En marzo se vuelve al colegio en el Hemisferio Sur y de éste, Chile es el país más austral, una patria creada por decreto, según los historiadores; y donde hace cinco siglos sacamos agua de las piedras para comer. En "La Pequeña Historia de Chile", un clásico de Marco Antonio de la Parra, nos matriculan en un liceo donde la sala de profesores está detenida en el tiempo, con muebles desvencijados y en una situación muy similar a la cubierta de la Esmeralda a las 11:30 hrs. del 21 de mayo.
Esa corbeta de la educación fiscal anegada tiene a Paola Volpato, Cristián Carvajal, Camila Hirane, Manuela Oyarzún y Mauricio Flores como los profesores de historia que ya no saben dónde está el mapa, ni la bandera y se complican hasta para pasar la lista. Sus alumnos creen que Montt es una calle y Camilo Henríquez un lugar de servicio sexuales.
La directora del liceo fue una lozana profesora alguna vez, al servicio del relato mítico sobre las élites narrados por Encina o Barros Arana. Hoy comanda el recinto en desasosiego, una ruina para simbolizarlas a todas.
Debe lidiar con el abandono estatal y el colapso de sus colegas. Hay un idealista desgreñado por la vida y el fracaso del proyecto país, más dos profesoras escépticas de sus delirios, mientras se recibe al maestro novato e inocente del fracaso nacional.
La escenografía son bancos y mesas con patas cortadas emulando el pantano, hay una gigantesca bandera chilena, al fondo, en declive y toneladas de papel sin sentido, eternos exámenes por revisar, pesadilla del maestro explotado.
La dirección de Francisco Krebs cumple con el desafío de montar una obra estrenada en 1994 y cuyos desmanes de humor negro, sarcasmo y absurdo psicoanalítico nos hace inconfundible el perfil del premiado dramaturgo. Una obra, hecha también, según explicó su creador, para ser montada con alumnos y profesores en colegios.
Los profesores de historia no saben si están en un limbo, infierno o purgatorio, esa clave sólo la conoce la directora. Les queda arrastrarse por la destrucción de la educación pública, un plan muy bien ideado y ejecutado. La dictadura destruyó la Escuela Normal de Preceptores desde 1974 y fue acorralando a esos maestros, tal como el emperador de Star Wars mató uno a uno a los jedis de la república.
¿Por qué profesores de historia? Los protagonistas enseñan los derroteros del país prehispánico, la Conquista y Colonia, la Independencia y los más de 200 años de construcción de una "republiqueta". Son los primeros testigos de la destrucción de los símbolos nacionales y lo que representaban. Según la obra, nuestra historia reciente se desvanece ante el ataque frontal a la ilustración y los valores, proceso iniciado en 1973 y consolidado desde 1990 a hoy. Primero fue la escuela, luego la familia, al final la sociedad entera.
Lo privado por sobre lo público, la violencia del overol blanco aplastando la cátedra. De la Parra y sus personajes están hablando de la plaza pública, del patio de colegio donde deberíamos estar integrados y no segregados. "La Pequeña Historia de Chile" está llena de Shakespeare, Ionesco, José Donoso y Calderón de la Barca.
La puesta dirigida por Krebs es la de un exalumno del Instituto Nacional, con el prestigio internacional suficiente para clamar ante la barbarie. El creador, consagró una pieza profética del ruinoso presente. El ciclo triple comprendió una destrucción en dictadura, el manual del abandono concertacionista y un final arribo de adoctrinamientos millenials, con monsergas similares a las oídas cien años atrás.
"Me duele lo del Instituto Nacional, hasta quemaron el estandarte de siglo XIX, que era lo nuestro, una reliquia histórica, un símbolo, fue el horror", dijo en el conversatorio posterior. De La Parra se suma desde las tablas, a lo también profetizado por enormes educadores del instituto, en esa década '90: un horizonte barbárico, con un país de mercachifles de todo color político.
Este lugar de enseñanza, fundado en 1813, fue degradado, vía decreto, a "liceo" durante la dictadura, tal como los profesores de la obra intentan comprender las normativas incoherentes. Su misión era y es la de un instituto, algo que en plena era de la ostentación de la ignorancia nadie acepta, recuerda o desea entender.
"La educación es el lugar donde nos podemos salvar, no importa de donde vengamos. En ella radica el lenguaje. La pérdida del lenguaje es empezar a morir", agregó Marco Antonio tras la obra. La lengua materna es la única creación humana apta para construir la magia de las humanidades, sólo luego de asimilarlas, podemos soñar un país", agrega.
Las generaciones marcharon por la educación, pero una vez en el poder abjuraron de la ilustración, pues ahora leer a Telesio sería una "colonización cultural". Intentaron en vano encadenar al lenguaje, un animal demasiado vivaz, que siempre deja como chavales a quienes desean convertirlo en propaganda y fanatismo.
En esta era de la boludez, el institutano De La Parra, tal como los fugitivos de la caída de Bizancio, debió protegerse en Florencia. Está en la educación privada, tratando de salvar los muebles de las humanidades, lejos de la neo violencia política. Ha dirigido el teatro de la universidad invitando, como el artista terapeuta que es.
Contra la queja y desde esas mismas tablas perseverará, a sus 74 años, actuando su premiado monólogo "Mr. Shakespeare", a fines de marzo y por estas aulas trascenderá, en esa Finis Terrae (donde termina el mundo) que lo homenajea con un ciclo de sus obras. Persistirá educando y regalando libros a los alumnos de primer año, aunque lo critiquen y "¡Para que al menos al menos se salve uno!".

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