Universidades bajo asedio

Para el filósofo y jurista Jorge Millas (1917-1982), las universidades debían ser espacios donde se protegen los valores del conocimiento y de la individualidad -bases del libre discernimiento- frente a las amenazas que engendra la sociedad de masas: el consumismo y el fanatismo ideológico.

Millas, quien fue decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Austral, consideraba que la violencia era el principal enemigo de la vida universitaria. Esta podía manifestarse de múltiples formas: en los docentes, a través del dogmatismo que clausura la duda; en las autoridades, cuando apelan al orden para ejercer el poder desnudo; y en los estudiantes, mediante asonadas y huelgas. Esta última forma, advertía Millas, rara vez era reconocida como violencia, pese a constituir una genuina expresión de abuso de poder.

Por ello, Millas alertaba sobre el riesgo de que las universidades perdieran su sentido bajo el peso de la mediocridad asamblearia, que asciende hasta las cátedras e inhibe el debate libre. En el fondo, temía que la lógica de las asambleas terminara convirtiendo a los rectores en jefes de barras bravas.

Convencido de que tanto el asedio demagógico como el autoritario transforman la universidad en trinchera o campo de concentración, Millas rechazó con igual firmeza la violencia estudiantil revolucionaria de los años 60 y el control militar sobre los campus universitarios tras el golpe de 1973.

En "Idea y defensa de la universidad", escribió: "Cuando los estudiantes proclaman que el único modo en que puede funcionar la universidad es según su particular modo de entender los problemas, y asumen la actitud de la violencia estudiantil para imponerlo, están también traicionando el espíritu universitario y cavando la tumba del espíritu libre".

La advertencia de Millas recobra plena vigencia a la luz de los hechos ocurridos durante la visita de la ministra de Ciencia y Tecnología, Ximena Lincolao, a la Universidad Austral de Chile, en Valdivia, con ocasión de la inauguración del año académico. El episodio no es aislado: hace tiempo que ciertos espacios educativos han sido cooptados por una retórica revolucionaria camuflada de compromiso social, mediante la cual grupos minoritarios se imponen por la fuerza.

Esta demagogia se ha incubado durante años en aulas universitarias y escolares, confirmando lo que advertía Bertrand Russell: "En cuanto se impone una censura en las opiniones que los profesores pueden expresar, la educación deja de realizar sus fines y tiende a producir, en lugar de una nación de hombres, un rebaño de fanáticos".

Son precisamente esos fanáticos quienes promueven asonadas para silenciar expositores y docentes, como ocurrió con la ministra Lincolao o, años atrás, con el entonces candidato José Antonio Kast.

Frenar esta lógica violenta y sancionar a quienes incurren en tales conductas es una necesidad impostergable. La naturalización de la violencia en los espacios educativos no solo destruye el fundamento esencial de la universidad -el diálogo racional que exige libertad intelectual y de opinión-, sino que abre paso al predominio de lógicas facciosas en la sociedad entera. Como lo expresó el propio Millas: "El diálogo racional dentro de la Universidad queda interrumpido, como todo diálogo, con la violencia; y la violencia en la universidad es mucho más grave que la violencia en cualquier otra zona del organismo social".