La tribuna y el campus

Chile tiene dos espacios donde la violencia -como herramienta de silenciamiento- se ha vuelto costumbre: los estadios de fútbol y, cada vez con más frecuencia, los campus universitarios. No es coincidencia. Es el mismo fenómeno con distinta camiseta.

El viernes 29 de mayo, la diputada Javiera Rodríguez fue empujada y rociada con agua al salir de una charla en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Semanas antes, la ministra Ximena Lincolao sufrió una agresión similar en la Universidad Austral. En ambos casos el mecanismo fue idéntico: un grupo organizado decidió que ciertas personas, por sus ideas, no tienen derecho a ocupar ese espacio.

Cualquier hincha de barra brava reconocería ese guión, el del uso de la violencia sistemática como control territorial. La tribuna popular no se defiende con argumentos: se defiende con intimidación y con la amenaza implícita de que quien entre sin permiso pagará el costo. Lo que ocurrió en la Facultad de Derecho es ese mismo modelo traducido al lenguaje universitario: la consigna en lugar del insulto, el escupitajo en lugar de la bengala. Al final la misma lógica: el campus como territorio con dueños ideológicos.

El patrón comparte tres rasgos. Primero, la coordinación previa: en ninguno de los dos episodios hubo desborde espontáneo, sino organización anticipada, igual que las barras que llegan al estadio con la violencia ya planificada. Segundo, la impunidad como condición habilitante: en el fútbol chileno los condenados son hoy un 60% menos que hace una década pese al aumento de incidentes; en los campus, la autonomía universitaria ha operado como escudo equivalente. Tercero, y más importante, la sustitución del debate por la expulsión: la barra no discute con el hincha rival, lo expulsa; el grupo que funa a una diputada no refuta sus argumentos, le impide hablar.

Ante este cuadro, el comunicado de la Universidad de Chile merece lectura atenta. Condena "categóricamente la violencia", pero agrega que no comparte "el método de la provocación (de ningún sector político)". Parece ecuánime. Su efecto real es distribuir responsabilidades simétricamente entre quien fue agredida y quienes agredieron. Es exactamente el argumento que durante décadas usaron los dirigentes del fútbol para no actuar: "Hubo provocación de ambas partes". La falsa simetría que absuelve al agresor diluyendo la culpa.

Dar una charla en un campus es una provocación intelectual -incomoda, interpela, desafía certezas- y es exactamente para lo que existe la academia. El escupitajo es violencia. Colocar ambas bajo el mismo epígrafe de "situaciones difíciles" es la misma capitulación que ha permitido a las barras bravas gobernar los estadios durante 30 años y que alejó a las familias de los estadios

Lo preocupante no es solo la violencia sino la cultura que la sostiene: la idea de que ciertas personas, por sus ideas, no merecen el mismo trato en los espacios comunes. Que hay territorios con dueños. Que la intolerancia, cuando viene del lado correcto, admite comprensión. Esa cultura no se corrige con un comunicado tibio. Se corrige diciendo lo que este no dijo: que en una universidad -como en un estadio- nadie tiene derecho a usar la violencia para silenciar a otro. Sin condicionales. Sin simetrías. Sin la coartada de la provocación.