Pura ficción, pero que no se entere la OCDE

 “Lo estamos pasando muy bien, eah, eah, oh!”  (Los Prisioneros)

Supongamos que paso de los 45 años de edad, estoy felizmente casado y tengo cuatro hijos, la más pequeña no hace mucho destetada. Agreguemos que soy técnico pesquero, trabajo en un laboratorio veterinario especializado en análisis marinos, y que las expresiones marea roja, virus ISA y muestra por contraste no me son desconocidas. Localicemos esta historia en el sur de Chile, esa bella parte de nuestra geografía a la que muchos de nosotros peregrinamos cada verano atraídos por su verde permanente y esa extraña promesa, siempre cumplida, de buena mesa e inigualable buen trato. Supongamos que aunque llueva, tal como dice el refrán, el cielo no se nubla y cada mañana no únicamente sale el sol sino, generoso, nos acompaña al trabajo y trae de vuelta al hogar. Una maravilla.

Imaginemos, entonces, que el mundo es bello y el vaso no solo está medio lleno sino es objeto de sistemático brindis, celebraciones y otros brotes de humor afines a su alegre tintinear y nada metafórico chorreo. O que los pajaritos cantan y que acá, como se trata de una suposición, no hay vieja alguna que, amargada, tenga que levantarse a hacerlos callar ni cuento infantil que, curiosidades del género, lo celebre como un acierto.

¿Se podría pedir más?

Ahora supongamos que un buen día –un mal día, en rigor–, me levanto con fuertes dolores en la espalda y los analgésicos que gentilmente me ofrece mi madre (y más solícita trae mi señora), progresivamente pierden su efecto y, sin excusa ya, me animo a pedir hora y consultar con un especialista.

Imaginemos que el diagnóstico se demora (qué raro), los facultativos llaman a otros facultativos (más extraño aun), los medicamentos suben de gramaje y valor (imposible), y que el tratamiento, además de demandar reposo, exige una primera licencia, luego otra y otra más (¡qué miedo!).

Supongamos que debo hacerme una resonancia magnética de columna lumbar y que, siguiendo con la suposición, no hay modo de hacerlo en el sur patrio porque el precio es prohibitivo y de los 51 días de licencia extrañamente solo se me pagan 21 (¿dije que se trataba solo de una suposición?).

Pues bien, supongamos que el examen finalmente se lleva a cabo en Santiago y que su costo, aunque no parezca creíble, es igual a cero, lo mismo que la información disponible para que alguien con cotizaciones de salud al día se pueda enterar y haga uso de su invisible y más que bienvenida oferta. ¡Uf!

Así que supongamos que la información estuvo, el examen pudo concretarse y el horizonte de recuperación, obscurecido por la ficción que antecede, nuevamente volvió a su creíble y pigmentado color rosa a pesar de la existencia de tres hernias discales, una discopatía degenerativa dorsal y lumbar multisegmentaria, y un muy doloroso cuadro de espondiloartrosis también lumbar.

Y que entonces, con diagnóstico médico en la mano, mi buen jefe y su dedicado director de personal, preocupados de la recuperación de su empleado, deciden despedirme porque, tal como dijo uno y el otro asintió, “lo primero es la salud”. Qué ironía.

Pero como esto es solo una suposición y cualquier coincidencia con la vida real no es más que pura casualidad, digamos que ello podría haber sucedido un día lunes, el mismo día en que regreso al trabajo sin cobertura de licencia porque, con semejante distorsión en mis ingresos, me niego a conseguir otra sin la seguridad de que su equivalente económico me sea devuelto. Un error. Un error, claro, si es que ello fuese verdad y lo que se dice acá hubiese sucedido.

¿Porque podría ser posible que algo así fuese real? ¿Podría serlo en un país que se encuentra discutiendo una reforma laboral movido por una honda preocupación por sus trabajadores y un más que irrestricto y probado sentido de igualdad ante la ley?

¿O en un país que está orgulloso de sus índices de empleo y seguridad social?¿Un país donde los que tienen más tributan más y los que tienen menos no tributan o lo hacen en menor medida?

¿Sería posible si vamos en franca dirección al desarrollo y la apuesta por un país más solidario es tan clara al final de ese camino que nadie tiene necesidad de levantar la voz, marchar por las calles o querer un nuevo trato en la materia que sea?

¿Sería posible si somos ejemplo en nuestro continente y el sistema de AFPs e Isapres, por mencionar dos de nuestras más sólidas invenciones, son objeto de emulación en otros países?¿Lo sería? ¿Podría serlo?

No, claro que no. Imposible.

Pero como ya se dijo, esto es solo una suposición y las cosas que aquí se dicen, todas, o casi todas, no son más que ficción, pura y terrible ficción.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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