En estos días han aparecido distintos balances sobre los primeros 100 días del Gobierno de José Antonio Kast. Destacan aciertos, errores, y hay quienes buscan la "quinta pata del gato". Por eso me gustaría proponer otra mirada: estos no han sido realmente 100 días. Han sido bastantes más.
En rigor, este gobierno comenzó mucho antes del cambio de mando. Partió con la Oficina del Presidente Electo (OPE), una estructura que buscó instalar la idea de un gobierno ya en acción, incluso antes de asumir. La intención era comprensible. Después de todo, en Chile contamos con períodos de instalación sumamente largos (sobre todo después de la reforma que adelantó la segunda vuelta para diciembre). Piñera tuvo Apoquindo 3000; Boric organizó su transición desde la llamada Moneda Chica, cerca del Barrio Italia. La diferencia es que nunca habíamos visto una maquinaria tan sofisticada como la OPE: una imagen corporativa cuidadosamente diseñada, equipos especializados, responsables por áreas y una estructura de mando particularmente vertical.
La apuesta podía tener ventajas. Un gobierno que llega preparado tiene mayores posibilidades de evitar improvisaciones. Sin embargo, en la práctica, el diseño arrojó dos problemas capitales. El primero fue adelantar la luna de miel. Si la ciudadanía comienza a evaluar un gobierno meses antes de que asuma formalmente, el desgaste también comienza antes. La expectativa se acelera, y con ella la impaciencia.
El segundo traspié fue aún mayor: intentar abarcar demasiado. La OPE no sólo buscó preparar políticas públicas, sino también controlar cada detalle del futuro gobierno. Es cosa de recordar, por ejemplo, que muchos aspiraban a llegar a cargos de dirección dentro de los ministerios, pero no bastaba con tener la confianza de un futuro ministro. Había que superar las pruebas de la OPE. Algo similar ocurrió con las comunicaciones: se intentó centralizar prácticamente todo, bajo la supervisión de un pequeño grupo que revisaba, corregía o derechamente frenaba mensajes antes de que vieran la luz.
El problema es que ninguno de esos controles logró su objetivo. Basta mirar la cantidad de autoridades -especialmente seremis- que ha debido dejar sus cargos en estos primeros meses, o los errores comunicacionales que terminaron costándole el puesto incluso a la ministra vocera. La promesa de un gobierno milimétricamente preparado terminó chocando con una realidad bastante más desordenada.
Con todo, sería injusto quedarse sólo con esa fotografía. El Gobierno tuvo la capacidad de advertir rápidamente que ese diseño estaba agotándose y decidió cambiar de caballo al poco andar. Así, se fue reemplazando una lógica excesivamente empresarial por una conducción más política, con mayor espacio para la negociación, la flexibilidad y el manejo de las contingencias.
Por eso, quizás los análisis sobre estos primeros 100 días debieran incorporar un elemento adicional. No estamos evaluando poco más de tres meses de gobierno, sino casi un año de instalación, expectativas, aprendizajes y rectificaciones. Entender ese proceso permite explicar mejor tanto los errores iniciales como la capacidad de adaptación que ha mostrado La Moneda.