Los complejos de la izquierda

La izquierda chilena no nació con tantos complejos como con los cuales pervive en la actualidad. Fue relativamente más simple tener cierta unidad de propósitos, cuando el adversario era tan prístino y evidente: en la década del ‘20, con el surgimiento de la política de clase, la sola promoción y defensa de los derechos de los trabajadores, parecía suficiente como elemento identitario. Y, además, cuando existía el marxismo.

Luchas intestinas, de ir y venir, entre guerras y durante la guerra fría, atizaron un profundo debate sobre la naturaleza de la izquierda, que no se detuvo ni cuando en Chile llegaron al poder con Salvador Allende, quien con un talento sobresaliente, logró navegar por el archipiélago de su propio sector.

Aún así, siempre se trató de “identidades” que se obligaron a la Unidad para el triunfo del NO, y que comprometieron su actividad en los gobiernos democráticos de la década del noventa, que generaría, a la larga, la primera gran división en tiempos de la nueva democracia: autoflagelantes y autocomplacientes. Pero unos y otros compartían oficinas, redes y amigos en común.

Nunca fueron tan distintos y nunca hubo una disputa ideológica que pesara más que la culpa que cargaban unos, y la desidia de los otros. Hasta ahí, el flanco izquierdo solo estaba abierto por el anatema ideológico-político que el partido comunista, por años, impuso sobre los partidos de la Concertación, hasta que se unieron a la fiesta, en el gobierno de la Nueva Mayoría.

Acabado tal ciclo político, nuestro “bipartidismo de coalición” comenzó a claquelarse, y su propio deterioro en el gobierno dio paso al asalto que los vigorosos jóvenes del movimiento estudiantil del 2011 hicieron en la política chilena.

Se fraguaron en las Universidades y abrieron un flanco nuevo y poderoso desde la izquierda, el Frente Amplio. Se ofuscaron cuando la presidenta Bachelet dijo, y yo diría que con rigor científico, que eran “hijos de”. Y así era. Todas las figuras que resplandecían en los medios, y en las redes sociales, del Frente Amplio, eran hijos o hijas, o parientes, de las otrora influyentes figuras de la Concertación.

Para tales personajes de la política de los noventa, en su mayoría oportunos arrepentidos de haberse “vendido al sistema”, los “nuevos políticos” constituían una redención indirecta de sus propias culpas. Y era que no, porque cifraban la esperanza de que pudieran cumplir la tarea inconclusa que los “amarres” del sistema, a ellos, les había impedido.

Más temprano que tarde, eso si, comenzó a diluirse la esperanza de una nueva política basada en transparencia, buenas prácticas y pureza de intenciones. Al poco andar, la política hizo lo suyo. Lo que hace por siglos, porque las noveles promesas se vieron impelidas a financiarse, a negociar, a transar, y, seguramente, en uno que otro caso, a mentir. Todas aquellas acciones que ellos mismos criticaron con fiereza de los viejos dinosaurios de la política, las practican cada día con mayor naturalidad.

Hecho suficiente como para que los complejos en la izquierda comiencen a desaparecer. Pensar que otros son mejores, creer que solo importa el medio y no el fin, des-considerar lo que se hizo en el pasado y competir, en un terreno estético, sobre quién es más de izquierda que otro. Esto último, tiene los peores ribetes, porque el torneo discurre en el terreno declarativo: creerse de izquierda por el simple hecho de decirlo. Y, en definitiva, uno es lo que hace. Para la política, lo que hace y, sobre todo, lo que vota.

Los complejos también se confunden con los intereses. Hasta el minuto, no ha sido posible la unidad de la oposición por dos razones: primero, porque la democracia cristiana no está disponible para ajustar su expectativa programática y electoral con la izquierda, y segundo, porque una buena parte del Frente Amplio, pretende reemplazar a la ex Concertación y ex Nueva Mayoría, como opción para gobernar.

Los frenteamplistas españoles, llamados Podemos, lo entendieron tardíamente. Un año perdieron entregándole el gobierno a la derecha antes de pactar con el PSOE bajo el liderazgo de Pedro Sánchez. Lección para nuestros criollos indignados.

Mientras tanto, las buenas noticias son para la derecha, porque a pesar del magro desempeño que ha tenido el gobierno en la crisis de octubre y su irresponsable manejo de la pandemia en curso, las preferencias de la opinión pública siguen favoreciendo a líderes nítidamente de derecha.

La izquierda requiere más que una ardiente paciencia para resolver sus problemas y volver a ser alternativa de gobierno para el país. Requiere, sobre todo, liderazgos. Del liderazgo se derivan coalición y programa. Con coalición y programa, pero sin liderazgo no es posible. Con liderazgo, lo demás viene por añadidura. Pero para tener liderazgo, hace falta que la izquierda se despoje de sus complejos y recupere su vocación de poder.

Y si la sombra de las estatuas que hemos construido es demasiado larga, entonces habrá que aprender a actuar al descampado sin ningún tipo de cobijo.

Confiando, como diría Sartre, en “el trabajo y la fe”.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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