En estos días ha causado revuelo, a nivel de redes sociales, la homilía de León XIV con ocasión del Domingo de Ramos recientemente celebrado -homilía breve y contundente- en la que afirmó: "Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: 'Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!' (Is 1,15)".
El versículo citado por el pontífice está tomado de Isaías 1,10-17, uno de los varios pasajes en los que profetas del Antiguo Testamento critican el culto sacrificial que el pueblo del Israel bíblico presentaba a Dios (ver, a modo de ejemplo, Amós 5,21-27; Oseas 6,1-6; Miqueas 6,1-8).
Todos estos pasajes tienen como denominador común el rechazo por parte de Dios del culto debido a que no se le rinde con las disposiciones requeridas. Es decir, no basta con el culto, sino que éste debe ser realizado con unas determinadas condiciones, sin las cuales se convierte en repulsivo para Dios, produciendo el efecto contrario al deseado: en vez de acercarnos a Dios, nos aleja de él. Tampoco se está diciendo que el culto haya quedado suprimido, sino que no se puede realizar con "las manos llenas de sangre". La explicación de esta expresión, que no se reduce exclusivamente a la guerra, aparece en el mismo pasaje en los versículos siguientes donde Dios por medio de Isaías dice: "¡Lávense, purifíquense, aparten de mí vista sus malas acciones! ¡Dejen de hacer el mal y aprendan a practicar el bien! ¡Busquen lo que es justo; reprendan al opresor; hagan justicia al huérfano y defiendan el derecho de la viuda!" (Is 1,16-17).
El huérfano, la viuda y el migrante (que en este pasaje no aparece mencionado) representaban en el Antiguo Testamento a los más desvalidos de la sociedad. Esta es la conversión a la que Dios nos llama: dejar de hacer el mal y aprender a hacer el bien, a lo que se podría agregar enseñar a hacer el bien. Lindo programa para esta semana santa.
El ritualismo, entendido como reducir la fe sólo a los ritos, es una grave deformación de la misma, porque se convierte en una especie de manipulación de Dios, una forma de chantajearlo: yo te doy esto y esto otro, y tú déjame tranquilo el resto de la semana con mis fechorías.
El culto agradable a Dios es el que va acompañado de justicia, rectitud, solidaridad, del empeño por convertirnos en constructores o artesanos de paz, como dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9). Paz que no significa sólo ausencia de guerra, sino búsqueda activa del bienestar para todos, porque tal como afirma el mismo profeta Isaías: "el fruto de la justicia será la paz" (Is 32,17). Forma parte esencial de la fe el vivir de una determinada manera: al estilo de Jesús que vivió y murió por y para los demás.
En este Viernes Santo al mirar a Jesús crucificado hemos de mirar también a todos los crucificados en nuestro mundo, en nuestra historia para con la fuerza que recibimos de su resurrección, darles esperanza tratando de cambiar las condiciones y estructuras que los han llevado a esa situación. De esta forma nuestro culto será grato a Dios, porque será la expresión de una vida entregada a Dios en quienes son su imagen y semejanza.
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