En mayo, mes que inicia conmemorando nuestro esfuerzo cada día, ¿cómo puede llegar una persona a necesitar una coraza para ingresar cada día a su lugar de trabajo? Un espacio provisto de campos minados, donde se vigila con quién hablas, con quién te relacionas y qué dices. Un lugar donde llegan correos humillantes, reuniones en las que eres revictimizado, donde no te creen los malos tratos, donde banalizan tus diagnósticos médicos y donde incluso pueden ocurrir hechos graves de violencia sin consecuencias. Un lugar donde la difamación se transforma en instrumento de control y las autoridades no reaccionan de acuerdo con las leyes nacionales.
Esto ha sido ampliamente estudiado por la psicología organizacional. La investigación que no queda en libros empastados en bibliotecas y que ha permitido evidenciar distintas formas de violencia en espacios académicos y laborales. Algunas visibles, otras profundamente sutiles, ejercidas por hombres, mujeres e incluso por las propias estructuras institucionales.
Pero volvamos a la difamación. ¿Quiénes recurren a ella? Desde la literatura sobre workplace bullying, psicopatía organizacional y rasgos de la dark triad, se describe con frecuencia un patrón donde ciertas personas con rasgos manipuladores, maquiavélicos o psicopáticos identifican como amenaza a individuos altamente competentes, visibles o valorados dentro de una organización. Estas víctimas suelen destacar por su desempeño, creatividad, reconocimiento social, ética profesional o sensibilidad, generando dinámicas de envidia, competencia encubierta o necesidad de control por parte del agresor o de los agresores.
En términos simbólicos, esto podría representarse como "la amapola alta" a la víctima y la "snake" a la persona agresora. Hasta aquí, amable lectora o lector, probablemente ya haya recordado algún caso en su propia institución.
La "amapola alta" corresponde a aquella persona que sobresale: académicamente brillante, con pensamiento independiente, creatividad, compromiso ético o reconocimiento profesional. Justamente por destacar, puede transformarse en blanco de hostilidad dentro de contextos organizacionales "tóxicos". La literatura sobre acoso laboral muestra que las víctimas no necesariamente son personas débiles. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Se trata de individuos altamente capaces, autónomos y visibles, cuya presencia activa inseguridades o dinámicas competitivas patológicas en otros.
Por otro lado, la "snake" representa a quien utiliza estrategias indirectas de agresión, recurriendo a la manipulación social, campañas de desprestigio (smear campaigns), aislamiento progresivo, utilización de terceros, distorsión de información, victimización invertida y destrucción reputacional. La investigación en psicopatía laboral describe que estos perfiles suelen actuar de manera calculada y encubierta, evitando la agresión frontal cuando esta podría comprometer su imagen.
En cambio, operan mediante rumores, redes internas, simpatías interesadas con jerarquías institucionales o grupos de poder, instalando dudas sobre la víctima, erosionando lentamente su credibilidad y generando su aislamiento dentro de la organización. Sobre esto último no es necesario saber mucha matemática para ejercerlo. Es excluir del conjunto. Es dejar a una persona en un "singleton", es decir, en un conjunto de cardinalidad 1, fuera de la discusión, de las decisiones y de la participación. En resumen, fuera absolutamente de todo.
Los estudios sobre dark triad y bullying laboral muestran además que el agresor frecuentemente proyecta sus propias inseguridades en la víctima, percibe como amenaza a personas competentes y busca recuperar control mediante dominación relacional y reputacional. Una verdadera obsesión que puede durar años. En este contexto, la víctima puede comenzar a experimentar hiperalerta, ansiedad, aislamiento, retraimiento social, síntomas depresivos e incluso trauma psicológico. Dicho por psicólogos y experimentado por las víctimas.
Sin embargo, la literatura científica enfatiza que uno de los elementos más dañinos no es únicamente el ataque inicial, sino la revictimización institucional permanente: cuando las organizaciones minimizan, dilatan, invisibilizan o no responden adecuadamente frente a las denuncias. En esos casos, el daño puede profundizarse significativamente. Como sabemos, algunas víctimas incluso han llegado al suicidio. En Chile, el caso de Karin Salgado permanece dolorosamente presente en nuestra memoria colectiva y sabemos dio origen a una ley que debe fortalecerse cuando hay señales de querer debilitarla.
Desde una lectura humanitaria y provista de simbolismo, la metáfora de la "amapola alta" refleja cómo algunas personas son atacadas precisamente por florecer, brillar, sobresalir o mantener integridad en ambientes donde eso incomoda. Y la "snake" simboliza formas de agresión silenciosa y estratégica que operan desde la manipulación más que desde la confrontación abierta.
Sí, esa violencia también puede ser ejercida por mujeres. Conociendo que sororidad tiene como raíz etimológica soeur que es una palabra francesa que significa hermana, la sororidad no puede ser solamente una consigna. Se trata de hermandad, de compañerismo y debe ser una práctica ética cotidiana basada en el cuidado, la conciencia y la responsabilidad entre mujeres.