La violenta amenaza a la educación pública

La llamada “educación pública” - aquella que provee el Estado - está en problemas, los que son provocados por los mismos que dicen protegerla y promoverla. En estas semanas hemos visto dos claros ejemplos de quienes señalan que es necesario fortalecer la educación pública, aunque hacen justamente lo contrario.

Por una parte, tenemos el paro del Colegio de Profesores. Si bien sus  reivindicaciones históricas son legítimas, es una movilización que daña principalmente a los niños y jóvenes de menos recursos.

Debido a que los alumnos están de vacaciones, las protestas han bajado de intensidad, pero pronto volveremos a ver las posturas encontradas del gremio y del gobierno.

Mientras los estudiantes de colegios particulares se han mantenido en clases durante todo el paro, los de establecimientos púbicos no pudieron hacerlo. De esta forma, solo por venir de familias más pobres, se les ha sido vulnerado el derecho humano básico y fundamental de contar con  una educación de calidad.

La pérdida de un sólo día de clases es irrecuperable, ya que cuando los alumnos que no han tenido una enseñanza sistemática se enfrenten a una prueba de admisión a la universidad, estarán en clara desventaja.

También hemos sido testigos de cómo un grupo minoritario de estudiantes del Instituto Nacional protagonizan caos y violencia; lo que es especialmente grave ya que históricamente este emblemático liceo ha sido considerado como ejemplo de calidad en la educación pública. Aunque no comparto la idea de cerrarlo, entiendo la profunda frustración del alcalde Felipe Alessandri como sostenedor.

Como educador, hay hechos que son incomprensibles, como que algunos de los apoderados agredieran a diputados de la Comisión de Educación que visitaron el colegio y las amenazas de muerte que ha recibido el propio alcalde Alessandri de parte del presidente del centro de alumnos. 

Algunos de los responsables de la crisis del Instituto Nacional tienen una visión saturada de ideología añeja y sesgada: no son más de 40 alumnos y de un grupo de padres que actúan como verdaderos activistas.

¿Cómo se entiende que tenga varios centros de padres y que alguno de ellos estén más preocupados de que no se apruebe el TPP-11 que de la calidad de la educación que reciben sus hijos?

La demanda transversal de los estudiantes y sus padres debe ser la urgente mejora de la infraestructura. ¡Pero eso no se logra destruyéndola!

Según la última encuesta CEP, la educación ocupa el cuarto lugar entre los problemas que los chilenos creen que necesitan una solución mas urgente, siendo, además, la inquietud que más sube en importancia.

El mismo sondeo grafica que la evaluación del Estado de la educación baja significativamente desde la CEP de noviembre del 2018.

A miles de padres, apoderados, educadores y autoridades nos preocupa cómo estamos educando a nuestros niños, niñas y jóvenes. Nos inquieta, no las movilizaciones que son una forma de dar visibilidad a una problemática, sino la violencia que algunas veces se genera en éstas, que paralizan a colegios y universidades.

Desde el estallido de las protestas estudiantiles en el 2006, estas muchas veces estuvieron dominadas por la violencia. Lamentable, esa forma de manifestarse nunca fue abiertamente rechazada por sus dirigentes y las autoridades de la época no supieron cómo manejarla.

Incluso más, a que quienes encabezaron esas tomas, que produjeron pérdidas de cientos de horas de clases, destrucción de infraestructura y un daño irreversible en la formación académica, nunca se les exigió que asumieran la responsabilidad sobre sus actos. Al no condenar frontalmente la violencia y hacerla admisible estableciendo excepciones, estamos dando señales negativas a las futuras generaciones.

¡Como sociedad le estamos diciendo a nuestros jóvenes que la violencia es una efectiva herramienta para lograr lo que se busca! Ello porque pareciera ser que el mundo político y la sociedad en general solo escucha los profundos problemas que aquejan al país real cuando explota violentamente el descontento.

La violencia que reina en el Instituto Nacional está minando un símbolo. Durante décadas, este establecimiento ha representado una posibilidad real de inclusión, excelencia académica y oportunidades para miles de talentosos jóvenes que no tuvieron la suerte de crecer en familias privilegiadas.

La educación del siglo XXI debe ser un motor de integración que otorgue herramientas a jóvenes que nacieron en clases con menos capital económico y social y no continuar como un multiplicador de iniquidades.

Solo así, de una vez por todas, podremos “emparejar la cancha” y subir a todos a los patines de una educación pública y privada de calidad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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