Los efectos futuros

La falta de voluntad política del Presidente de la República y de la autoridad sanitaria por el designada para implementar una estrategia oportuna, enérgica y, por tanto, eficaz de contención del Coronavirus, facilitó la propagación de la pandemia y conlleva penosos efectos sobre el futuro del país.

Las pérdidas humanas son imposibles de medir en la irreparable pérdida que significan en cada familia, ahora bien, hay estudios estadísticos que calculan una vez superada la emergencia alrededor de 20.000 personas fallecidas y por sobre medio millón de contagios, teniendo Chile uno de los mayores costos en el mundo, en relación al número de habitantes del país. En las víctimas se incluyen también decenas de niños y niñas privados de sus breves y preciosas existencias.

Asimismo, nadie duda que el descalabro económico y social será inmenso. Las cifras son aplastantes. Ello obedece a un abuso de poder brutal, esperar el impacto del virus sin la contención de emergencia necesaria y confinar a la población carente de los ingresos esenciales para sobrevivir con dignidad durante el encierro que el mismo Estado impuso por decreto presidencial. Con ese doble error se negó a las familias la nutrición que es vital y se cortó la cadena del funcionamiento productivo, en especial, se paralizó el comercio, generando una desorganización económica total.

Lejano al dolor e incertidumbre que se vive en los hogares, el gobernante con su estrategia del día a día, provocó activamente al desplome de 30 años de estabilidad económica y el atropello de los aún insuficientes avances sociales logrados en democracia. Piñera no puede culpar a otros, fue él con el uso ultra personalista del poder quien hizo política pública su cruel obstinación de negar los recursos para que las familias pudieran resistir la crisis cuando los ahorros del país permiten dar una respuesta humanitaria.

Peor aún, intentó ganar popularidad indebidamente, con las cajas de alimentos repartidas en su nombre, un paliativo de corta duración adquirido con el dinero del país presentado como si fuera contribución personal del gobernante, un episodio que otra vez dejó la marca de una inescrupulosa manipulación mediática.

Ante la amargura que significa el hambre en los hogares ha surgido la solidaridad de las organizaciones populares y de miles de personas de muy diversos sectores de opinión y creencias, que unen voluntades y organizan ollas comunes para hacer frente a la catástrofe social en que cayó el país.

La solidaridad en la base social, la Memoria Histórica que nutre la conciencia de clase de los trabajadores y la generosa fraternidad de hombres y mujeres ante el descalabro que se vive en los barrios y poblaciones es lo que ha salvado a Chile de la hambruna.

Este movimiento de solidaridad popular por la extensión de la cuarentena y el drama de vivir encerrados y sin ingresos, adquiere más amplitud que aquel que, en los años 80,  existió duramente reprimido bajo la dictadura, pero es su continuidad por su carácter solidario y porque hace frente, con recursos y esfuerzos autónomos, al duro abandono que la política de Piñera impuso al negar a la población un apoyo mínimamente eficaz.

Esa huella no se borrará. Los que creen que las penas de los sufrimientos se las lleva el viento se equivocan, se quedan en algún rincón del espíritu y no se marchan.

Incluso, Piñera y el ministro de Hacienda hacen vaticinios desoladores ante las cifras de la economía y anuncian que van “a empeorar”, pero no toman ninguna medida directa que alivie el desastre social y económico, como si fueran espectadores y no los responsables de la conducción económica. Hoy ante la magnitud de la catástrofe el Estado debiese entregar un bono parejo a todos los hogares del 60% de menos ingresos, sin excepción, porque ya se trata de contener el hambre.

Han surgido decenas de miles de gestos en el mundo popular de apoyo fraterno para frenar el hambre y las penurias. Así se resiste la perversidad de la derecha económica y política liderada por Piñera de confinar obligatoriamente a las familias, sin ingresos, para solventar la alimentación de cada día. Este violento abuso de poder no podrá ser olvidado.

La contracción económica agudizada por la mezquindad oficial conlleva la parálisis de buena parte de las fuerzas productivas, como han señalado desde Conupia, hay un colapso de 200 mil micro, pequeñas y medianas empresas, que aumentarán el desempleo, la baja de los ingresos de los trabajadores y la clase media e incluso la caída de parte de los grupos empresariales.

Aún más, las consecuencias del desastre en las familias no son debidamente evaluadas. Ha vuelto la pobreza y en los hogares de las poblaciones se pasa hambre. La infancia y la juventud se han alimentado mal durante meses.

La educación retrocede y la salud pública tardará un buen tiempo en reponer la infraestructura que se postergó sin inversión y el equipamiento que se usó y gastó en un esfuerzo tremendo de los trabajadores y los profesionales de la salud frente a la negligente improvisación del gobierno.

Esto significa que en los años venideros se agravarán dolorosas expresiones de injusticias, carencias y abusos en un país que teniendo enormes riquezas su gente estará empobrecida, soportando penurias que como la desnutrición, la insalubridad, la promiscuidad, el alcoholismo y la prostitución en la adolescencia y la infancia. Mucho se habla de la malignidad del virus, pero es más perverso e irracional que el Estado tenga ahorros y no se usen para aliviar las penurias de los chilenos.

Por eso, el “salvador” de la derecha ha hundido su gobierno en el descrédito, la más reciente torpeza fue burlar la cuarentena para ir a comprar vino porque, según la derecha, puede hacerlo en su condición de Jefe de Estado, darse ese “gustito” provocó estupor por el despropósito de desautorizar, una vez más, a la autoridad sanitaria de su propio gobierno, olvidando que en un régimen democrático por muy Presidente que sea no puede hacer cualquier cosa, debe ajustarse al principio de legalidad. En Chile, cada cuatro años, se elige Presidente y no Emperador.

El nuevo ministro de Salud quedó en el centro del conflicto y se vio obligado a discrepar del propio Piñera, creando por las circunstancias una nueva práctica en el ejercicio del sistema presidencial, en esta reciente modalidad los ministros corrigen a su jefe y Presidente, enmendándole la plana ante el país. El presidencialismo fue puesto patas arriba y cabeza en el suelo por las excursiones de Piñera.

El desprecio e indiferencia del gobernante ante las aflicciones de millones de personas causará a Chile un daño que costará décadas superar. Tal como costó dejar atrás el impacto de la crisis económica del 82-83 que también dejó el país endeudado y empobrecido, entonces la derecha siguió sosteniendo al precio de la libertad y la justicia a la dictadura qué tanto le había dado, porque ese régimen junto al cuantioso patrimonio nacional que privatizó, también entregó el aval del país para salvar el sistema financiero en total bancarrota. Así la nación chilena tuvo que pagar la farra de Pinochet y sus protegidos, los Chicago-boys.

Ahora, los parlamentarios de esos mismos intereses, se turnan para rechazar la opción lógica: que de ser necesario para atender necesidades básicas de la población se deben contraer deudas que Chile, sin quebrarse, está en condiciones de tomar.

La derecha más cruel e insensible arguye que los pobres no deben vivir del Estado, como si los intereses oligárquicos no hubiesen recurrido al Fisco cuantas veces han querido por las deudas, las apuestas y el despilfarro.

Así queda claro que a los grandes poderes corporativos no les importan las condiciones básicas de dignidad de las familias, su lógica de siglos no va a cambiar, que los pobres y cesantes, los obreros y artesanos, los trabajadores y comerciantes, se las arreglen como puedan y sean ellos con su pobreza y dolor quienes paguen el costo de la catástrofe social y sanitaria.

Además dirán que no es el momento del proceso constituyente ni mucho menos que se establezca una nueva Constitución. El “stablishment” querrá mantener a la población sumisa, indiferente y eliminar la participación ciudadana para imponer sin contrapesos sus mezquinos intereses. En especial, querrán apropiarse de los ahorros que tiene Chile en su propio beneficio.

Que nadie se informe ni se movilice para que se imponga una reactivación regresiva, eso es lo quiere el sector ultra conservador de la derecha, con los sindicatos debilitados, los cesantes dispersos, las mujeres acalladas, los estudiantes desinteresados y los partidos de oposición sin entenderse como se necesita.

Se trata de una estrategia para instalar una anomia social que permita una reactivación a gusto de los elementos más retrógrados del entorno del poder que desconocen la tarea de superar tanta injusticia, pobreza y desigualdad. Y si carecen de argumentos, simplemente descalificarán al que piense distinto, están con el diente largo, ojo!!! y no se detienen ante nada.

Una amplia convergencia de voluntades democráticas y populares, sociales y políticas, debe unirse para promover una alternativa de justicia social frente a la crisis profunda en que Piñera dejará el país. Una propuesta de solidaridad de Chile consigo mismo, para curar las heridas y colocar los intereses mayoritarios en el centro de la acción del Estado.

No más de lo mismo. Que la voluntad ciudadana no sea defraudada por otra “operación camaleón”, Chile requiere un cambio de fondo, auténtico, responsable pero no pusilánime en la conducción del Estado.

Hay que unirse para lograrlo. Ese es el deber ineludible del conjunto de la oposición. Por el bien de Chile.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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