Reparé en la edad del presidente de Estados Unidos casi por azar. Setenta y tantos años. No fue una reacción moral ni un gesto de alarma; fue, más bien, una deformación profesional. Llevo toda mi vida trabajando en torno al envejecimiento, la vejez y sus significados sociales, y esa cifra activó una pregunta que no logro soltar: ¿Qué esperamos hoy de la vejez cuando gobierna?
La pregunta es delicada, porque vivimos en sociedades que oscilan entre dos extremos igualmente problemáticos: el edadismo, que asocia vejez a deterioro; y la idealización ingenua, que supone que el paso del tiempo trae consigo sabiduría, mesura y responsabilidad. Ninguna de las dos miradas alcanza para comprender lo que estamos viendo. El problema no es la edad de quien gobierna, sino qué tipo de relación establece con el mundo común.
Durante décadas, la psicología del desarrollo habló de la generatividad como una tarea central de la adultez madura: la capacidad de producir algo que trascienda al yo, de cuidar lo que no nos pertenece del todo, de pensar en quienes vienen después. No se trata de una virtud moral, sino de una función civilizatoria básica. Sin generatividad, no hay transmisión; sin transmisión, no hay futuro compartido.
Lo inquietante de ciertos liderazgos contemporáneos no es que estén encarnados en cuerpos envejecidos, sino que expresan una vejez sin generatividad. Una vejez que no cuida el mundo, sino que lo consume. Que no transmite, sino que captura. Que no se hace cargo del después, sino que vive el presente como botín. La mentira, la agresión y el desprecio por la verdad no aparecen como desvíos, sino como métodos legítimos para sostener el poder. Pero sería un error leer esto solo en clave individual. Ninguna figura política se sostiene sin una sociedad que lo permita. Y aquí la reflexión se vuelve más incómoda. Porque lo que vemos no es solo un liderazgo sin pudor, sino comunidades políticas cansadas de sostener límites, dispuestas a relativizar la mentira, a naturalizar la humillación y a confundir eficacia con ética. No es que las normas hayan desaparecido; es que han perdido legitimidad. La vergüenza pública, ese regulador silencioso de la vida social, parece haberse evaporado.
Cuando una sociedad deja de exigir generatividad a quienes concentran poder -especialmente si son mayores- algo profundo se ha roto en el pacto intergeneracional. Gobernar deja de ser un acto de responsabilidad hacia el futuro y se convierte en una estrategia de supervivencia personal. El poder ya no se piensa como encargo, sino como propiedad. Tal vez la pregunta no sea por qué existen liderazgos sin pudor, sino qué tipo de sociedad los vuelve posibles.
¿Qué esperamos hoy de la vejez cuando esta detenta poder? ¿Seguimos creyendo que la experiencia trae consigo responsabilidad por el mundo común, o hemos renunciado a exigir generatividad a quienes han vivido más y gobernado más? ¿Quién se hace cargo del mundo que queda? ¿A quién le pedimos hoy memoria, límite y cuidado intergeneracional? ¿Qué dice de nosotros que normalicemos la apropiación del presente en nombre de la eficacia y el control?
Quizás la pregunta más incómoda no sea por ellos, sino por nosotros: por nuestra dificultad creciente para imaginar un futuro compartido y exigir que alguien -empezando por quienes concentran poder- se haga responsable de él.
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