La cultura del abuso deshonra a la nación chilena

Los actos de abusos y discriminación que se conocieron recientemente, producidos en la playa de Lago Ranco hacia mujeres veraneantes, en un supermercado con insultos a los trabajadores, en la calle contra inmigrantes o denostando al pueblo mapuche, son conductas que han despertado el rechazo de amplios sectores de opinión.

La respuesta ciudadana provoca dos tipos de reclamo, el primero se refiere al acto de arrogarse una condición o estatus que no procede o falso en su totalidad, sea asignarse la propiedad pública como privada, sea otorgarle a una profesión una autoridad inexistente.

El segundo aspecto repudia la soberbia de situarse por encima del que es igual, la idea que un “aura” indeterminado, vinculado a la cuna o el factor social, crea individuos que conllevan o adquieren una posición superior.

Este comportamiento arrogante incluye a los voceros empresariales que en materias laborales, económicas y, especialmente tributarias, se arrogan la opinión “docta”, autorizada, técnica, de excelencia, descalificando al que piensa distinto, sobretodo si representa el punto de vista de los trabajadores. 

Asimismo, cuando la máxima autoridad del Estado, aparece ante la opinión pública con una concesión de un bien de uso público, como nuevamente ocurre con una playa vecina a su propiedad en el lago Caburga, que es de todos los chilenos y chilenas, se manifiesta ese hábito deplorable que es la cultura del abuso que afecta el país. 

El impacto del rechazo a este tipo de hábitos ha sido formidable, obligando a que la autoridad en el caso de lago Ranco, haya ratificado que un terreno colindante al propio no genera ni propiedad ni privilegios al tratarse de un bien de uso público y que el Colegio de Abogados repudió la arrogancia de quien piense que esa condición crea un estatus mayor, superpuesto sobre los Derechos que cada cual tiene en la comunidad nacional.

Se masificó un extendido y generalizado “consenso” de reafirmación del valor universal de la igualdad de derechos entre las personas y de repulsión ante los abusos de poder, y queda planteada la necesidad de dejar atrás la fuerza opresiva que adopta la discriminacion en la conducta de las personas o determinados grupos sociales.

En efecto, los medios tecnológicos de hoy captaron la concreción de estos abusos para que los afectados lograran transmitirlos en toda su dimensión haciéndolos públicos, desnudando, muy probablemente, un hábito que se ha producido, repetido y vuelto a ocurrir centenares o miles de veces.

La diferencia es que ahora fue posible denunciar el abuso y la discriminación, ello convocó a un rechazo prácticamente unánime, ante el hecho comprobado que ciertos individuos con poder abusan, menosprecian, ofenden, vuelven a abusar y pretenden hacer simplemente lo que quieren atropellando a los demás.

Esta cultura del abuso que se aprovecha del Estado y que se nutre del dinero y del poder de las relaciones amicales es como una costra dura, adherida en los hábitos sociales por una milenaria dominación oligárquica y patriarcal y de sujeción al abusador, que se reproduce por la costumbre en que unos mandan y los otros obedecen, sometidos y sin iniciativa.

Así, perpetuándose la discriminación de clase, étnica y de género, la nación chilena se debilita y sus lazos sociales y políticos se envilecen. Chile ha perdido valiosos recursos humanos que buscan otros destinos, que se marchitan o que se apagan por la potencia avasalladora del efecto de la discriminación en las personas y en los grupos sociales afectados.

La sociedad democrática es aquella capaz de superar la cultura del abuso, de no cejar en el esfuerzo de derrotar toda forma de opresión o discriminación, de avanzar en mayores grados de ejercicio de los Derechos universales de individuos libres, que viven en un Estado democrático y pluralista, diversos en su identidad cultural e iguales ante la ley.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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