Género no es "un factor", es la fuerza que permea la salud de las mujeres

Coescrita con Janet González Müller y Jovita Ortiz Contreras, académicas del Departamento de Promoción de la Salud de la Mujer y el Recién Nacido, Facultad de Medicina U. de Chile

Género no es "un factor": es la fuerza que permea la salud de las mujeres. Decirlo así puede parecer enfático, pero en realidad es una forma más precisa de entender cómo se producen las desigualdades en salud. Y esa diferencia importa. Porque cuando el género se reduce a una variable más, se pierde de vista que su efecto no aparece solo en un momento puntual, sino a lo largo de todo el curso de vida.

Esto se observa con especial nitidez en la maternidad, pero su alcance no se agota allí. La salud de las mujeres se juega a lo largo de todo el curso de vida, desde antes de la gestación y hasta mucho después del parto. Se construye en la infancia, la adolescencia, la vida sexual, la vida reproductiva y la vejez, y también, se ve determinada por el contexto y desarrollo social como, el acceso al trabajo, la distribución del tiempo, la carga de cuidados y la manera en que las instituciones responden -o no responden- a sus necesidades.

En este punto, resulta útil analizar el trabajo de Joao Paulo Souza, investigador reconocido por sus aportes al estudio de la transición obstétrica y la mortalidad materna. Souza ha mostrado que, a medida que los países mejoran sus indicadores, el riesgo no desaparece, sino que cambia de forma y se vuelve más complejo. En su análisis más reciente, propone mirar la salud materna desde los "superdeterminantes": fuerzas amplias -sociales, económicas, políticas y culturales- que moldean la salud de la mujer, con especial énfasis en el impacto de la mortalidad materna.

Ese marco es especialmente útil para Chile, que se encuentra en la cuarta etapa de la transición obstétrica: un escenario con buenos indicadores maternos y perinatales -según esa categoría-, pero donde persisten desigualdades menos visibles y más estructurales. Y es precisamente ahí donde nosotras, como académicas e investigadoras, proponemos dar un paso más allá: el género no debería quedar encasillado como una capa dentro de esos "superdeterminantes". En realidad, los atraviesa todos. Es decir, el género permea todos los niveles de esa arquitectura.

Atraviesa la norma cultural que convierte el cuidado en deber femenino, la economía que castiga la maternidad con menor autonomía y mayor precariedad, la política que vuelve negociables los derechos sexuales y reproductivos y la experiencia clínica concreta, donde muchas veces el dolor o el malestar de las mujeres siguen siendo relativizado e invisibilizados.

Por eso, más que un determinante aislado, el género funciona como una lógica que organiza toda la cascada del riesgo y permea en todo el curso de vida. La maternidad es un ejemplo muy visible de ello, pero no el único. Estas brechas pueden perpetuarse y agravarse en grupos históricamente más vulnerables, como adolescentes, mujeres migrantes, mujeres indígenas y quienes viven en contextos de mayor pobreza o exclusión.

Hablar de salud de las mujeres, entonces, no puede reducirse a una agenda de marzo ni a una suma de efemérides. En el actual escenario político y cambio de gobierno, la pregunta es ¿cómo se protegerán la salud sexual y reproductiva, la salud materna, los cuidados y los derechos de las mujeres, sin abrir nuevas brechas sobre desigualdades ya existentes?

Si esa prioridad quiere ser real y no sólo discursiva, entonces hablar de salud de las mujeres exige algo más que reconocimiento simbólico. Exige revisar cómo operan las relaciones de poder en lo cultural, lo económico, lo político, lo institucional y lo sanitario. Porque el género no es "un factor": es la fuerza que permea la salud de las mujeres en todo su curso de vida.

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