Demagogia y chovinismo

Más de una vez me he referido al tema Chile-Bolivia-Perú pero la reiteración del asunto obliga.

El lenguaje diplomático, como lenguaje internacional y positivo, tiende a decir su verdad utilizando un habla cuidadosa, que nunca niega explícitamente y que nunca ofende al interlocutor.

Eso está muy bien.

Lo malo está  cuando los contenidos y formas del habla escrita o hablada por los Estados, en temas internacionales, carece de fundamentos, se aparta de la verdad y, en vez de tomar como interlocutor o “público objetivo” a los actores internacionales, se dirige al público interior, a sus ciudadanos, con el fin de halagarlos y recibir de ellos el apoyo político y electoral que los gobiernos creen necesitar.

Bolivia, desde su derrota en la Guerra del Pacífico y con más insistencia en los últimos años, ha dado a entender, en su comunicación hacia el interior (y ahora también hacia el mundo), que la miseria acumulada en el país por décadas y décadas, es producto en primer término de su enclaustramiento y de la mediterraneidad en que lo dejó Chile hace 136 años.

Sus gobiernos más progresistas y transformadores-entre los cuales está el actual-  “culpan” más a Chile (no a la burguesía chilena del siglo XIX) que a su propia oligarquía nacional o a las potencias imperiales de los siglos XIX y XX. En ese discurso concuerdan los representantes de su burguesía, que así esconden su responsabilidad y se la adosan exclusivamente a Chile.

Parecen decir, sin decir claro, que la sola pérdida de Antofagasta y del mar causa subdesarrollo capitalista en  el país, contradicciones regionales en sus casi un millón de kilómetros cuadrados actuales, e injusticia social y económica de la que no se ha podido desligar.

Perú, desde el Tratado de 1929 en adelante, Tratado evidentemente más conveniente a Chile que al país que perdió la Guerra del Pacífico 50 años antes,  ha mantenido -con más claridad en la pequeña burguesía costeña que en los pueblos andinos-  la idea de que la expropiación de Arica e Iquique por la fuerza y la ocupación chilena de Lima, Miraflores y todo el sur, incluida Tacna por 50 años, constituyó el reinado de la brutalidad invasora, del robo en  gran  escala, de la destrucción de muchas bellezas y adelantos y de crímenes que no sólo afectaron a su marina y su ejército sino a la población en su conjunto, incluidas mujeres, viejos y niños.

Junto con eso, Perú mantuvo siempre la esperanza (a nivel militar y civil) no siempre explicitada pero siempre presente como una odisea posible, como una utopía con límites geográficos conocidos, de recuperar su “estrellita del sur”, los territorios usurpados por Chile, tanto en tierra como en gran parte del Mar de Grau. La reciente sentencia de la Corte sobre límites marítimos le dio en parte la razón.

A todos los niños y jóvenes de Perú se les ha educado, insistentemente, y a toda la población por los modernos medios de comunicación, en la idea de que Chile los golpeó y perjudicó y en la esperanza de que podrán venir, algún día, tiempos mejores en ese sentido para el Perú.

Chile, por su parte, no enseña en su educación media ni en la universitaria, que es falso aquello de que sus FFAA son invictas, que hubo combates marinos y batallas terrestres en que fue derrotado, incluso con Tratados como el de Paucarpata, y que, como resultado del Tratado de 1929, Perú conserva la atribución de decir SI ó NO a cualquier acuerdo chileno con “una tercera potencia” (Bolivia por ejemplo) para negociar o entregar territorios en Arica.

O sea, Chile no es absolutamente soberano en Arica, como tampoco lo es en el llamado Territorio Antártico Chileno.

No existe el “territorio antártico chileno de 1 millón doscientos mil km.cuadrados” ni ningún otro territorio antártico puramente chileno.

Chile es miembro del Tratado Antártico, firmado también por muchos otros países, que no reconoce soberanía de ningún Estado sobre el continente blanco, y el país sólo tiene –por su continuidad y contigüidad con la Antártida- el mejor derecho potencial sobre ella.

La demagogia de los tres enemista a nuestros pueblos y puede llevarnos a problemas graves y a un permanente y costoso gasto militar, que sólo favorece a ciertos mercaderes modernos.

En un momento en que la comunicación de cada uno de los tres gobiernos se dirige a ganar puntos en el interior de los países, para conservar o mejorar el nivel de apoyo sin considerar soluciones integradoras verdaderas, no debe apagarse la llama superadora posible: sólo habrá “solución” objetiva si los tres países constituyen un polo trinacional de desarrollo, un puerto trinacional al norte de Arica, al que se una por un corredor Bolivia con el mar. Ello, con los necesarios acuerdos compensatorios y la integración energética regional.

Perú tendrá que aceptar que se modifique su límite territorial sur y la actual alta burguesía chilena deberá pensar en inversiones estratégicas allí, más proyectivas que las que hoy tiene el “retail” en Lima.

Finalmente, habrá que revisar las grandilocuentes afirmaciones chilenas en medio del entuerto con Bolivia en La Haya. No es verdad que Chile tenga, en esta materia, una “permanente política de Estado”. El colocar al ex ministro de Educación de Piñera, señor Bulnes, de mascarón de proa ante Evo Morales en La Haya, no oculta las disparidades y contradicciones históricas de nuestra postura frente a Bolivia. Pinochet no aplicó ante Bánzer “una política de estado” sino un cuasi acuerdo entre dictadores de derecha que un dictador de izquierda hizo abortar.

Esperemos el fallo sobre la demanda boliviana actual sin exageraciones chovinistas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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