Las vacaciones están socialmente diseñadas como un mandato de felicidad. Descansar, viajar, compartir, sonreír. Fotos familiares, parejas bronceadas, niños felices. Todo parece indicar que si no estás bien en vacaciones, algo falla en ti. Y esa es, quizás, la primera gran trampa emocional del verano. Porque la verdad, es que la soledad también existe en vacaciones. Y no es marginal es incómoda y profundamente humana.
Muchos esperan el verano como un respiro después de meses de exigencia laboral. Dos o tres semanas al año para desconectarse, recomponerse, volver a sentir. Algunas personas lo hacen en familia, otras se organizan con hijos compartidos tras una separación, otros viajan fuera del país, y no pocos optan por no tomarse vacaciones del todo, porque detenerse implica sentir.
Pero también están quienes no tienen con quién estar. Personas más introvertidas, adultos solos, migrantes sin redes cercanas, personas en duelo, padres o madres cuando los hijos crecen y hacen su propia vida. Personas que no aparecen en las postales del verano, pero que existen. Y son muchas. El problema no es solo la soledad. El problema es la obligación de esconderla.
Nos engañamos pensando que en vacaciones hay que estar bien, disponibles, agradecidos, felices. Nos hacemos trampas emocionales: minimizamos lo que sentimos, nos comparamos, nos culpamos. "Cómo me voy a sentir así si estoy de vacaciones". Y esa negación, lejos de ayudarnos, profundiza el vacío.
Las redes sociales hacen el resto. Amplifican la idea de que "todos están disfrutando menos yo". Y no porque sea verdad, sino porque mostramos solo lo que se espera mostrar. Nadie sube la foto del silencio, de la pieza vacía, del almuerzo solo, de la nostalgia que aparece sin aviso, y no soy la excepción enero lo pasé solo.
Por eso la soledad en vacaciones duele, porque no tiene coartadas. No hay trabajo que distraiga, no hay rutina que tape, no hay horarios que ordenen. Queda uno con uno mismo. Y eso, para muchas personas, es lo más difícil.
Entonces la pregunta es cómo transitarla sin dañarnos. Algunas ideas, sin maquillaje y que las pongo como solo sugerencias:
Tal vez el mayor acto disruptivo en vacaciones sea permitirse no estar bien. No forzar la alegría. No competir con la felicidad ajena. No actuar para cumplir expectativas que nadie nos pidió explícitamente, pero que igual sentimos encima.
La soledad puede doler menos cuando dejamos de tratarla como un defecto y empezamos a entenderla como una señal. Una señal de vínculo, de pérdida, de cambio, de etapa. Y eso, aunque incomode, también es parte de estar vivos. Porque no todos descansan igual, no todos celebran igual y no todos tienen a alguien con quien compartir el verano. Y decirlo, sin vergüenza, también es una forma de cuidado emocional.
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