Navidad o la nostalgia por volver a la inocencia

Ante una sociedad sumida en la desconfianza, donde campean las más feroces voracidades, no son pocos los que reclaman recobrar un supuesto verdadero sentido de la Navidad.

Claro, irrita sí, que quienes lo hagan sean las grandes tiendas, el discurso omnipresente de la publicidad, que con una mano nos muestra una versión mítica y familiar de estas fiestas, y por otra, el desenfreno de una celebración donde el consumo y el consumismo son la tónica.

Más allá de su origen antropológico vinculado a los ciclos solsticiales, a las épocas de siembra y cosecha surgidos en el neolítico, o el sentido cristiano que recompone mucho de la tradición zoroástrica, la Navidad como hoy la conocemos es un constructo multidimensional relacionado fuertemente con el marketing que ha sabido asociar esa serie de leyendas religiosas o gnósticas de las más variadas épocas, con una estética literaria y cinematográfica con sabor a Charles Dickens y Coca Cola.

A la fiesta Navidad la podríamos analizar desde la hibridez cultural donde se confunden pasajes bíblicos asociados al nacimiento de Jesucristo, tradiciones nórdicas, nevados paisajes urbanos de la Gran Manzana y conceptos universales de paz, amor, fraternidad, y reencuentro de la familia, acaso dividida y tensionada el resto del año por los egoísmos, estreses y odiosidades propias de los tiempos de esta sociedad sumida en la desconfianza.

Los más religiosos ven en la fiesta un llamado a la sencillez del pesebre, la mansedumbre del hijo de Dios, que viene a salvar a la humanidad de todos sus males; la música, la imagen emotiva de una familia pobre reunida en torno al recién nacido, como símbolo de una nueva esperanza.

El comercio, a pesar de sus monsergas moralistas y sentimentalismo edulcorado, espera finalmente las fechas para aumentar sus ventas, cumplir sus metas, liquidar las ofertas y preparar el negocio del verano.

Dejémonos de cosas, al retail le interesa un bledo la iconografía de sus vitrinas y el sentido amoroso de sus comerciales, les interesa vender, vender mucho, vender todo, ojalá a crédito, renovar los celulares servibles, cambiar el ropero, instalar un televisor más grande en el living de la casa, atiborrar a los cabros chicos con juguetes chinos que en dos días estarán botados en cualquier rincón de la sala.

Sin embargo, para ateos y creyentes, comerciantes o clientes, obreros y empresarios, pueblo y gobernantes, esta fecha es algo especial.

En todas las casas podemos ver tras las cortinas las luces de un arbolito de pascua lleno de bolas brillantes y challa y flecos de colores y largos metros de lucecitas enrolladas entre las plásticas hojas de la conífera, o uno minimalista como señal inequívoca de una voluntad.

Allí se convocan los espíritus para hacer un guiño, un saludo, un mensaje, una sonrisa, incluso a los adversarios o al indiferente; se esmeran por la preparación de un plato singular, que puede no ser un pavo al horno, ni un mousse de sabor tan especial, pero en cada mesa, incluso en las de los más pobres o escépticos, se reunirá la familia o lo que quede de cada una de las ellas a compartir una cena particular.

Aunque sea por un rato, en el palpitar de una noche, en el transitar de pocos días, se respirará en el ambiente un sentimiento donde el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailarán y se darán la mano, sin importarles la facha, como si fuera la verdadera noche de San Juan, donde compartirán su pan, su tortilla y su gabán, gentes de cien mil raleas, como tan bien lo diría Serrat.

No es Dios ni la fe, no los textos sagrados, ni las ceremonias druídicas en los dólmenes de la Europa pagana, ni siquiera el ciclo solar con su infinito derrotero, no la fiesta de San Juan que divide el año en dos anunciando siempre la buena nueva.

Es la infancia, el recuerdo de los días de inocencia, la nostalgia por un pasado ido lo que provoca en estas fiestas ese sentimiento de difícil definición, que nos toma e invade con tanta fuerza a todos, nuestros corazones y conciencias.

¿Qué nos conecta con esa infancia feliz? (porque toda infancia fue feliz) la magia del regalo, la inocencia de una vida eclosionada en un sueño, la fantasía de que todo es posible, la alegría de la sorpresa, de la vida por delante.

En definitiva, la Navidad instala en los niños una fantástica fiesta de amor (sin apellidos ni sectarismos religiosos), del amor de sus padres y de los adultos que los acogen en todo su esplendor de criaturas maravillosas llenas de energía vital.

Y en los adultos, el retrotraerse a esa misma infancia, a los recuerdos imperecederos de la era de la inocencia, donde no se ven ni se sospechan los males de la corrupción y el engaño, de la envidia y la ignorancia, no se conoce aún la fuerza de los violentos o la soberbia de los poderosos.

La Navidad nos transforma en niños, por eso nos gusta regalar, porque regalar incluso en el amigo secreto de la oficina, nos permite expresar cariño sin remilgos ni excusas, nos permite amar a los demás dándonos tiempo para preparar un guiso especial, poner una mesa llena de detalles, elegir la frase más adecuada para expresar (y recibir amor).

Nos sacamos nuestras máscaras y corbatas, nuestros trajes, nos bajamos del auto y de la micro, nos reunimos aunque simbólicamente en una misma eterna mesa indisimuladamente a compartir cariños sin reservas.

La Navidad es el triunfo de la nostalgia, cuyo origen etimológico significa regreso al hogar, al hogar de nuestro origen cristalino, desprovisto de odios y llenos de sueños.

La música, los símbolos religiosos y profanos, las tradiciones son un vehículo que nos lleva a ese estado natural, a esa instancia previa de la toma de conciencia de la juventud y adultez, que con el tiempo nos carcome, nos desafía a perder nuestro humor, nuestra alegría, nos incita a desconfiar en el otro y nos termina matando como viejos agrios, aferrados a falsos dioses y adoctrinados en ídolos de mentira.

La vida es más simple, es más bella y es más buena, está en cada uno de nosotros, en la mirada nostálgica de lo que fuimos y en la mirada valiente de lo que de verdad queremos ser: eternamente niños, niños mágicos que regresan al hogar para volver a construir una nueva vida, una que ojalá trascienda de una vez, las fechas sempiternas del egoísmo y la guerra.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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