La catástrofe se extiende

En su hábito de términos altisonantes, Piñera intentó definir la brega con el Coronavirus como una “guerra”, dando atributos bélicos a la epidemia y decretó el Estado de Excepción constitucional, concentrando en su condición de Jefe de Estado un poder político e institucional sin precedentes en democracia. Así, dio al ex ministro de Salud respaldo absoluto, quien con esa retórica bélica, definió la enorme tarea sanitaria en la capital, como “la batalla de Santiago”.

Fue un total fracaso. Habló todos los días, pero no tomó ninguna medida efectiva. La epidemia avanzó descontrolada y ha generado un descalabro económico y social. Con ese resultado debió ser despedido por el Presidente de la República, en ceremonia cerrada, trasmitida por tele conferencia, ratificando que el enemigo se ubicó dentro del mismo palacio presidencial, que tiene al gobierno a la defensiva y sin respuesta por el derrumbe de su estrategia sanitaria.

La “batalla de Santiago” fracasó porque su base de apoyo fue una fanfarronería. La cuarentena parcial, en una comuna sí y en otra no, era creer que el virus actuaría como un pasivo transeúnte que va por Providencia hasta la plaza de la Dignidad, mira hacia el puente Pío Nono y no cruza a Recoleta, muy disciplinado acoge la instrucción de la autoridad y vuelve por el parque Bustamante sin atravesar hacia las comunas vecinas del sector popular más hacinado de Santiago. Un yerro total. El virus no se reconvirtió en “buena persona” como llegó a especular el intocable ahora ex ministro.

Con tantas facilidades, el virus se extendió y la negligente autoridad se vio en la obligación de tomar nuevas medidas, pero ya era tarde porque el hacinamiento en los barrios densamente poblados de la ciudad de Santiago no hizo más que acelerar la expansión de la epidemia por la torpe decisión de confinar a la gente sin trabajo y sin recursos, lo que creó una circulación permanente de personas en busca de algún ingreso para sobrevivir con lo que se acentuó la ineficacia de la cuarentena.

Insensible ante la tragedia social, el ministro de Hacienda informó que no se iban a “quemar los cartuchos”, refiriéndose a su negativa de utilizar los ahorros fiscales, generados gracias a los altos precios del cobre, acumulados durante muchos años para usarse en emergencias como la que conmueve al país. Otro despropósito.

En suma, el gobierno de Piñera fue duro e inflexible con la clase trabajadora obligando a sus miembros a pasar hambre y amarguras en sus hogares empobrecidos y dejó a la clase media sin ingresos y sus familias desprotegidas, arruinándolas.

Esa enorme mayoría nacional es la que paga el costo de la crisis económica y social. A los grupos de altos ingresos se les aseguró créditos y garantías para mantener su buen pasar. Las amistades reciben trato especial.

En el caso que alguien adinerado se exceda y mande a comprar un antojo en helicóptero le toca una multa, en las comunas populares si el hambre obliga a una persona a buscar que comer, como no tendrá salvoconducto, le tocarán  penas desde 3 años de cárcel.

Además, la autoridad desea usar GPS para seguir los pasos de quien quiera como corresponde a un Estado policíaco o en vías de serlo. La estrategia es clara: acallar las críticas y silenciar la protesta ante la inmensa tragedia en que se ha sumido el país.

Por eso, el mismo Piñera antes hinchado de triunfalismo y auto alabanzas, tuvo que decir adiós al indispensable amigo y ministro que se convirtió en un “fusible“ que se quemó por la magnitud de la catástrofe y también por las decisiones políticas y económicas que el mismo gobernante tomó o respaldó cómo Presidente, zafándose de su propia responsabilidad dio la bienvenida a un nuevo ministro, necesitaba una cara nueva, pero del colapso de su estrategia y de la brutal mezquindad de su apoyo a las familias, no dijo palabra.

En ese mismo momento comenzó “una nueva batalla”, obviamente comunicacional para lavarse las manos ante la cadena de anuncios sin cumplir, decisiones tardías e increíbles torpezas que comprometen la responsabilidad política de quienes tomaron el Estado bajo su control y empujaron al país a la tragedia que hoy se vive, en especial, en las comunas populares asoladas por el virus.

Lógico para La Moneda, debe culparse al virus y de modo “subsidiario” al ministro despedido, en ningún caso, a la cúspide de la cadena de mando que ordenó y apoyó la sucesión de errores cometidos.

Así, la llamada inmunidad de rebaño señalada, en forma reiterada y ampulosamente por el ministro saliente y la subsecretaria que sigue en su cargo como la estrategia oficial, ahora “nunca” fue la política del gobierno. Ante la tragedia se lavan las manos. Pero, el virus se extiende por país y golpea duramente algunas ciudades, como Calama, San Antonio y Valparaíso.

El vértice del poder es intocable porque la derecha, en particular, los mega financistas están ávidos de los recursos que el Estado pondrá en circulación ante la crisis, por tanto, se inicia una vasta operación de encubrimiento, el gobernante no puede ser tocado ni con el pétalo de una rosa. Es mucho lo que se juega.

En La Moneda se jactan de sus estudios y lecturas sobre el libre mercado, parece que el aprendizaje fue deficiente, porque no advirtieron lo evidente: que iban a cerrar el mercado, ya que al confinar a las familias sin ingresos, retirándolas de la actividad productiva a sus casas no habría quien mantuviera su capacidad de compra y el comercio se iba a derrumbar, así se generó el descalabro.

Ahora a la crisis sanitaria se suma la debacle económica y social, el ultra mercantilista Piñera, tanto habló de guerra que terminó lanzando un misil en la línea de flotación del mercado y de paso destruyó los logros del país de los últimos 25 años.

Luego que las decisiones del gobierno provocaron la tragedia, el ministro de Economía constató que es “impresionante” la caída del comercio, vale la pregunta, ¿cómo esperaban que siguiera funcionando sin compras posibles?

El Generalísimo y su Estado Mayor son golpeados por la brutal realidad, como si fueran parte de la izquierda que tanto atacan, ahora deben concluir que el mercado no hace milagros y que el Estado tiene una responsabilidad no sólo fundamental sino que insustituible.

Mientras dure la crisis los ultra mercantilistas serán estatistas, después cuando se sientan seguros volverán al ultra mercantilismo e intentar ganar hasta hartarse.

Una vez que retorne la calma y el susto se apacigüe, los detentores de la fortuna otra vez estarán ávidos de saciarse y tragarán todo lo que puedan tragar hasta indigestarse. No es justo que así ocurra. La gran tarea del futuro próximo es forjar un Estado solidario que responda a los requerimientos mayoritarios de la nación y no de un puñado de mega controladores, que siempre ganan aunque el país se esté hundiendo en la pobreza y la desolación.

Es el drama de los países cuando no logran generar políticas de Estado a largo plazo, destinadas a la articulación de los esfuerzos del Estado y del mercado en una estrategia de desarrollo social y nacional, con un amplio horizonte, sin fines mezquinos y de sostenido beneficio popular, por eso, se necesita una nueva Constitución para Chile.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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