La guinda de la torta

A la celebración de la Independencia de Chile en su 204 Aniversario, se nos unen una serie de manifestaciones, tradiciones populares, que nos identifican como país, diferenciándonos del resto del mundo.

Me refiero específicamente al izamiento en cada hogar de la bandera chilena, símbolo patrio de unidad nacional. Qué emocionante es ver en las calles, barrios y comunas, a lo largo y ancho de nuestra angosta faja, el emblema tricolor flameando al viento con una belleza inigualable.

Efectivamente la blanca, azul y roja y su estrella solitaria pareciera iluminarnos más allá del infinito.Claras muestras de valentía han dado nuestros compatriotas en distintas épocas de la vida republicana y libertaria para defenderla con honor y gloria, hasta dar la vida si fuera necesario.

No existe epopeya alguna donde la tricolor no esté presente, la imagen que vimos todos en el desastre del último terremoto y su posterior tsunami, en Dichato entre las ruinas apareció un damnificado enarbolándola como si aferrándose a ella, se acabara el dolor y la desesperanza.

La desgracia que conmovió al país entero, hasta la medula de sus raíces, cuando treinta y tres mineros quedaron atrapados, por 70 días en las obscuridades profundas de las fauces de la tierra, nos consternó a todos por igual como si el hilo de sus vidas dependiera de cada uno de nosotros.

Durante el milagroso rescate, uno a uno fueron emergiendo a la superficie. La fatiga, desesperanza y el consabido sufrimiento estaba marcado en cada rostro, al suponer que podían no ver nunca más la luz del sol, uno de ellos, trajo consigo una hermosa bandera chilena, como gran manto protector para todos ,como señal de fortaleza y valentía.

Qué escena tan llena de emoción y verdadero patriotismo. Nace del corazón mismo del ser humano agradecido de volver a la vida, gracias a la generosidad anónima de tantos que a pesar de nuestras propias limitaciones somos capaces de eso y mucho, pero mucho más.

Más aun cuando celebramos por varios días las Fiestas Patrias, con empanadas y vino tinto, asados y chicha rapelina, ramadas, juegos costumbristas, cuecas típicas de cada zona, el folklore tradicional aparece por arte de magia en cada rincón de esta maravillosa patria nuestra.

El pueblo se vuelca a presenciar la famosa Parada Militar, para ver desfilar a los gallardos soldados con sus mejores tenidas, que a muchas quinceañeras, arrancan suspiros de furtivos amores. El Te Deum en la Catedral es una acción de Gracias por los frutos que Dios nos regala con abundancia, a pesar de las desgracias que nos trae consigo, la Madre Naturaleza.

Nada impide volver a la memoria, recuerdos de infancia feliz, de familias emparentadas entre sí, de vecinos y vecinas, que compartían generosamente lo que poco o mucho que tenían, ese es Chile, de un pasado no tan lejano, a la vuelta de la esquina, donde el compadre se abrazaba con la comadre, después de tres infaltables pies de cueca, levantando la copa, para hacer salud por cualquier motivo válido o no.

Entonces, ella, la reina, vuelve aparecer en la plenitud de su majestuosidad, flameando al viento, con su pureza sin mancha, para recordarnos si verdaderamente la estamos honrando como Nación, como se merece, respetando y protegiendo a sus hijos, a todos por igual, sin odiosas discriminaciones, que últimamente nos dividen, separándonos nuevamente entre buenos y malos, amigos y enemigos, sin aprender la lección que nos marcó a fuego en el pasado reciente, como herencia de la dictadura.

Es cierto, ya no somos colonos de la España que arrasó con los pueblos nativos, sus riquezas y costumbres de Chile y gran parte de América Latina, con 204 años de Independencia aun no podemos decir que existe justicia para los mapuches y todas las etnias que fueron cruelmente asesinadas y arrinconadas para usurparles las tierras de sus ancestros.

Humillante es que un país que alcanza 20.000 US. per cápita, no pueda dar una salud digna a sus ciudadanos y ciudadanas, donde año tras año, mujeres, ancianos y niños, si no tienen recursos, se ven en la triste condición de hacer colas interminables, para conseguir una atención médica o una cama que le permita una oportuna intervención quirúrgica.

Ignominioso que los jóvenes estudiantes de liceos y universidades demanden del Gobierno de turno una educación igualitaria e inclusiva, que no segregue, de calidad para todos, que el factor de la raza, color o condición socioeconómica no sea impedimento para estudiar.

La educación no es un bien transable en el mercado, es un derecho social que el Estado tiene que proveer. Devolver la dignidad y el respeto a los profesores, privilegiando la educación pública, es una tarea urgente que debe comprometernos a todos, sin excepción alguna.

Vil por decir lo menos, las pensiones miserables que reciben nuestros jubilados, con el triste célebre sistema de las AFP. Después de entregar toda una vida laboral para recibir al fin, un dinero que no alcanza ni siquiera para comprar los medicamentos necesarios durante su vejez, qué injusticia se ha cometido con el sector pasivo, una vergüenza nacional que no tiene nombre, o si lo tiene es robo descarado.

Perverso, aquellos empresarios de los grandes consorcios, agrupados en distintas redes familiares, que utilizando los fondos previsionales de los trabajadores, los estafen: el caso Cascada, el caso Chispa, el caso La Polar, el caso Inverlink, el caso Cencosud, que “no les sale ni por curao” , salvo una míseras multas, pero de cárcel eso sí que es chiste.

La guinda de la torta se la llevan los descriteriados que han puestos artefactos explosivos causando daño a víctimas inocentes. Por suerte tres de ellos han sido arrestados. A buena hora porque tenían en jaque mate a las policías y a los órganos de seguridad e inteligencia.

¿O será que la Bandera chilena representa el desastre de las eternas desigualdades en nuestra patria?Chile un país que quiere vivir y trabajar en paz, ¿o es mucho pedir?

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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