Invitados a su propia fiesta. Las señales son tantas que ni siquiera son tomadas en cuenta y se pasan por alto. El mismo día que el gobierno hizo la presentación formal de la reforma de seguridad, el ministro García Ruminot trataba de entregar calma en las horas previas.
Lo que dijo García es que las peores cosas que se esperaban no estaban incluidas en "la última versión a la que tuve acceso esta mañana". Es una forma bastante extraña de decir que, al menos, tiene información actualizada de un proceso que debiera liderar, pero del que no tiene control. Esta no es una situación excepcional.
Ya habíamos tenido el episodio en que el ministro Alvarado reconoció no estar informado de la decisión de recurrir al Tribunal Constitucional por los servicios básicos en zonas de catástrofe. Kast asumió la responsabilidad de esta descoordinación, pero de un modo que resulta más revelador de lo que imaginó.
Estamos en un régimen presidencial y, por lo tanto, todos los recursos se invierten en proteger y destacar la figura del Mandatario. Pues, bien, se puede comprobar que esta ha dejado de ser la primera prioridad.
Nótese, por ejemplo, que una descoordinación grave del equipo político de La Moneda afectaba directamente a Kast y tenía que ser resuelto a la brevedad. El tiempo disponible no es arbitrario. Cuando se produce una crisis, la reacción ha de expresarse en las primeras 48 horas siguientes a conocido el conflicto, antes que la ciudadanía consolide una imagen de lo que sucedió. A Kast y a su equipo le tomó una semana completa reaccionar. No llegó tarde, ni siquiera llegó.
El resultado fue que cuando Kast asumió la responsabilidad de lo sucedido a nadie le importó en lo más mínimo. No hubo quien se detuviera a comentarlo y pasó sin pena ni gloria. Ya no importaba ni nos importa y esto es muy revelador.
Aun no tomamos plena conciencia de que las decisiones más importantes no la están tomando las autoridades electas, ni siquiera quienes formalmente tienen la conducción política en el Ejecutivo. Lo determinante está pasando en las sombras. En parte, quienes deciden lo hacen en defensa de intereses, como quedó claro con la forma en que se priorizó y tramitó la megarreforma. Pero, la parte que quedaba por conocer ha quedado ahora en evidencia con la agenda identitaria de corte autoritario que se dio a conocer con la propuesta de reforma constitucional.
Tal como lo hiciera antes el Partido Republicano con el Consejo Constitucional, cuando este partido lo tenía todo para encabezar un acuerdo nacional, mostrando una mínima flexibilidad, se decantó por una propuesta extrema que fue rechazada. Ahora el gobierno venía de una victoria con la ley miscelánea y, en vez de consolidar su triunfo, lo apuesta todo a una propuesta que no puede ganar.
Artículo N° 1: nos oponemos al sentido común
El Gobierno entró en el debate de la reforma constitucional con el pie cambiado. Dividió al oficialismo en vez de aglutinarlo, unificó a la oposición en vez de fragmentarla, se impuso como meta aprobar una iniciativa para la que no le alcanza con los votos que tuvo para la megarreforma y que ahora no los puede asegurar para esta segunda oportunidad.
Ni siquiera un grupo de infiltrado premunido de las peores intensiones hubiera podido causar tanto daño en un espacio de tiempo tan corto.
Arriesgar cuanto se ha ganado en una apuesta dudosa ya resulta poco aconsejable, pero hacerlo sin ninguna necesidad va contra el sentido común. El énfasis en la seguridad de las personas ya encabeza los articulados de la Constitución, insistir más no se requiere según el consenso de los especialistas.
El régimen diferenciado para los condenados de alta peligrosidad en las cárceles ya existe. Un nuevo estado de excepción constitucional pone en riesgo las libertades ciudadanas por un tiempo muy amplio. Tal como lo señalaba el senador socialista Gastón Saavedra: "Presidente, no hay que reformar la Constitución: hay que leerla".
En definitiva, el gobierno podía terminar imponiéndose de mantenerse apegado a las prioridades ciudadanas más sentidas. Por el contrario, ha quedado atrapado en sus prejuicios ideológicos y eso los aleja de la ciudadanía.
Es un gobierno que estaba consiguiendo sus objetivos reales ligados a defensa de intereses, pero que ha perdido el apoyo ciudadano que le permitió imponerse en segunda vuelta. Ahora se encuentra en pleno retroceso de posiciones. Está confundiendo la prioridad ciudadana por seguridad con la agenda ideologizada que ha presentado en esta materia. El resultado resulta autodestructivo.
Construyendo sobre arena
El partido eje de gobierno no llegó preparado para ejercer el poder. En los gobiernos de Piñera se le criticó la tardanza en cubrir los principales puestos, pero los errores posteriores no pasaron del margen normal para cualquier administración. En el presente ocurre que La Moneda se entera de que nombró a alguien inadecuado por la cantidad de estropicios que deja y que obliga a su salida. Se utiliza el método de "el golpe avisa", es decir, permanece hasta que no queda más que sacarlo.
En sus primeras 23 semanas de gobierno, 42 autoridades han salido de sus cargos (3 ministros, 6 subsecretarios, 33 seremis), lo que significa casi dos autoridades despedidas por semana, una cantidad que supera todas las marcas anteriores.
No es, por tanto, una administración que destaque por la buena gestión ni por el ojo clínico de quien los nombra. Kast se sostiene básicamente en el personal experto heredado de la centroderecha, pero no hace que los partidos tradicionales de este sector se integren a las principales decisiones. No se constituyó una coalición que permitiera integrar puntos de vista distintos a los de republicanos.
La gestión no tiene muchos ejemplos que destacar y la falla es política. Las últimas iniciativas difícilmente pueden ser atribuidas al comité político de La Moneda, y a nadie se le ocurre que Kast sea un estratega preclaro que domina la gestión al detalle. A los partidos se les pide obediencia, pero no incidencia en las resoluciones.
El desgaste político acumulado es significativo. Quienes en las sombras y sin ser autoridades electas son determinantes en las decisiones de La Moneda, no tienen temor al desgaste político de gobierno, porque a ellos no los afecta en nada.
Esta es la única vez que estarán en el gobierno, la reelección no existe y los méritos para aspirar a tanto no se notan. Da la impresión de que son personajes que tienen la valentía de sacrificar a quienes tienen alrededor, pero sin incluirse. Ni antes ni después se han especializado en dar la cara.
En la derecha no quieren un conflicto interno, hacen lo posible por evitar que los errores del gobierno los lleven a una división. Son un matrimonio mal avenido que quiere vivir de las apariencias. Pero para todo hay un límite: esto de "yo decido, y tú pagas la cuenta" ya no da para más. Pronto será evidente.