende autónoma para satisfacer las necesidades básicas, entiéndase energía, alimentación, vivienda, vestuario, salud, educación, seguridad social, entretención, cultura y algunas otras, y comunera o cooperativa para la producción y sustentación de esa autonomía y la de mercancías exportables más allá de la comunidad.

El sistema capitalista aquí no solo no tiene nada que hacer sino que es completamente disfuncional y antitético a esta concepción; de allí el terror que tienen los grandes oligarcas y las transnacionales.

La transformación de la naturaleza que el Amerindio realizaba y realiza es sustentable, pero más que eso lleva a un desarrollo armónico de los seres humanos con el ecosistema (que es la naturaleza misma).

Imaginemos a más de 2 millones de chilenos organizados en sociedades comuneras y todos unidos políticamente en una confederación amerindia que vota disciplinadamente por la concepción de integralidad armónica con la naturaleza y comprenderemos el temor de los políticos de izquierda y derecha.

Además al ser autosuficientes y por lo tanto no depender de los avatares de la economía nacional e internacional serían invulnerables a los programas favorables o desfavorables, para todos los chilenos, de los gobiernos y de las vicisitudes debidas a los cambios económicos internacionales.

No digo Estado porque a esas alturas la concepción de Estado debería cambiar completamente y ser realmente la organización del bien común de los chilenos, estén estos organizados en torno a la propiedad o a la pertenencia.

Es decir, estas organizaciones amerindias constituirían por sí mismas una parte del Estado de Chile. Los Amerindios no sólo están en Chile sino en los países limítrofes. Las organizaciones amerindias chilenas podrían extenderse a todas las comunidades de países vecinos y de todo el continente y así formarían una organización transnacional autónoma poderosísima. Quedarían muy venidas amenos las organizaciones políticas, las grandes empresas, y el sistema político-jurídico de Chile.

Si agregamos que muchos que no somos adscritos a esas etnias pensamos igual que ellos, es posible que más del 60% de la población esté por este modelo.

Nunca he entendido cómo una sociedad judeo-cristiana-islámica basada en la Biblia puede tener al sistema de propiedad y principalmente al sistema capitalista como modelo. La Biblia es clara “nadie puede apropiarse indefinidamente de la tierra, porque la tierra es mía dice Dios”. El pueblo hebreo y posteriormente el judío tenía que repartir todo cada 50 años.

Científicamente la concepción de la propiedad es disarmónica y conflictiva con todo lo que se sabe de evolución.

Nosotros venimos, fuimos originados de la tierra y el agua, del barro, como reconoce hasta la Biblia. Es la evolución la que produjo al ser humano y no el ser humano el que produjo la evolución.

La evolución se impondrá en nuestra cultura, le guste o no le guste a quien quiera, por ende la cultura de la pertenencia a la tierra se impondrá, pero la propiedad seguirá dando la batalla y producirá mucho sufrimiento.

La cultura de la propiedad es un remanente oscurantista, retrógrado e impositivo sentenciado a desaparecer o a hacer desaparecer a la humanidad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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