La república de la libertad

En una carta enviada a Malcolm Muggeridge en 1948, George Orwell decía que “la verdadera división no es entre conservadores y revolucionarios, sino entre autoritarios y libertarios”. Con la claridad y honestidad que siempre lo caracterizó, el autor de Rebelión en la granja y 1984, rechazaba el maniqueísmo que reinaba frente al totalitarismo, en su versión comunista y nacional socialista.

En su última columna, Agustín Squella olvida esta premisa del escritor inglés, aconsejando a quienes “quisieran vivir en la república del centro”a tomar posición clara, ya sea como de derecha o izquierda, en base a la preferencia que dan cuatro principios rectores: libertad, igualdad, orden y propiedad. Para ello, el profesor Squella plantea tensiones entre tres binomios esenciales: libertad e igualdad, orden y libertad, e igualdad y propiedad. Sin embargo, estas tensiones colocan como contrapuestos, como una suma cero y de manera más bien artificial, estos valores.

La libertad es una forma de orden. La libertad no implica desorden. Otra cosa es que se confunda la libertad con libertinaje y el orden con el autoritarismo o con el paternalismo estatal. Esto es una cuestión que confunden derechas e izquierdas en diversas dimensiones.

No es raro que de ambos lados desconfíen de la libertad y de las decisiones de las personas.Tampoco hay libertad sin igualdad y viceversa. La esclavitud es el mejor ejemplo de la falta de libertad debido al no reconocimiento del otro como un igual, a quien bajo fuerza se le somete a la voluntad de un tercero, ya sea un esclavista o el gobernante de turno.

Siguiendo esa misma idea, la propiedad privada y la igualdad no son contrapuestas. Creer eso es considerar que una sociedad sin propiedad privada y sin libre mercado por tanto, es mucho más igual que una que consagra el derecho de propiedad. Pero como decía el historiador Rudolf Rocker “una sociedad sin propiedad privada también esclaviza a un pueblo”. La experiencia del socialismo real y el totalitarismo comunista también demuestran que la ausencia de propiedad privada no genera más igualdad sino que miseria y la predominancia de ciertos grupos privilegiados, más iguales que el resto, que fundan su dominio en base a la fuerza y la coacción.

Por último, la tensión entre el cambio y la tradición, o lo conservador, también es algo artificial si aplicamos el criterio propuesto por Orwell. Los revolucionarios de hoy tienden a ser los conservadores del mañana. Basta mirar la gerontocracia cubana o la monarquía en Corea del Norte, donde el poder se transfiere de manera hereditaria.

En la actualidad, la tensión sigue siendo aquella que planteaba Orwell con claridad. Aquella entre libertarios o autoritarios, que se pueden encontrar tanto en el centro, izquierda o derecha.

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