Universidad del siglo XXI, un compromiso ético con la justicia social

La universidad, un término que se remonta al latín "universitas", según la concepción de Cicerón, históricamente ha sido núcleo del conocimiento y la formación crítica. Desde sus orígenes en la antigua Atenas, donde se cultivaba la episteme, hasta las corporaciones autónomas de la Edad Media, han evolucionado significativamente, como comunidades de maestros y aprendices. Estas se expandieron por Europa en los siglos XII y XIII, ofreciendo una educación centrada en la cultura y las artes, siendo primeras las de París, Bolonia, Oxford y Montpellier.

Sin embargo, en el siglo XIX la función cultural de las universidades comenzó a seguir modelos más orientados hacia la profesionalización y la investigación, influenciadas por figuras como Napoleón y el enfoque Humboldtiano en Prusia. A pesar de las críticas de pensadores del siglo XX, como John Henry Newman y José Ortega y Gasset, quienes abogaron por una educación que promoviera valores éticos, más que la tendencia de formación utilitarista centrada en el conocimiento técnico.

Desde esa base, actualmente las universidades se enfrentan a desafíos sin precedentes, acechadas por la globalización y la digitalización, marcadas por la exigencia de adaptarse a un entorno laboral en constante cambio, que ha llevado a estrechar lazos con la industria, priorizando la innovación y la sostenibilidad, como un panorama donde surge la pregunta: ¿es momento de redefinir la finalidad de la universidad?

La respuesta se consigue volviendo al ethos universitario, que abarca la búsqueda del conocimiento, la formación integral y la justicia social, permeando la identidad y los valores compartidos por la comunidad académica. Eso por cuanto un ethos bien articulado es esencial para guiar la misión y los objetivos de la universidad, evitando incoherencias entre la búsqueda de la verdad y la justicia social. Sin un ethos claramente declarado, estas entidades pierden su sentido público y su compromiso con el bien común.

Adela Cortina (2023) enfatiza la necesidad de integrar principios éticos en la formación académica contemporánea, sugiriendo que la universidad debe alinearse con los valores que guíen el desarrollo integro de su quehacer. Las universidades no deben apuntar a la eficiencia técnica, sino a la formación de profesionales que comprendan la finalidad de su trabajo y desarrollen virtudes ciudadanas comprometidas con la sociedad y el Estado.

La ética ciudadana debería ofrecer un marco que facilite a la formación universitaria fortalecer la convivencia social, a la base del respeto mutuo y el reconocimiento de diversas formas de vida, sin imponer un único modelo moral.

Para tal cometido, la educación superior ha de asentarse en el diálogo y la comprensión sobre el bien común, la vida buen y la dignidad humana. Nuestras universidades deben reafirmar su pacto con la justicia y la equidad, con una ética sólida que resguarde su función social y cultural, sin negar su misión en pro de las metas del mercado capitalista. Hoy más que nunca la universidad ha de ser un faro de conocimiento y valores ciudadanos capaces de reconstruir la democratización de la sociedad.