Es lógico que hoy miremos con preocupación los conflictos geopolíticos internacionales, como las tensiones entre potencias como Estados Unidos, Israel e Irán. Sin embargo, mientras nuestra atención se concentra en las noticias sobre armamento y valor del petróleo, se olvida otra amenaza que tiene la misma capacidad de paralizar al mundo: las pandemias.
En ese contexto existe otra batalla que no se está dando con ejércitos, sino en las oficinas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Ginebra. Entre el 27 de abril y el 1 de mayo de este 2026, los países miembros de la OMS tienen su última oportunidad programada para ponerse de acuerdo en el Anexo PABS, es decir, sobre las reglas del juego que definirán cómo vamos a compartir vacunas, tratamientos y datos genéticos cuando aparezca el próximo virus. Este acuerdo se votará finalmente en mayo, y lo que se decide ahí es de puro sentido común, pero profundamente ético: ¿Quién se salva en la próxima pandemia? ¿Será un tema de salud pública o dependerá del tamaño de nuestra billetera?
Parece que tenemos mala memoria. Hace apenas seis años, el Covid-19 dejó cerca de 15 millones de muertos a nivel global. Solo en Chile, perdimos a más de 18 mil personas en 2020, convirtiéndose en la principal causa de muerte ese año. Pero la lección más dura fue la enorme desigualdad que vimos en 2021, donde los países ricos, que son apenas el 16% del mundo, acapararon el 70% de las vacunas. Mientras tanto, en América Latina tenía la triste cifra del 30% de los muertos con sólo el 8% de la población mundial.
En lugar de asegurar que esto no vuelva a pasar, estamos a punto de tropezar con la misma piedra. Más de 80 países en desarrollo están pidiendo algo básico, que las reglas de reparto y acceso equitativo sean obligatorias. Pero la Unión Europea está empujando un modelo donde la industria farmacéutica actuaría de forma "voluntaria". Proponen que, en plena crisis, los laboratorios destinen apenas 20% de su producción, donando solo la mitad de eso y vendiendo el resto comercialmente. Dejar nuestra salud global a la buena voluntad del mercado es la receta perfecta para repetir el desastre.
América Latina no está pidiendo caridad. Nuestros países comparten constantemente datos científicos y muestras epidemiológicas que son vitales para crear esas mismas vacunas. Lo mínimo es que haya reciprocidad. Si algo aprendimos de la pandemia es que ningún país puede enfrentar solo una emergencia sanitaria global. La cooperación internacional es clave, pero también lo es garantizar que el acceso a vacunas y tratamientos no dependa únicamente del poder de compra. Inmunizar a un solo país no sirve de nada si el virus sigue mutando al lado.
La próxima pandemia va a llegar. Y eso no es una posibilidad remota, sino una certeza. La pregunta es si de verdad aprendimos algo o si, cuando llegue el momento, vamos a dejar que el poder de compra decida otra vez quién tiene derecho a vivir.