La desigualdad sí es un mal

Cuando “la desigualdad” ya parecía instalarse definitivamente en la conciencia moral de la elite política del país como algo a combatir, vuelven a aparecer voces que relativizan su importancia: “Acá nos hemos comprado que la desigualdad es un mal, eso no es así. La pobreza sí lo es”, dice Jovino Novoa en su nuevo libro.

La verdad es que la opción por disminuir la desigualdad es una opción cuya fuerza va a depender de qué es lo que nos importa más como sociedad. En ese sentido es una opción ética. Y su interés no debiera estar restringido sólo para los llamados “igualitaristas”.

Por las características de la desigualdad en Chile, en particular por el hecho que su causa radica en que un 1% de la población más rica se “dispara” del resto del país, y no lo hace por méritos ni por casualidad sino por un complejo y duradero entramado de privilegios, esta desigualdad debiese importar a muchos.

He aquí algunas razones que pueden interpelar a distintas personas.

Si lo que nos importa es el crecimiento económico sin más y buscamos el mayor ingreso per cápita posible, el “mejor promedio”, la desigualdad nos debiera importar ya que está amarrada en Chile a la desigualdad de oportunidades. No es que ese 1% trabaje más que el 99% restante o tenga más “competencias naturales”.Hay personas, ciudadanos comunes, que debiesen estar produciendo más riqueza de la que están generando y no lo hacen debido al clasismo cultural y a la concentración económica en todos los mercados.

Además, si sólo nos importa el crecimiento económico este es sostenible a largo plazo si hay suficiente paz social. Y esta no va a llegar si no hay suficiente justicia.

Si lo que nos importa sólo es superar la situación de pobreza como objetivo final sin importar en principio que los ricos se disparen del resto, debiésemos considerar que la pobreza tiene una dimensión relativa.

El pobre junto con ciertas condiciones objetivas, o por lo mismo, se siente pobre “respecto al resto”. Se siente excluido. La pobreza duele más y humilla más cuando un porcentaje de la población hace ostentación de su riqueza y vive en otro mundo, fija los estándares de la felicidad y de lo que es ser ciudadano. La pobreza no es una condición estadística. La pobreza duele menos cuando hay integración social. La pobreza duele más y hiere cuando hay riqueza y ostentación de ella. Allí la pobreza se vuelve exclusión.

Si lo que nos importa, por otro lado, es la democracia, el gobierno del pueblo, la desigualdad como la que se tiene en Chile es un verdadero lastre. Porque, como lo dijimos, la desigualdad es ante todo desigualdad de oportunidades y, peor aún para la democracia… desigualdad de poder.

La concentración económica es finalmente concentración de poder, de influencias, de oportunidades de acción pública.Pensemos en las campañas políticas, y cómo se refleja esto. El que tiene más plata, compra más publicidad, se hace más conocido, tiene más posibilidades de derrotar electoralmente a cualquiera.

Por último, para muchos de nosotros (es cosa de ver los estudios), la desigualdad nos duele y nos importa simplemente porque desigualdades como las de Chile nos parecen injustas.

Así, sin mayor recoveco, no queremos una sociedad de clases. Queremos una sociedad diversa sí en cuanto a su cultura, valores, eso enriquece.Pero la sociedad de clases cuando está vinculada a desigualdad de poder y oportunidades, empobrece y humilla.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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