S.E. Barros Luco, ¿es posible la ingeniería social?

De toda la pléyade de personajes en la historia de Chile, parece ser que el Presidente Ramón Barros Luco (1910-1915) sigue influyendo hasta el día de hoy. De él es la famosa frase, “No hay sino dos clases de problemas en política: los que se resuelven solos y los que no tienen solución”. Frase ingeniosa, sin duda alguna, que aunque posee una pátina de verdad, puede hacernos caer en el cinismo y la inoperancia social.

La relevancia de esto consistiría en que, según Luco, sería imposible mejorar la sociedad. ¿Qué nos puede decir la sociología acerca de la posibilidad de ejercer una suerte de ingeniería social?

Lo más importante, es que la sociedad se auto organiza. Esa es una característica mayor de los sistemas biológicos y sociales, lo que quiere decir que no están organizados por ninguna fuerza externa sino por sus propias fuerzas internas, las que están predeterminadas en algún grado importante. Funcionan “casi” solos y se rigen por sí mismos.

La complejidad surge debido a que tales sistemas están compuestos por muchísimos elementos, miles o millones, que pueden ser moléculas y células en los sistemas biológicos, o personas y grupos en el caso de los sistemas sociales. Además, todos los elementos interactúan entre sí, generando múltiples efectos al interior de los sistemas, los que pueden ser de corto o de largo plazo y bastante impredecibles.

En el caso de la política, que es un sistema social, la autoorganización posee una característica que incluso está descrita matemáticamente como una distribución de Pareto.

En palabras simples, la gran mayoría posee cuotas de poder ínfimas y unos pocos poseen cuotas enormes de poder. Eso significa que, en general, los poderosos pueden generar efectos significativos en el sistema cuando algunos actúan al unísono.

Este es el caso de los “consensos nacionales”, como la decisión de ir a una guerra o realizar una transición política “desde arriba”.

Sin embargo, cuando la mayoría de los elementos sin poder, los “ciudadanos a pie”, actúan al mismo tiempo, los efectos también son significativos e incluso pueden darle un vuelco al funcionamiento del sistema.

Este es el caso de las revoluciones sociales y políticas “desde abajo”. Naturalmente, ambos casos son representaciones ideales, pues las fuerzas oligárquicas y plebeyas actúan siempre al mismo tiempo, en conflicto, real o ilusorio.

Cuando la derecha política dice que la sociedad no puede cambiar, que “las cosas siempre han sido así”, se refieren a la auto organización de los poderosos, mientas que cuando la izquierda política dice que “podemos cambiar las cosas, si queremos”, se refieren a la autoorganización de los débiles.

Ambas posibilidades nunca se dan plenamente. En primer lugar, porque las cosas cambian de todas maneras, ya que los sistemas se adaptan dado que están permanentemente bajo el efecto de causas externas: pequeñas variaciones pueden generar cambios mayores en el funcionamiento del sistema.

En segundo lugar, porque las situaciones no cambian “tanto como queremos”, dado que los sistemas para adaptarse deben conservar sus características esenciales, sus recursos para poder adaptarse: esa es la razón de porqué no es posible una sociedad estrictamente democrática, donde todos tengamos la misma cuota de poder, de dinero o de prestigio.

En ese sentido, la frase de Barros Luco es relativamente correcta, pero hay un resquicio, en este caso de la condición humana.

Las personas podemos comprender el funcionamiento de los sistemas sociales, introducir pequeñas variaciones al interior de ellos,  evaluarlas y mantenerlas o bien ensayar otras. Es decir, es posible hacer algo, en vez de permanecer impávidos.

La parálisis política es comprensible en la derecha, pues juega a favor de los privilegios existentes.

Una forma de jugar ese juego es apostando a las cortinas de humo, los proyectos irrelevantes, las ideas sin impacto, condimentadas con mucha propaganda que hace perder el tiempo a las personas pensantes en las redes sociales.

Sin embargo, esta no solo es una política cínica sino también peligrosa, pues dado que el sistema social es un producto relativamente artificial (es decir, construido históricamente por la especie) no responde a las adaptaciones automáticas preestablecidas en la naturaleza sino deliberadas, que si no se administran de modo inteligente pueden llevar al límite la posibilidad de la supervivencia humana, como lo anticipan los estudiosos del cambio climático y el calentamiento global.

También es cínica debido a que es indiferente a las consecuencias de sus actos. Parafraseando a Keynes “en el largo plazo, todos estaremos muertos”, da igual.

La frase de Barros Luco puede ser reemplazada por algo más que otra frase ingeniosa: la fuerza de todas las doctrinas reformistas a lo largo de la historia.

Incluso el ensayo prudente de un cambio acotado tiene algo de arrojo, aún cuando pueda terminar en un error. Lo importante es que el error tenga un efecto calculado no perjudicial.

Desafortunadamente, parece ser que los poderosos han convencido a los débiles que la sociedad está en peligro de “transformaciones” (todas potencialmente desastrosas), por ello, deben apostar a la estabilidad social y política.

Si evaluamos los actos morales en función de sus consecuencias, la frase de Barros Luco conlleva cinismo y, además, es políticamente inoperante.

Dado que han pasado 100 años, hoy tenemos evidencia que ningún problema se resuelve solo y que muchos problemas de antaño, ya tienen solución.

¿Qué pasa con los gobernantes, gerentes y todo tipo de individuos con poder, que permanentemente se eximen de su responsabilidad usando la famosa frase de Barros Luco?

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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