La ropa sucia ¿se lava en casa?

Hace un par de días, en un programa de televisión, un reconocido correligionario RN me señaló -frente a mis críticas a un ministro de Estado- que "la ropa sucia se lava en casa". Me pareció razonable su observación, por lo que esta columna es consecuencia de la reflexión generada por su comentario. Partamos por el comienzo. Tal como en la vida doméstica, en política la metáfora de la "ropa sucia" parece una regla tácita: los errores, tensiones y conflictos con los cercanos deberían resolverse en privado, a puertas cerradas. Suena razonable. Después de todo, ¿quién sano querría exhibir sus puntos débiles frente a terceros?

Sin embargo, hablamos aquí del ejercicio del poder por parte de un gobierno del que somos colaboradores. En ese contexto, esa premisa debe ser revisada con mayor cuidado: un gobierno no es una familia ni un círculo íntimo; es una estructura de poder que administra recursos públicos y toma decisiones que afectan a millones. Por eso, pretender que las críticas que provienen desde RN o desde otros sectores colaboradores deban permanecer "en privado" no solo resulta problemático, sino también incompatible con los principios democráticos.

La crítica honesta, leal y fundada de los propios no es "fuego amigo" sino que actúa como un mecanismo de corrección temprana. Quienes colaboran con un gobierno suelen conocer de cerca sus fortalezas y debilidades, precisamente porque conviven con sus aciertos y, sobre todo, con sus errores. Silenciar esa voz bajo el pretexto de la lealtad equivale a desactivar una de las herramientas más eficaces para evitar daños mayores.

Por cierto, no toda crítica es virtuosa. Existe una diferencia clara entre la discrepancia responsable y la oportunista. Pero reducir toda crítica pública de un colaborador o adherente a una forma de deslealtad es una simplificación que empobrece el debate y, en último término, debilita al propio gobierno.

No puede pretenderse que la ciudadanía sea un espectador ingenuo. En la era de la inmediatez, las tensiones, errores y contradicciones terminan por conocerse de una u otra forma. Insistir en la ficción de la unidad monolítica solo contribuye a erosionar la credibilidad cuando esa imagen inevitablemente se quiebra. En cambio, la transparencia puede fortalecer la confianza: reconocer errores y debatirlos abiertamente es, a veces, una señal de madurez política más que de fragilidad.

Lavar la ropa sucia en casa, entonces, tiene límites. Porque si bien nadie disfruta ventilar problemas internos, en el ámbito público el hogar es, en rigor, la comunidad política en su conjunto. Y en ese espacio compartido, la deliberación abierta -aunque incómoda- forma parte del contrato democrático.

La pregunta no es si la ropa sucia se lava en casa, sino qué entendemos por casa cuando hablamos de lo público. Si la "casa" es un oficialismo uniforme y monocorde, la crítica suena a traición. Si, en cambio, es la ciudadanía, entonces callar puede ser la verdadera falta. La disciplina política no es sinónimo de silencio. La lealtad más exigente no evita el conflicto, sino se atreve a señalarlo cuando importa. La ropa sucia que no se lava a tiempo, aunque sea incómodo hacerlo a la vista, se amontona hasta hacerse imposible de ocultar.