La Unidad Socialista

El 29 de diciembre de 1989, en un acto solemne, realizado en la ciudad de Santiago se reunificó el Partido Socialista de Chile, así se ponía término a una década de agudas pugnas y división y el socialismo rehacía su fuerza política, social y territorial para ser parte de la restauración democrática que se iniciaba, una vez derrotada la dictadura.

Eran días de optimismo, un par de semanas antes, el 14 de diciembre, se materializó la victoria en los comicios presidenciales y parlamentarios con lo cual se confirmaba la victoria del NO, en el Plebiscito del 5 de octubre de 1988. Pinochet debía entregar el poder. La unidad socialista fue parte activa del proceso de restablecimiento de la democracia en Chile.

Habían transcurrido 10 años, desde que en 1979, el socialismo chileno sufriera una de las más graves y severas divisiones de su historia, con la formación de las orgánicas que en ese momento encabezaron Carlos Altamirano y Clodomiro Almeyda, pero que después se subdividieron en varias más y configuraron una aguda dispersión política, ideológica y de organización.

Han pasado casi 30 años, por su extensión en el tiempo y la contribución del Partido a la transición democrática, la unidad socialista establecida en 1989, se proyectó como un paso político decisivo y el proceso unitario que más ha perdurado en su historia.

Las diferencias internas siempre existieron en el socialismo, fue así desde su fundación, sin embargo, con el telón de fondo del derrocamiento de Salvador Allende y el término de la “vía chilena”, se instaló una tensión excepcional que implosionó en 1979, siendo decisivas las consecuencias trágicas y dolorosas del derrumbe del régimen democrático, el 11 de septiembre de 1973.

En efecto, a pocas semanas del putsch militar, la Dirección Nacional Clandestina encabezada por los recordados compañeros Exequiel Ponce, Carlos Lorca y Ricardo Lagos Salinas, debió hacerse cargo de la conformación de la “Coordinadora Nacional de Regionales” y poco después se formó la orgánica que se denominó “Dirección para el Consenso”, es decir, a pesar de atravesar las circunstancias más difíciles de su historia, el Partido era sacudido por el doble efecto del duro embate represivo y la incapacidad de resolver sus propias divergencias.

Estos factores se acentuaban por la deuda hacia los caídos, con las víctimas, sus familias y los decenas de miles de socialistas que, junto a los militantes de la izquierda chilena, eran perseguidos y que pasaron a ser excluidos en su propio país. Ese pesar se extendía en especial al Presidente Allende y su decisión de morir en La Moneda, sin claudicar ante el fascismo.

Los que más alardearon con una respuesta “contundente” al Golpe de Estado no estaban en condiciones de hacerlo, una vez desatado el terror, no pocos dejaron de ser socialistas, el brutal ensañamiento de los golpistas hizo que muchos desertaran. En cambio, Allende sí cumplió su promesa de no entregar el mandato recibido del pueblo.

En el socialismo chileno había conciencia que el Partido no apoyó como debía haber apoyado el gobierno popular ante la ofensiva implacable de la derecha, y que en la hora decisiva, el día del Golpe, tampoco logró cruzarse ante la conjura fascista y defender la democracia chilena hasta las últimas consecuencias. La amarga verdad fue que se habló más de lo que se debía. La dura e inevitable autocrítica correspondió hacerla a la Dirección Interior, en el “Documento de Marzo”, de 1974.

Aún así, el Partido Socialista bregó los mil días de la Unidad Popular con todos sus recursos y energías para derrotar la conjura reaccionaria que fraguó el golpe de Estado, hasta que el uso brutal de la fuerza deshizo el Estado de Derecho. Una vez que ocurrió, desde la ilegalidad, duramente perseguidos, los militantes socialistas tomaron el camino de la lucha por la libertad, como pudieron, antes que someterse a la dictadura. Muchos de ellos lo pagaron con su vida.

La historia señala que la derecha fue parte esencial no sólo de la conjura, sino que un vehemente instigador del régimen, dándole su apoyo hasta el final, y también indica que hubo grupos conservadores de centro que le apoyaron o fueron cómplices, hasta que las violaciones a los Derechos Humanos se confirmaron como una dolorosa realidad que aisló la dictadura. Esa es la verdad histórica.

Pero impuesto el terrorismo de Estado y con el régimen democrático hecho trizas por la acción de la Junta Militar, el PS en su afán de hacerse cargo de su responsabilidad y lograr restablecer la democracia, cayó en un torbellino de conflictos intestinos, los que sumados a la incesante represión castrense, terminaron por diezmar su capacidad organizacional y su estructura territorial.

La estrategia voluntarista, expresada en la consigna “avanzar sin transar” fue un error esencial en el proceso revolucionario, ya que se desconectó del sentido profundo de la “vía chilena”, al desconocer el nervio de la línea política que hizo a Salvador Allende, Presidente de Chile, ese era un camino de transformaciones político-institucionales que requerían trenzar una compleja red de avances sucesivos, con amplia mayoría social, imposibles sin asumir su carácter reformista, su sentido revolucionario se realizaba al materializarse las condiciones que daban vida a una nueva sociedad, de acuerdo a la realidad chilena.

Esa renuncia a la estrategia política seguida durante décadas, ese absurdo de negarse a buscar el camino de la victoria -incluidas concesiones cuando fuese necesario-, esa línea de exacerbación del conflicto político sin contar con las fuerzas indispensables para su resolución a favor del movimiento popular, fue a la postre fatal. A la revolución no se puede jugar.

Sin embargo, la derecha no puede intentar justificar el terrorismo de Estado en esos errores. La dictadura controló el país en pocas horas, el “ejército cubano” del que habló fue una completa ficción; por eso, los horrores, el sadismo, la tortura, la caravana de la muerte y la operación Cóndor, el exilio y las exoneraciones son de responsabilidad del régimen criminal en el poder.

Las tensiones incontenibles, ideológicas y políticas, fueron crispando la convivencia interna de los socialistas, en el exilio y en la ilegalidad, hasta generar intolerancias que hicieron imposible convivir y luchar bajo un mismo techo, a pesar que se vivía bajo una dictadura que perseguía al PS como nunca había acontecido.

Así se inició una agotadora etapa que, en los años 80, llegó a una extenuante dispersión que situó como tarea central rehacer la unidad para influir de modo efectivo en la brega anti dictatorial.

Tres décadas después de la reunificación del Partido algunos menoscaban su presencia en la reimplantación de la democracia, sea por ignorancia o expresa intención, ignoran cuestiones fundamentales, como la tarea crucial que realizó el socialismo para evitar que en el Parlamento, en 1993 y 1995, se aprobaran legislaciones que abrían la puerta a una solución de punto final en materia de Derechos Humanos, las que hubiesen conducido a la impunidad a los ejecutores del terrorismo de Estado.

Hay críticos que no vivían en los inicios de la transición, no es su culpa ni mucho menos, pero no dimensionan el impacto regresivo en las ideas y en la cultura del derrumbe, inesperado como fulminante, de la alianza de países en torno a la Unión Soviética, que en la pos guerra habían sostenido el llamado “socialismo real”, lo que hizo aparecer al capitalismo global sin opositor y su hegemonía incontrarrestable.

En ese escenario, reunificado, el socialismo chileno, fue parte de la transición y mantuvo en alto la bandera socialista. Hay críticos que no evalúan el significado retardatario de una transición democrática sin la izquierda chilena, que la lucha y el esfuerzo hubieran concluido con la exclusión de la representación de las víctimas, con los partidos políticos que soportaron el dolor fuera del escenario, sin gravitación para ser parte de la reconstrucción democrática. Esa exclusión era el propósito del dictador y sus ideólogos. La estrategia política del socialismo unido lo impidió.

Ahora bien, la unidad socialista no fue solo un hecho determinado por una coherente racionalidad política, que lo fue con mayúsculas, además, constituyó un ejercicio de honda consecuencia de la memoria histórica de los socialistas.

En efecto, fue un acto de respeto y compromiso con los caídos, con los innumerables socialistas, militantes y no militantes, que venciendo el miedo, entregaron su aporte a la brega por la libertad y la justicia. Ellos fueron el centro histórico de la unidad.

Por eso, la reunificación socialista del 29 de diciembre de 1989, tiene una significación nacional que logró superar lo que pensaron sus protagonistas y constituye un hecho político del mayor alcance y trascendencia para Chile, el pueblo y la izquierda chilena.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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