La crisis política que liquidó a Leigh

Como en todo régimen dictatorial, hermético y brutal, aferrado al secreto para impedir el escrutinio de la sociedad y la deliberación política, en la Junta Militar detentora del poder en Chile desde 1973 a 1990, hubo hechos fundamentales que se ocultaron, o al menos, se intentaron ocultar para mantener el país alejado de su más esencial derecho político, decidir desde su autodeterminación y soberanía el régimen institucional que normara su convivencia como nación.

Uno de tales sucesos esenciales se produjo entre los Comandantes en Jefe que constituían la Junta Militar, en días previos y durante el 24 de Julio de 1978. Hace 40 años. La lucha fue entre la perpetuación del mando unipersonal de Pinochet o un esquema institucional bajo tutela militar, en un proyecto de democracia “corporativa”, con presencia orgánica de los “gremios” y el eje fundacional en las Fuerzas Armadas, según postulaba Gustavo Leigh, cuyo guía doctrinario inicial había sido Jaime Guzmán. 

El dictador concentraba el poder y Leigh advertía el peligro para el régimen, ya que solo Pinochet podía estar detrás de órdenes que exigían su total acuerdo, e incluso su expresa autorización, como el crimen de Orlando Letelier y su secretaria en Washington, de Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires y el atentado a Bernardo Leighton y señora en Roma, tales prácticas del terrorismo de Estado más allá de las fronteras acentuaban el aislamiento de Chile, en pleno litigio con Argentina. 

Así se desató una dura pugna entre Augusto Pinochet y Gustavo Leigh, marcados por la deslealtad al Presidente Allende que los había designado, estrechos coautores del golpe y luego enconados enemigos que reordenaron los servicios de inteligencia para ejecutar un terrorismo de Estado que marcó el régimen que mandaban sin contrapeso alguno.

Esa vez Pinochet se impuso por el peso del Ejército, el respaldo de Merino por la Armada y Mendoza por Carabineros, que hacían un bloque de fuerzas granítico e imponían una dictadura sin fecha de término. Al resolverse el conflicto, la derecha política y económica aplaudió al dictador que tenía el apoyo militar que les importaba, en ellos los Derechos Humanos no eran lo fundamental.

En consecuencia, Jaime Guzmán, que era un ideólogo obediente, sopesando la situación se pasó al lado del más fuerte, dejó las tesis corporativistas del dictador español Primo de Rivera, un conservador fracasado que intentó copiar a Mussolini sin éxito.

El término “gremialista”, venía de allí, con la tesis de la “fusión orgánica” de los gremios, como preeminente al gran capital, tras “el objetivo de la nación”, pero Guzmán a esas alturas entendió que en Chile el corporativismo no servía “y punto”.

En su encumbrado rol asesor, por un lado, Guzmán redactó el fundamento para la prolongación indefinida de Pinochet a la cabeza del régimen, rehaciendo la confianza del dictador, y por otro, se puso neoliberal para agradar a los entonces determinantes Chicago boys. Las fuerzas del mercado eran superiores a las tentaciones corporativistas. Así tuvo un rol clave en las jerarquías castrenses y civiles, más aún, cuando los jóvenes y ambiciosos “gremialistas” habían rendido pleitesía a Pinochet, en Chacarillas.

Por su parte, Leigh no resistió, su rebelión no tenia la fuerza ni las ramificaciones que pensó y se desplomó. Su idea de una “transición” a 5 años, que publicó el 18 de Julio, en el Corriere della Sera, enfureció a Pinochet que lo destituyó el 24 de ese mes. En la Junta Militar cabía un solo monarca, según la declaración oficial, Leigh estaba “imposibilitado de ejercer sus funciones”. 

En esos días, las unidades de las escoltas reforzadas de la cúpula castrense llenaron las instalaciones del edificio Diego Portales, con las mochilas repletas de cargadores, pero no llegaron a la refriega, entre bueyes no hubo cornadas. 

Dos años después, la versión original de la nueva Constitución hecha por el Consejo de Estado, no agradó al dictador y ordenó rehacerla. Guzmán lo hizo de acuerdo al expreso encargo de Pinochet, acomodando una “transición” de 8 años y un periodo presidencial posterior de otros 8, un total de 16, todo a gusto del dictador, cuyo plan era morir en el poder, domesticando por la fuerza al pueblo de Chile. El cronograma de Leigh fue multiplicado por 3 para garantizar la prolongación de la dictadura.

Antes de morir, Leigh dejó el encargo de blanquear su imagen, tarea imposible, ya que su vileza y brutalidad el día del Golpe y siguientes, al bombardear La Moneda y formar el “Comando conjunto”, según él, para “extirpar el cáncer marxista”, y torturar y martirizar personas por pensar distinto, incluidos altos oficiales de la FACH, fue la de un represor patológico, obsesionado con hacer daño, que hizo uso de una crueldad extrema. Mando reprimir y matar para servir el poder de Pinochet, ese fue su nefasto rol.

La crisis del 24 de Julio vino a confirmar que el camino del pueblo de Chile era unirse y luchar para reponer la democracia y la libertad en la patria.

La sumisión a la opresión, tan a la medida de Guzmán y otros, conducía a más dolores y abusos de un poder político ilegítimo y brutal.

La unidad social y política del pueblo ocurrió una década después, en el Plebiscito del 5 de octubre de 1988, entonces Pinochet fue vencido. Se cumplió esa antigua sentencia que dice, “más vale tarde que nunca”.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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