Fiscalización

Muy de madrugada, Luchito bajó de la montaña para presentarse ante las autoridades fiscalizadoras que estaban a unas cuantas horas de su ruco. Hacía frío, el otoño esa mañana lo acompañaba con una densa niebla húmeda que le mojaba el rostro y el poco abrigo que llevaba. Él, algo inclinado, hacia adelante, con sus ojos mirando al suelo para evitar la humedad en los cristales de sus anteojos. Era ya la cuarta vez que recorría el mismo camino. Las 3 anteriores había vuelto frustrado y desanimado. Sus viajes fueron en vano. Los fiscalizadores, con su feo uniforme verde oscuro, a cargo del control de los beneficios extra carcelarios, no lo atendieron. Con muy pobres excusas y una burocracia exasperante lo despedían para citarlo nuevamente.

No faltaban las actitudes amenazantes, exigiéndole con severidad su regreso. La pérdida de su tiempo, dinero y riesgo de quedar sin trabajo, nada importaba. Había sido contratado en el único campo algodonero del pueblo. Su dueño, don Fermín, hombre de buen talante y comprensivo; ocupaba a cuántos se lo pedían y particularmente a quienes habían tenido algún infortunio en su camino. Felizmente, la paciencia le sobraba. Los desatinos provocados por los ineptos fiscalizadores y la constante salida de sus trabajadores en hora laboral no lo inquietaban. Héroes anónimos que hacen posible que las virtudes y la esperanza no se extingan.

El desdén de esos malos servidores públicos, o mejor dicho abusadores públicos, su indiferencia, el maltrato, agresión y el horror de ser sólo un número; la indignidad en el trato, junto a no ser atendido en sus demandas, encendía en la víctima, soterradamente, la chispa de la violencia, venganza y crueldad. Luchito empezaba a sentirlo y cada vez más potente y desgarrador, invadiendo todo su ser.

Había en la colina del pueblito de los fiscalizadores incompetentes una pequeña iglesia que se veía de lejos por estar pintada de un color rojo intenso. El sacerdote, anodino y confundiendo el temor que lo paralizaba con la humildad, estaba cada vez más lejano y ausente ante el clamor de un pueblo desesperado.

Y así, en un instante cualquiera, como cuando la noche avanza y se hace más silenciosa; la sociedad de los cansados y provocados no pudo más y semejante a una avalancha que todo lo destruye a su paso; el fuego estalló e iluminó el cielo como no se había visto antes. Las llamas lo aniquilaron todo. Durante muchos días dominó en el aire el olor a muerte y cenizas. La estructura perversa construida en la complicidad de una sociedad cobarde; fue destruida y sepultada para siempre.

¡Cuántas lágrimas y sufrimiento se evitarían actuando a tiempo!

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