En los últimos días, dos noticias aparentemente inconexas han captado mi atención como un diagnóstico de época que nos obliga como sociedad a detenernos y reflexionar. Por un lado, la discusión sobre la presión para que los servicios de salud pública actúen como agentes de control migratorio denunciando a personas en situación irregular; por el otro, los informes globales que alertan sobre una concentración de la riqueza donde el 10% de la población mundial posee cerca del 60% de los recursos del planeta.
Ambos fenómenos, lejos de ser aislados, brotan de una misma matriz: un profundo vacío espiritual, moral y conceptual que está empujando a la humanidad hacia una despersonalización alarmante.
Frente a la intención de transformar los consultorios y hospitales en centros de delación, es imperativo valorar la postura humanista de la ministra de Salud, May Chomali, al negarse a implementar tal medida. Su decisión se alinea con las homilías del arzobispo de Santiago, Fernando Chomali, quien con fuerza recuerda que no es posible condicionar la atención médica a la presentación de un documento de identidad.
El derecho a la salud y al cuidado básico es inherente a la condición humana, independientemente de un carnet o de la regularidad de los papeles. Estas reacciones nos alertan sobre el riesgo histórico de la persecución y la delación en los espacios de cuidado como ocurría en los capítulos más oscuros de los años 30 en Europa o durante la dictadura chilena cuando el miedo transformó al vecino en perseguidor y quebró el tejido social.
Como dirigente sindical del sector de la salud pública, constato una realidad de desapego colectivo cada mañana al caminar por Santiago. Las zonas donde se concentran las personas en situación de calle -en las inmediaciones de los puentes del Mapocho, buscando subsistir de los residuos de la Vega Central o merodeando los hospitales psiquiátricos- evidencian un abandono sistémico que afecta tanto a compatriotas como a migrantes. Estos últimos, sabemos, no viajan por opción, sino expulsados por la falta de trabajo, vivienda y educación en sus países de origen, buscando la mínima posibilidad de supervivencia. Ver estos bolsones de vulnerabilidad extrema genera una profunda desazón y nos demuestra que, a pesar de los discursos de modernidad, persisten dinámicas de exclusión que creíamos superadas.
En paralelo, se nos vende globalmente la idea de que la tecnología de vanguardia y la inteligencia artificial barnizarán con democracia al mundo. Sin embargo, la realidad material nos muestra otra cosa. La tecnología actual no se está desarrollando de manera democrática, sino que responde directamente al poder económico de las familias más ricas del planeta, en algunos casos más enfocadas en construir mundos fuera de la Tierra al más puro estilo de las distopías de Aldous Huxley o Isaac Asimov.
Históricamente, los grandes saltos técnicos -desde los drones hasta las comunicaciones y los materiales cotidianos- han nacido al alero de la industria de la guerra y el control, no de la creación comunitaria. Hoy vemos con preocupación cómo la automatización y los algoritmos buscan controlarnos más que darnos libertad, reduciendo la interacción humana a la búsqueda vacía de un "corazón" o un "me gusta" en la pantalla del teléfono.
No se trata de oponerse al desarrollo de la humanidad, el cual es innegable y positivo. Se trata de advertir que, si la tecnología avanza sin un control ético ni una edición humana detrás, terminaremos aniquilando las relaciones afectivas y volviendo al ser humano esclavo de sus propias herramientas. Haciendo de la delación y la falta de empatía moneda de curso común.
Frente a este nihilismo contemporáneo y a la brutal despersonalización impulsada por el mercado, se vuelve más urgente que nunca articular una gran ola social, política y filosófica que sea un dique de humanidad. Necesitamos un punto de encuentro que congregue el humanismo cristiano, el humanismo liberal y a todos quienes, más allá de los dogmatismos ideológicos tradicionales, sitúen al ser humano en el centro. El destino de la salud pública, la dignidad de las personas (migrantes o no) y el uso ético de la tecnología son batallas que debemos dar con una justa voluntad colectiva, recuperando el afecto, el respeto y la empatía como los verdaderos pilares de un mundo más igualitario y democrático.