Alcoholismo, el que mata

Estaba en Chile de vacaciones cuando me estremeció la noticia que leí en los diarios y vi repetida en la TV. Era sobre el fallecimiento del que fuera entre 2004 y 2006 Gobernador del Loa, el periodista Guillermo Espíndola Correa.

Había sido encontrado muerto frente a una ferretería en la ciudad de Arica. Vivía en “situación de calle”, es decir no tenía hogar, decían los informantes que su muerte se debía al consumo de alcohol. Seguramente una gran mayoría de los que leyeron se dijeron “lo mató el vicio”.

Sí, seguramente fue así porque es la visión que tenemos la mayor parte de la comunidad sobre el consumo “excesivo” de alcohol.

Por eso quería escribir este artículo. Quería contarles que si bien es cierto que en cada rincón del planeta hay muchos hombres, mujeres y hasta adolescentes o niños que son consumidores “excesivos”, no todos son lo que llamaremos “bebedores sociales”, esos que por un cumpleaños, un funeral, un encuentro con amigos o por cualquier motivo externo empinan varias copas, hasta emborracharse. Hay otro gran porcentaje que son enfermos alcohólicos, y estoy seguro que Guillermo Espindola se encontraba entre ellos.

La OMS ha declarado que tres enfermedades son de origen desconocido,  incurables y  mortales. Esos tres males que afectan a la  humanidad son el cáncer, la diabetes y el alcoholismo.

Sí, el Alcoholismo. Según los estudiosos hay un porcentaje importante de la población mundial –se calcula que el cinco por ciento- que la padece. Ese porcentaje puede variar de un país a otro, pero esos nos son “bebedores sociales”, son enfermos que nacieron con un factor que los hace dependientes del alcohol y que nunca les abandonará. La única diferencia de esta enfermedad con las otras dos –cáncer y diabetes- es que esta es recuperable.

Eso lo descubrieron dos enfermos alcohólicos. Ya habían probado todo y se sentían derrotados. Ellos eran William Griffith Wilson y el Doctor Bob Smith, dos enfermos que un día se reunieron y descubrieron que su intercambio de dolorosas experiencias alcohólicas les permitió alejarse todos los días de la bebida. Constataron que esa comprensión de su debilidad frente a la ingesta, que entender que habían “perdido el control” al beber, que su apoyo mutuo estaba consiguiendo lo que no habían encontrado ni en la medicina, ni en la religión ni en sus propias decisiones.

Descubrieron que la “perdida de control” se producía tras la “primera copa”, ahí nacía el ansia por continuar bebiendo y eso ya no lo podían controlar voluntariamente.

Muchos médicos y científicos hoy, creen que eso tiene una raíz biológica. Habría un porcentaje de la población mundial que nace con un factor físico que lo hace dependiente del alcohol.

Eso no lo sabían Bill W y el Dr. Bob, pero si supieron que la colaboración entre dos enfermos les permitió la recuperación. Fue por ello que en ese año de 1935, en Akron, Ohio, USA, con otros enfermos, crearon un  grupo que denominaron Alcohólicos Anónimos o solo AA, donde sus miembros solo se conocen por su nombre, Bill, Bob, Miguel o Juan. Como premisa básica propusieron decir todos los días “no a la primera copa”.  

La esposa de Bill, que había padecido la enfermedad de su marido y seguido atentamente  lo que hacía Bill y Bob, se dio cuenta que la familia del enfermo también necesitaba apoyo, para cada uno de ellos y para poder ayudar el enfermo. Entonces creo Al-Anon con ese objetivo. Habían nacido los dos caminos que permiten la recuperación del enfermo.

El Time Magazine, años más tarde incluyó a Bill entre los 20 primeros héroes e iconos del siglo pasado que dan ejemplo de "coraje, autodominio, exuberancia, habilidad sobrehumana y gracia maravillosa", por esos doce pasos de AA que se inician con “admito que soy impotente ante el alcohol, que mi vida se ha vuelto ingobernable” que empujan a la salvación.

Una verdad dramática

Fui parte –como jefe de prensa- de una asociación médica que se dedicaba a trabajar con alcohólicos. Dos eminentes psiquiatras biólogos argentinos la encabezaban, los doctores Rodríguez Casanova y Rozados –ambos fallecidos- que junto a sus colegas de la Asociación trabajaban derivando a los pacientes a los grupos de AA.

Esta enfermedad es una verdad dramática que la comunidad ignora y también la mayoría de los médicos, por eso me pareció que la triste muerte de Guillermo en Arica era importante para que muchos sepan que de seguro era un enfermo y que no recibió el trato adecuado para seguir el camino correcto. Ni él ni su familia. La esposa Carolina declaró a algún medio que Espindola “era un hombre brillante, fue el alcohol el que lo echo a perder”. Quizá si hubiera llegado a Al-Anon al menos habría sabido que  “su enfermedad lo mató”.

Les puedo contar mil casos que he conocido en estos cuarenta años que estoy relacionado con el tema. Por ejemplo el de una mujer, fotógrafa de profesión, que inició su carrera alcohólica en su niñez cuando tenía 7 u 8 años y le robaba vino su abuelo. Nunca más se pudo detener hasta que llegó a AA.

Recuerdo otro enfermo que era conductor de un tren en Mendoza, que además de pasajeros llevaba grandes carros transportando vino. El tren descarriló y él se sintió tentado a probar el vino. Estuvieron una semana con el tren en el lugar del accidente.

Conocí en un grupo de AA a una mujer que era arquitecta y que estaba en una carrera alcohólica desatada. En las noches en su casa, cuando no había trago, tomaba perfumes.

En una oportunidad debieron internarla en un hospital para que le hicieran lavados para evitar la intoxicación. Después de eso la pusieron en Terapia Intensiva, pero de AA. Acudía a los grupos al mediodía, en la tarde y en la noche. Logró su recuperación y llegó a ser la primera mujer decana de arquitectura en la más importante Universidad de América del Sur.

En el Hospital Borda, el psiquiátrico de Buenos Aires, había un grupo de AA, donde acudían muchos internados que además tenían males mentales. Ahí el problema era el personal auxiliar o inferior del nosocomio que internaba licores y vino para sacarles dinero. Recuerdo que el Dr. Rozados, que era el jefe de Sico neuroendocrinología, luchaba contra ese comercio criminal y que muchos de los hombres del grupo iniciaron en buena forma su recuperación del alcoholismo.

Sobre el tema médico, hace muchos años atrás en víspera de Navidad en Mendoza, cuando visitaba un grupo de Alcohólicos Anónimos durante una reunión, un muchacho contaba que su doctor le había recomendado el uso de barbitúricos como elemento útil para su tranquilidad y alejamiento de la bebida. Cuando yo le dije que muy pocos médicos sabían sobre alcoholismo, que lo que le habían recetado era perjudicial para él, agregando que le podía dar el nombre de algún médico de su ciudad que sí supiera, vi que la coordinadora del grupo, una señora ya de unos cincuenta años, se anotaba para responder.

Me imaginé que me iba a preguntar que quien era yo para hablar así de los médicos.Cuando le tocó el turno, ella dirigió sus ojos a mí y dijo algo así “ustedes me conocen, indicó mirando a los participantes de la reunión, por eso quiero hablar sobre lo que señaló Federico. Saben que soy médico y les aseguro que si no hubiera encontrado a AA aún estaría chupando, tiene razón cuando dice que no sabemos de alcoholismo”.

El camino a recorrer

Sin lugar a dudas el camino es el que fijaron en 1935 Bill y Dr. Bob, Alcohólicos Anónimos, y todo el aporte que hace cada enfermo que forma el grupo para que los otros logren cada día decir no “a la primera copa”, manteniendo diariamente ese compromiso consigo mismo que le permite vencer su enfermedad. Es verdad, no la elimina, pero si la puede dejar algo arrinconada “en un cajón de recuerdos” ya que nunca debe olvidar que la padece.

También debemos aprender a no dejarnos engañar por voladores de luces que dicen que te sanará casi “mágicamente”. Había un famoso jugador de River Plate que hizo un de esos tratamientos en Chile, pero nunca logro su recuperación.

Haciendo un taller sobre alcoholismo en una seccional policial les decíamos “una persona que está muy pobre va por la calle, hace varios días que no come y se desmaya de hambre. El policía llama a una ambulancia y lo deriva a un hospital. Va otro a los tropezones, su ebriedad es manifiesta y el mismo policía llama un furgón, lo sube a él y va a un calabozo”. Mientras la víctima del hambre y de la injusticia social tiene un trato adecuado a su estado, aquel enfermo que padece una dolencia mortal va a una celda.

Todos, absolutamente todos, sobre todo en esta región,  necesitamos  saber de la diferencia entre “bebedores sociales” y sus borracheras y los enfermos que mueren,  como en Arica Guillermo Espíndola. Esos enfermos que abundan en el mundo y que no hemos descubierto. Debemos saber que hay diferencias entre unos y otros.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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