Convocados para decir que sí. El Gobierno se enfiló a la presentación del "Plan de Reconstrucción Nacional" convencido de presentar un solo paquete, buscando disminuir al máximo las críticas previas, encontradas en la propia derecha. Algunos querían dividir el proyecto y otros agregarle medidas volviendo más miscelánea aún la iniciativa legal. Tras el conclave oficialista en Cerro Castillo solo quedó espacio para la segunda estas opciones.
Durante toda la jornada se habló del proyecto en singular y se hizo constante referencia a la unidad del sector que, en concreto, significaba respaldo cerrado a la presentación de la iniciativa más emblemática de gobierno. Para La Moneda no es fácil dividir la propuesta legal, porque debilitaría su proyecto de reforma tributaria, que es lo que más le interesa y porque hace menos practicable asegurar la disciplina de sus diversas bancadas en debates que se podrían estar desarrollando en paralelo en varias instancias.
En cambio, si agrega propuestas de sus parlamentarios y partidos, separando incluso algunas iniciativas de vinculación más débil con el resto, puede dar una imagen de apertura y mantener el grueso de sus propuestas en un cuerpo principal.
Aunque eso no puede convencer al grueso de la oposición, mostraba la suficiente flexibilidad como para acallar a su disidencia interna. Ha bastado que se hable de "fuego amigo" para que las críticas pasen a sugerencias en tono menor. El Gobierno podrá asegurar la disciplina básica de sus aliados en el tema de la reconstrucción porque está recién asumido y porque puede pedir un voto de confianza en una materia que es la más importante para el cuatrienio.
Además, no hay manera que desde la centroderecha se pueda absorber las opiniones discrepantes, sencillamente porque se ha tenido el cuidado de eliminar las instancias institucionales internas donde se puede procesar las diferencias.
Ausencia de barreras de contención
El senador Luciano Cruz-Coke, de Evópoli, dice que los primeros meses de esta administración prueban que el soporte político del gobierno está en Chile Vamos. Puede que sea cierto si se considera el aporte numérico en el Ejecutivo de políticos y profesionales de este sector, pero como ocurre que la coalición ha dejado de funcionar como tal, da lo mismo cuanto aporten sino pueden actuar como colectivo.
Este es un gobierno sin conglomerados en funcionamiento, porque expresamente se los ha desactivado y porque un socio importante -la UDI- parece igualmente propenso a disolver a Chile Vamos a la menor oportunidad.
Estamos ante un presidencialismo reforzado, con la decisión política centralizada en el entorno cercano del Presidente. Esto tiene una gran capacidad para producir un ordenamiento interno inicial, tal como lo estamos viendo en estos días, pero tiene también una gran dificultad que se verá a poco andar. Todos los caminos conducen al control presidencial, pero una cosa es que exista quien pueda ejercer un control completo del aparato estatal y otra cosa es que efectivamente esté en condiciones de hacerlo, algo que es más que dudoso que esté ocurriendo.
El Ejecutivo depende por completo de decisiones que toma el Presidente o que toman sus cercanos a nombre de él. Por eso, ante errores, tardanzas u omisiones le impactarán directamente y sin mediar las barreras de contención que prodiga una base de apoyo política estructurada y con capacidad de tomar la iniciativa.
Si todo se hace bien en la gestión, los beneficios políticos se reparten equitativamente, pero si algo sale mal todos pagan por igual, sea que hayan sido consultados previamente o que nadie se haya preocupado de hacerlo. Es decir, la respuesta política en la derecha tardará en producirse, no será coordinada y tendrá una mínima capacidad de enmienda.
Se necesita que la oposición ocupe su espacio
El Gobierno fracasó silenciosamente al no tomar posesión de la agenda cuando los opositores estaban en su peor momento y se esperaba un cambio de mano que hiciera una fuerte diferencia en la partida. Esa oportunidad se desaprovechó. La ministra de Seguridad ni siquiera es seguro que concurra al Parlamento cuando la citan. En migración, se está construyendo una zanja de unos pocos kilómetros, que en el desierto más parece un lunar que una medida concreta. La vocera tiene dos problemas: habla poco, pero cuando lo hace es para peor. Más de la mitad del gabinete son perfectos desconocidos. O sea, no han ocupado todo su espacio.
El Ejecutivo se ha jugado por concentrar el poder en Kast y su figura se está desgastando al ser quien absorbe el efecto de los errores de sus subalternos, la lentitud de las acciones del Ejecutivo y las consecuencias de la crisis internacional.
El predominio del debate político en el Congreso no va a hacer al gobierno más popular. Se está generando un vacío que se debe cubrir por la oposición antes de que la falta de respuestas institucionales se vuelva una certeza. La oposición se comporta como si tuviera mucho tiempo disponible para reaccionar y no es así. Empieza una competencia larga, no una suma fragmentada e inconexa de pequeños episodios. Ese tipo de comportamiento ya ha sido causa de las anteriores derrotas y no es cosa de inaugurar cada año político con una repetida pérdida de memoria. Es lo que comúnmente se llama mediocridad.
Lo que más puede proyectar a la oposición es mostrar capacidad de anticipación en tres ámbitos: anticipar los efectos que tendrán las medidas que toma el gobierno, contraponer las medidas que se pudieron tomar y emplazar a debates coordinados en el Parlamento y en forma descentraliza en los niveles.
Esto no inhabilita las diferencias. Los partidos compiten en la originalidad de sus propuestas específicas, en su capacidad de negociación y en destacar vocerías. Habrá mejores intérpretes, pero la canción necesita un estribillo que todos interpreten. ¿Por qué? Porque lo que más importa es lo que piensa y evalúa la ciudadanía y nadie puede entender una desafinada cacofonía.
Individualidades tenemos de sobra, pero si quieren ser escuchados, más allá de las audiencias de siempre, tienen que ser capaces de actuar también en equipo.
Los partidos de la oposición tienen la necesidad de presentar un frente común básico ante una administración que ha presentado su proyecto más importante. El Gobierno se está separando del apoyo ciudadano porque ha dejado de encarnar la esperanza de un Chile mejor para la mayoría. Hay que lograr que la esperanza no se pierda, sino que se traslade a una construcción política más solvente, coherente y creíble.