Los otros movimientos

Tiene aspecto de suboficial en retiro, debe serlo. Hace ya tiempo que es el administrador de mi edificio. Lo ha sido desde que llegué hace unos ocho años, tiempo en que los gastos comunes se han duplicado. No me miró con buenos ojos cuando me vio quebrantar, cacerola en mano, el toque de queda. Oficiaba de Conserje en esa primera noche de protesta social. Era la primera vez que lo hacía en todo este tiempo.

A las cuatro y media de la madrugada desperté y miré hacia la calle. Vi a un peatón que regresaba desde la estación del Metro, donde estaban apostados los militares. Era nuestro Administrador / Conserje. No me fue indiferente la imagen: volvía a la memoria el recuerdo de tanto informante y torturador de los setenta, de aquellos que merodearon en Lo Hermida y en el Estadio Nacional.

A la segunda noche del toque de queda, el Administrador / Conserje ya tenía organizado un pelotón de vecinos premunidos de palos y cadenas por la defensa del edificio.

A la distancia, aseguraban, las hordas asaltaban un supermercado, lo cual no pasaba de ser un rumor. La patrulla militar tornaba poco realista la percepción de la amenaza pero eso les daba lo mismo. Los vecinos estaban dispuestos a defender el orden quebrantado por los presuntos asaltantes y para ello se habían provisto de armas improvisadas.

Los administradores / conserjes lo son de las piezas más oscuras de la historia del país. Están siempre allí, acumulando rabia y resentimiento, mirando con recelo a quienes propician alternativas, despreciando sin decirlo a quienes construyen nuevas sociedades.

Su oscurantismo deviene de los modestos privilegios granjeados por la vía del servilismo sea en los campos, en las fuerzas armadas, en las casas patronales o en las grandes empresas. Son orquestadores de otras movilizaciones, de aquellas que tornan la ira en amargura y la esperanza en sangre.

En la tercera noche el balance entre quienes caceroleábamos y la improvisada milicia organizada por nuestro Administrador / Conserje se había invertido a favor de aquella. Al enfrentamiento verbal entre protestantes y militares se interponía el grito desde una ventana del cuarto piso que acusaba de comunistas a los primeros, recordándoles de sus madres. La radio informaba de enfrentamientos similares entre vecinos de otros barrios. La confrontación ahora torcía su curso para posicionarse entre residentes, algunos preocupados por sus posesiones y los demás por sus derechos.

Desde su mirador privilegiado, nuestro Administrador / Conserje podía registrar y orquestar los movimientos del barrio. La indiferencia de los propietarios del edificio le ha permitido a su amaño hacer y deshacer en la gestión de los gastos comunes, realizando de modo inconsulto su trabajo, y disponiendo para si del personal del edificio.

Sin contrapeso alguno ha administrado su modesta cuota de poder, sin asambleas ni reuniones de ningún tipo. Su papel representa en cierto modo lo que como país hemos hecho: abandonar la tarea política en manos de una elite ajena e indiferente a la que hemos dejado hacer hasta el punto de consentir que, al modo del Administrador / Conserje, disponga de nuestros recursos y, eventualmente, de nuestras vidas.

A la cuarta noche del estado de excepción comienza a evidenciarse la molestia de algunos sectores que, en un principio, habían apoyado el movimiento.

“Nosotros no estamos protegiendo a los ricos”, dice una señora en relación con la protección que brindan al supermercado de su barrio. “Nosotros estamos defendiendo lo nuestro”, agrega.

La rabia busca nuevos blancos y administradores / conserjes / presidente saben reorientar la ira, saben movilizarla hacia esa espesura semántica que denominan delincuencia.

“Mano dura, Pinochet”, gritaron en muchas jornadas del pasado mujeres cansadas por el desabastecimiento (que, al igual que los asaltantes de mi edificio, no era sino fantasmagórico), o por las protestas ochenteras (donde Santiago era lo que se estaba alucinatoriamente incendiando según el principal y prácticamente único diario de la época).

El desafío de la quinta noche, invita a hacerse cargo de las otras personas, de los que no salen a las calles, que no llevan cacerola en mano, y que, sin embargo están ahí, prontas a ser instrumentalizadas por administradores / conserjes / presidente, no para constituir milicias pero si para sumarse a su acción y a los poderes que procuran descargar iras y resentimientos contra quienes hoy celebran, como se merece, el despertar de un pueblo y las conquistas alcanzadas en el despliegue de las cacerolas.

Hay que dar el paso que sigue, hay que volver desde la calle a la política, desde la protesta a la organización, desde los derechos a los deberes, desde la parodia al control.

Es preciso en la próxima quinta noche, desplegar la ciudadanía más allá de los confines territoriales de la protesta, adentrarla en las periferias, allí donde se dispara al cuerpo y donde se atropella sin consideraciones; sacar de allí – y de todas partes – a las fuerzas militares.

Hay que robustecer a un colectivo que, en el desamparo en que vive, puede pedir protectores autoritarios como los que en nuestro continente se han hecho del poder. 

También es hora de constituir la alegría de habernos encontrado, de haber sido cómplices en veredas, calles y parques, en organización solidaria, en un encuentro amoroso a través de nuestras diferencias; es hora de protegernos.

Es tiempo en que los privilegios nuestros, por modestos que sean, se traduzcan en obligaciones, teniendo como la principal, justamente, el cuidado de las y los otros, lo que a su vez es la forma más profunda de cuidar de uno mismo.

Ello nos hará fuertes a la hora de exigir y fiscalizar a todas las instituciones y empresas en el cumplimiento de sus obligaciones hacia las personas y el medio que hacen posible su existencia y de demandar la protección de derechos que hasta ahora han constituido negocios para unos pocos. Y en este carro hasta el Conserje / Vigilante tiene lugar.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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