La industria de la indignación

Cada mañana, en algún estudio de televisión, se repite una escena que ya casi forma parte de la geografía afectiva del país. Un conductor frunce el ceño, una panelista levanta la voz, alguien golpea la mesa con frases que buscan parecer definitivas. Se denuncia un privilegio, se condena una desvergüenza, se promete no seguir tolerando lo intolerable. El tono es severo, la pose es valiente, el gesto quiere parecer el de alguien que, por fin, se atreve a decir lo que el resto apenas murmura. Durante algunos minutos, la escena produce alivio. Parece que alguien hablara en nombre de los que no tienen tribuna. Parece, incluso, que la televisión hubiera decidido ponerse del lado de los indignados.

Pero conviene desconfiar un poco de esa percepción. Porque a veces lo que se presenta como un gesto de rebeldía no es más que una forma especialmente eficaz de adaptación. En tiempos como estos, la indignación no solo expresa malestar: también se ha vuelto una mercancía. Se produce, se administra y se exhibe. Tiene ritmo, formato, público objetivo y rentabilidad. Ya no es solo una reacción moral ante la injusticia; es, cada vez más, una industria.

Esto no significa, desde luego, que la rabia sea falsa. Las razones para el enojo abundan. El abuso, el precio de las bencinas, los privilegios opacos, la frivolidad de ciertas élites, la distancia entre las instituciones y la experiencia cotidiana de las personas, todo eso existe y alimenta con razón una sensibilidad irritada. El problema no es la indignación en sí misma. El problema es el modo en que ella es capturada, simplificada y transformada en espectáculo: cuando, en vez de abrir la reflexión, la clausura; cuando, en vez de orientar la acción, la sustituye por una descarga.

El matinal, como género, ha perfeccionado ese mecanismo. No está diseñado para demorarse en la complejidad de los asuntos, sino para volverlos visibles, inmediatos, emocionalmente legibles. Su materia prima no es el argumento, sino la identificación. Lo importante no es tanto comprender un problema como producir el momento en que el espectador sienta que alguien, al otro lado de la pantalla, se enojó por él. Así, la indignación deja de ser una disposición ética o política y se convierte en un servicio: una forma de representación afectiva en la que el televidente encuentra no explicación, sino consuelo.

La paradoja es que esta dramaturgia del enojo, que aparenta impugnar el sistema, suele servirle.

Y le sirve por una razón bastante simple: porque vuelve el malestar consumible. Le da forma de escena, de frase, de rostro, de culpable visible. Lo recorta de tal manera que pueda ser absorbido sin dificultad por el circuito mismo que dice combatir. Allí donde haría falta interrogar reglas, estructuras, incentivos, diseños institucionales o relaciones de poder, aparece en cambio una figura concreta, a la mano, apta para la condena rápida. Se ofrece al público un blanco fácil para que la energía crítica encuentre una salida inmediata. La operación es eficaz: transforma el conflicto en moralina y la política en una sucesión de reprensiones públicas.

Por supuesto, esa operación produce prestigio. Quien se indigna bien, quien da con la frase justa, quien parece hablar sin cálculo y con el coraje del sentido común, gana adhesión. La indignación se ha vuelto una forma rápida de capital simbólico. Permite a quienes ya tienen visibilidad aparecer además como moralmente íntegros. Nada más cómodo, al fin y al cabo, que denunciar los abusos desde una plataforma que vive de administrarlos como contenido.

La industria de la indignación, además, no solo rentabiliza el malestar: también lo infantiliza.

Lo acostumbra a una economía emocional en la que todo debe ser evidente, rápido, castigable. La complejidad empieza a parecer sospechosa, casi una excusa. La explicación se confunde con justificación. El matiz, con cobardía. Ya no se espera comprender cómo se producen los privilegios, sino ver a alguien humillado por ellos en pantalla. Ya no se exige una discusión seria sobre el modo en que se financia la política, se regula el poder o se distribuyen los costos sociales; basta con que alguien encarne, por unos minutos, la rabia del público y señale a un culpable.

En ese punto, la indignación ha dejado de ser una fuerza ciudadana para convertirse en una pieza más del orden.

No porque tranquilice del todo, sino porque administra el descontento sin permitirle madurar. Lo mantiene vivo, sí, pero en un estado de agitación permanente que le impide organizarse en juicio. Lo dispersa en episodios sucesivos, en escándalos breves, en condenas instantáneas, de modo que cada jornada traiga su nuevo motivo de furia y su nueva satisfacción sustitutiva. La rabia circula, pero no sedimenta. Se expresa, pero no se transforma en comprensión compartida ni en voluntad sostenida. Y así, lo que parecía una energía de impugnación termina funcionando como un mecanismo de reproducción.

No es difícil advertir el beneficio que algunos obtienen de esto. La popularidad inmediata, el rating, la consolidación de figuras que aprenden a hablar en nombre del ciudadano ofendido mientras ocupan posiciones privilegiadas de enunciación. Pero el efecto más hondo no es individual; es cultural. Una sociedad habituada a esta forma de indignación va perdiendo, poco a poco, la capacidad de distinguir entre crítica y performance. Empieza a creer que decirlo con rabia equivale a pensarlo bien. Confunde autenticidad con estridencia y verdad con intensidad.

Entonces la esfera pública se llena de voces que compiten por parecer más airadas, más transparentes, más libres de cálculo, cuando en realidad participan de una maquinaria donde la emoción ya está prevista, medida y monetizada.

Quizás por eso la industria de la indignación resulta tan funcional al sistema que aparenta desafiar. Porque ofrece la ilusión de una rebeldía sin riesgo. Permite a todos sentir, por un momento, que algo se ha dicho, que alguien ha sido desenmascarado, que una injusticia ha sido expuesta. Pero esa satisfacción suele ser tan inmediata como estéril. Nada obliga a revisar los supuestos más profundos del orden social. Nada exige soportar la incomodidad del pensamiento. Nada compromete a pasar de la descarga al criterio. La indignación cumple así una función parecida a ciertas válvulas: libera presión sin alterar la estructura.

No se trata, entonces, de pedir una ciudadanía fría ni una conversación pública desprovista de afectos. Esa sería otra ingenuidad. La vida común está hecha también de pasiones, y la injusticia sin irritación termina pareciendo normal. Pero eso no significa contentarse con emociones administradas por la lógica del espectáculo. Necesita algo más complejo y menos vistoso: transformar el malestar en deliberación, y la denuncia en juicio. Necesita aprender a distinguir entre la rabia que abre una pregunta y la rabia que la clausura.

Por eso convenga mirar con algo de distancia esa escena matinal que cada día se ofrece como si fuera coraje cívico. No porque el enojo sea ilegítimo, sino porque hoy su exhibición suele ser demasiado rentable como para no sospechar de ella. Cuando la indignación se vuelve industria, deja de ser un peligro para el sistema. Se convierte, más bien, en una de sus formas más astutas de supervivencia.

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