Los mayores, enfermedad y muerte

En medio de esta primavera, que no se afirma, pasa el tiempo para todos y este  no perdona. Cobra vidas de familiares, empiezan a morir, se cuentan tres o cuatro fallecidos en al menos los dos últimos años. Caen enfermos en clínicas u hospitales. Las clínicas funcionan como fachadas de hoteles y los hospitales como espacio común gratis o pensionado.

El tiempo es irrevocable. Pasa y se acumula, te muestra que te estás pareciendo a tus padres, a tu abuela que no quiere morir, que es inmortal y que a veces en algún atisbo de lucidez lanza frases brillantes.

Al ver a una persona mayor no hace más que mostrarme que para allá voy, viviendo en la fe de los creyentes que da una luz al final de todos los días  y las noches de susto que a veces se siente cuando la muerte se avecina. Mi padre casi se murió este año y esta historia, mi historia no está lejos de parecerse a otras historias de gente en tercera edad.

Esperar una ambulancia y no saber qué va a pasar, pensar en todo lo que como hija no hice a tiempo por no saber. Hay veces en que la gente o las familias se unen en desgracia, otras veces ocurre lo contrario, una enfermedad puede dar molestias y no todos se adecuan ante lo difícil, algunos mandan buenos deseos desde lejos, eso no sirve para nada, cuando en realidad se está necesitando de todo.

Cuando se pasan estos sustos no hay muchas alternativas, es como si la vida te tomara e hiciera contigo lo que quiera, no hay control, hay fe y fuerza y familiares solidarios.

Lo más maravilloso en una aparición de una enfermedad de porquería es saber que mi padre no se murió. No era su hora. Y lo más increíble en medio de esta vorágine es descubrirlo mirándome con cara de niño, quizás creyendo que algo está haciendo mal.

Yo me descubrí en esos ojitos de uva, de dónde había salido yo hace más de treinta años para pensar en Ceratti y saber que si te llevo es para que me lleves pa, es imposible para mí dejarte solo.

De esta experiencia respeto más a  la tercera edad, quizás de antes ya lo hacía.

Respeto más mi propia vida, quizás ya no me fijo en las pequeñeces que me fijaba antes. Puede parecer bonachón mi mensaje, pero los mayores necesitan más atenciones, son de mucho cuidado, además ellos intentan demostrar que pueden seguir haciendo todo igual como en su vida adulta, tratan de seguir siendo independientes, pero en muchos ámbitos no logran hacerlo.

Escribo esto para todos esos mayores que andan merodeando, medio aburridos en miseria, con escasez de comodidades, buscando comidas finalizadas las ferias de barrio, con el resentimiento de siempre marcado en su piel y en las huellas de sus décadas. Pienso en la gente que cuida a un familiar enfermo, por años algunos.

Cuando se viven estos contextos todo pasa a moverse por otra necesidad, ya no piensas sólo en tu vida o en las cosas que tienes que hacer, incluso tus sueños pueden quedar congelados.

Pienso en la muerte y en realidad no le temo, mientras vivamos en el recuerdo de alguien seguiremos existiendo.

Porque la muerte es simplemente soltar el aliento.

Es dejar de respirar. No más aire. No más vida. No más realidad.

La muerte es algo como dejarse. Como irse. Como reventar a la nada.

Ya no ver el propio imaginario. Ya no imaginarse. Solo pasas a ser una materia disuelta.

Así veo la muerte. Como un paso a otro estado. Como un alma que vuela hacia otro sitio. Un sitio impensado.

Impensado hasta que pasa.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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