Más allá de Baquedano

Pareciera ser que, por todas partes, emerge un cuestionamiento a la historia oficial, esa aprendida de memoria, casi como un poema, desde los primeros años de escolaridad hasta los últimos. Esa historia oficial que nos habla de las múltiples y triunfantes gestas patrias que llenan de orgullo el "ser nacional". No obstante, esa historia oficial también omite, borra o silencia otras muchas historias, miles de colores y rostros anónimos van quedando perdidos, páginas tras páginas, en esa historia que pasa (a veces) muy arriba de donde habitan los sin nombres.

Ese cuestionamiento fabuloso (puesto que viene a poner el acento en la construcción identitaria como pueblo) se ha ido materializando en distintos puntos del país, pero también del mundo, con la intervención de monumentos, que hacen mención a grandes personajes (casi todos hombres) de la historia. Y uso aquí, de manera intencional, el término "pueblo", con la intensión de reposicionar el concepto. Esto, ya que en los primeros años de vida independiente (para el caso de Chile), aquí y allá, se hablaba del "pueblo": el "pueblo soberano", el "pueblo independiente", el poder "en manos del pueblo", etc., entendiendo por éste a las altas autoridades de las elites, que dirigían los destinos (o intentaban hacerlo) del naciente país libre y soberano.

Quedaba entonces, en un rol muy marginal, la gran "masa" de población que existía en esos primeros años de vida independiente. El bajo pueblo, la plebe, o, simplemente, la chusma, no tenía lugar en lo que se entendía por pueblo. Por lo tanto, ellos engrosaban lo que se conoce como el bajo pueblo. Bajo pueblo que veía las pugnas inter/intra oligárquicas desde bastante distancia, sin importarles mayormente esos entuertos.

Así por ejemplo lo deja ver el maestro Julio Pinto, al citar a Barros Arana, cuando señala que "el regimiento de milicias de caballería de la Princesa, se apostó sobre la Cañada, para cortar toda comunicación entre el centro de la ciudad y los barrios del sur, que habitaba una numerosa y apretada población de gente pobre, más o menos turbulenta [...] las milicias de infantería denominadas Regimiento del Rey, se situaron sobre la Plaza de Armas, haciendo retirarse al lado del cerro Santa Lucía al populacho que se acercaba por el lado oriental de la ciudad". Una cita interesante que permite desnudar la relación del Pueblo con Bajo Pueblo o Populacho.

Ese populacho rebelde y harapiento nunca tuvo espacios dentro de la noción de "Pueblo" que se amasaba desde la nobleza criolla del siglo XIX. Por el contrario, siempre se le excluyó y se le trató como entes sin importancia, que sólo había que hacerlos trabajar los campos o las minas de quienes entraban, por la puerta grande, a la política nacional. Solo pudo ser "dominado", una vez que entran en escena los discursos nacionalistas/patriotas de finales del siglo XIX (aunque no sin fricciones) con toda su carga simbólica de ritos/fiestas y fechas conmemorativas. Así lo deja ver claramente Paulina Peralta, cuando sentencia, "la fiesta nacional fue analizada como un instrumento capaz de hacer nación desde arriba, vale decir, desde los grupos dirigentes", todo esto, bajo la lógica de la invención de la "chilenidad".

Ese bajo pueblo nunca tuvo ni ha tenido monumentos (muchos dirán a voz alzada que la Plaza del Roto Chileno en plaza Yungay es un monumento a ese bajo pueblo, aunque su figura responda más a cánones europeos), como si los ha tenido (y los sigue teniendo), las elites y sus descendientes.

Entonces ¿qué hay detrás del cuestionamiento a los monumentos nacionales? ¿sólo vandalismo o hay una ruptura más profunda? Aclaro, de inmediato, que este breve escrito está lejos de ser una apología anti-estatuas, sino que más bien, se inserta dentro de un debate histórico-patrimonial que se viene dando en distintas partes. Por ejemplo, en EE.UU., luego del vil asesinato de George Floyd, fueron varias las estatuas derribadas o mutiladas, por ser, según los manifestantes, representaciones de una visión de mundo excluyente y autoritaria.

Así también la estatua de Cristobal Colón fue decapitada, otra de Edward Colston, arrancada de cuajo y lanzada al río en la ciudad británica de Bristol; en Liverpool, la universidad de esa ciudad, rebautizará un edificio por llevar de nombre Williams Gladstone, un ex primer ministro ligado a la trata de esclavos,.

En fin, este asunto está lejos de ser solo local, sino que más bien, responde a un cuestionamiento global de cómo se ha construido aquello que se denomina "identidad nacional", identidad que muchas veces, responde solo a los modelos construidos desde un sector de la sociedad, que ha ido dejando excluidos al gran grueso de la población. Por lo tanto, y para el caso chileno, lo que puede estar ocurriendo tras este fenómeno de cuestionar, o derribar algunos monumentos íconos de esa construcción excluyente de la identidad nacional, es que el pueblo (excluido) está pujando para correr el cerco, está presionando para que se expandan las ideas que hay tras la "identidad nacional" y hablar de una vez por todas de identidades.

Esto, va en la línea de lo ocurrido tras la revuelta de octubre de 2019 (que claramente viene desde mucho antes de esa fecha), un cuestionamiento profundo, que debe ser constructivo, en torno a la idea de nación y sus identidades. En suma, lo que se clama por todas partes y en todas las voces, es, como lo adelantó Illapu: "Más justicia, menos monumentos".

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