Edgar Morin: la herencia que Chile no termina de tejer

Falleció Edgar Morin a los 104 años, y con él se apagó una de las voces que con más insistencia nos advirtió contra el error de enseñar y gobernar el mundo en pedazos. Lo expreso desde el Chile de 2026, donde su obra se leyó con devoción en las escuelas de sociología y pedagogía, pero rara vez se practicó, y donde hoy un gobierno que se define a sí mismo "de emergencia" parece decidido a hacer exactamente lo contrario de lo que el pensador francés nos enseñó.

Morin nos legó una idea muy sencilla de enunciar como difícil de habitar: el conocimiento que separa, que parcela, que enseña la lengua por un lado y la vida por otro, produce mentes incapaces de comprender un mundo donde todo está enlazado. Nos invitó a religar lo que la especialización había cortado. ¿Y qué hacemos nosotros con ese llamado? Construimos un sistema escolar que fragmenta el saber en asignaturas estancas, que mide con la PAES lo que nunca enseñó a integrar, y que ahora, en este gobierno, además, deberá hacerlo con menos recursos.

Porque conviene mirar las medidas concretas. El anuncio de recortar 3% el presupuesto de todos los ministerios no es una abstracción contable: es la tijera entrando, también, en Mineduc. Cortar parejo, sin distinguir, es lo opuesto a pensar complejo. Es tratar la educación como una línea más de una planilla, y no como la trama que sostiene todo lo demás. Y conviene ser precisa: cuando el recorte llega a la formación docente, no se ahorra un gasto, se debilita el único oficio capaz de enseñar a las próximas generaciones a leer un mundo enredado. Morin habría preguntado lo obvio: ¿Qué clase de país ahorra justamente en aquello que forma a quienes deberán resolver sus crisis?

Ahora bien, hay una segunda trama que su muerte nos obliga a mirar: la del otro. Morin habló de una Tierra-Patria mucho antes de que la palabra crisis se volviera cotidiana, y dedicó sus últimos años a advertir sobre el regreso de la vieja barbarie del odio y el desprecio. ¿Cómo no leer, a esa luz, la Política Nacional de Cierre Fronterizo, el Plan Escudo Fronterizo, el lenguaje que convierte al migrante en enemigo y a la frontera en muro? Morin no era ingenuo frente al desorden ni frente al delito. Pero habría dicho que reducir un fenómeno humano, social y planetario a un operativo policial es precisamente el error que su obra entera intentó desmontar: la ilusión de que los problemas complejos se resuelven cortándolos en pedazos manejables.

Y aquí está su crítica más filosa, la que habría hecho sin levantar la voz. Él la llamaba la ecología de la acción: toda medida, lanzada a un mundo enredado, produce efectos que escapan a quien la ordena. Una sociedad que enseña a temer al distinto, que recorta la escuela y blinda la frontera, no produce seguridad: produce una generación más fragmentada, más sola, más fácil de manipular con consensos ficticios y redes de bots. La barbarie no llega de afuera. Se incuba, lentamente, allí donde se dejó de enseñar a comprender, y germina en cada presupuesto que prefiere los muros a las aulas.

¿Qué clase de resistencia nos pide, entonces, este hombre que sobrevivió al nazismo y rompió con el estalinismo? La de no entregar nuestras infancias a un mundo que las quiere medidas, rankeadas y asustadas. La de defender una educación pública que enseñe a comprender al otro sin necesidad de derrotarlo. La de exigir que cada peso recortado a una escuela rinda cuenta del país que estamos renunciando a formar. La de recordar, en tiempos de emergencia decretada, que la urgencia suele ser la peor consejera del pensamiento.

"Dudo de la humanidad creyendo profundamente en ella", dijo poco antes de morir. Esa paradoja es, quizás, la mejor pedagogía que nos deja: la de alguien que vio lo peor del siglo y aun así apostó por nosotros. Honrarlo no será citarlo en el próximo seminario ni dedicarle el obituario de rigor. Será atrevernos a tejer la trama que este gobierno, con su tijera y sus muros, se apresura a cortar. Morin se fue. La pregunta que nos hizo -cómo aprender a vivir juntos en un mundo enredado- sigue, intacta, esperando respuesta.