Del libro al empleo: lo que los datos dicen

El Presidente de la República señaló en Puerto Montt: "A veces 100 millones, 500 millones para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno". Como profesora e investigadora, no puedo permanecer en silencio ante esas declaraciones. Lo hago con la convicción de quien investiga, publica y enseña, y que sabe muy bien lo que significa sostener una hipótesis en el tiempo: defenderla cuando nadie la financia, pulirla cuando los datos la contradicen, y esperar, con la paciencia que solo da el oficio, que el conocimiento se convierta en política, en aula, en vida transformada. Investigar no es escribir un libro precioso y empastarlo. Es hacerse una pregunta que incomoda y negarse a soltarla hasta que la realidad responda.

Comprendo que detrás de esa frase haya una preocupación legítima por la eficiencia del gasto público. Pero la Constitución es clara: el Estado tiene la obligación de fomentar la educación, proteger el conocimiento y garantizar el desarrollo del país. No es una opinión política ni una preferencia ideológica, es un deber legal. Un Presidente que cuestiona públicamente la investigación universitaria no está haciendo fiscalía ciudadana, está contradiciendo el mandato que juró cumplir. Sus palabras no son solo opinión, son una señal. Le dice a los(as) investigadores(as) que su trabajo no vale, a los(as) jóvenes que cursan doctorados que están perdiendo el tiempo, y a los(as) tomadores de decisiones que recortar ciencia es razonable.

El conocimiento no genera empleo en el trimestre en que se publica. Lo genera 20 años después, cuando esa investigación se convierte en tecnología, en política, en una generación mejor formada. El caso más elocuente es Corea del Sur, cuyo PIB per cápita era comparable al de Chile en 1963. La diferencia no fue el cobre -que nosotros seguimos exportando sin procesar, mientras otros fabrican los chips que mueven el mundo- sino la decisión de apostar por el conocimiento. Hoy Corea destina el 5% de su PIB a I+D, con fortalezas en semiconductores, tecnología 5G e inteligencia artificial. Chile invierte el 0,34%. No gastamos demasiado en ciencia. Llevamos décadas sin apostarle en serio.

Los datos locales también lo contradicen. Investigaciones universitarias han dado origen a empresas de tecnología médica, robótica e industria que hoy generan empleo real y verificable. Estudios de ciencias sociales han sustentado políticas laborales que cambiaron la vida de miles de jóvenes vulnerables: sin esa investigación, no habría política; sin esa política, no habría empleos. Mi propia universidad lleva décadas documentando la exclusión educativa en Chile, y ese conocimiento alimentó debates legislativos, orientó reformas y generó contrataciones en escuelas públicas de Arica a Punta Arenas. Todos llegan al mismo lugar por el mismo camino: de la hipótesis al paper, del paper a la política, de la política al empleo de una profesora en Panguipulli o en La Pintana. No es un trayecto glamoroso. Es el único que dura y el único que llega donde el mercado no llega solo.

Ahora bien, si la preocupación es genuina porque los libros en concreto generen dinero, hay una medida disponible, simple y sin costo fiscal mayor: elimine el IVA al libro. En Chile el libro tributa el mismo 19% que una salchicha o un perfume. En 1976 se gravó el conocimiento y, paradójicamente, los misiles quedaron exentos. Vale la pena detenerse en esa decisión y preguntarse qué revela sobre la jerarquía de valores que este país heredó y que, hasta hoy, ningún gobierno ha tenido la voluntad política de corregir. Los chilenos leen 5,4 libros al año; en Corea del Sur leen 11, en Francia 17. Bajar esa barrera tributaria generaría más editoriales, más librerías, más autores, más lectores y, con el tiempo, más investigadores capaces de escribir esos libros que tanto incomodan. Me pregunto qué habría respondido Paulo Freire si le hubieran dicho que los libros no generan empleo. Probablemente habría señalado que esa pregunta solo puede hacerla quien nunca ha necesitado que la educación lo libere de algo. El conocimiento no se mide en puestos de trabajo inmediatos: se mide en la calidad de las preguntas que una sociedad es capaz de hacerse.

Chile tiene cobre, tiene litio, tiene la mejor astronomía del mundo por la claridad de sus cielos, tiene miles de kilómetros de costa en el Pacífico con una biodiversidad marina que el mundo apenas empieza a valorar. Recursos naturales no nos faltan. Lo que nos falta es la decisión política de creer que lo que ocurre dentro de las universidades importa tanto como lo que sale por los puertos. Porque sin investigación científica, ese litio seguirá siendo una materia prima que otros transforman en baterías, esa costa seguirá siendo un paisaje que otros convierten en industria farmacéutica o biotecnológica, y ese cobre seguirá saliendo sin procesar mientras los países que sí apostaron por el conocimiento fabrican con él los circuitos que mueven la economía digital del siglo. Mientras eso no cambie, seguiremos siendo un país de recursos sin proyecto. Rico en materias primas, pobre en destino propio.

A no perderse. El libro precioso y empastado que hoy duerme en una biblioteca puede ser la patente industrial, la política o la empresa que Chile necesita mañana. El problema no es el libro. Es la impaciencia.