Movilidad peatonal y deterioro de veredas: deuda estructural en las ciudades

Cuando se habla de movilidad urbana en Chile, la conversación suele concentrarse en buses eléctricos, fallas del Metro o ciclovías. Existe, sin embargo, un componente esencial que permanece sistemáticamente invisibilizado: caminar.

Según las Encuestas Origen-Destino del Ministerio de Transportes (MTT), las caminatas representan el 31% de los viajes diarios en ciudades chilenas -casi tanto como el automóvil (35%) y el transporte público (30%)-. En Valdivia y Osorno los viajes a pie superan el 45%; en Santiago, Temuco, Arica e Iquique, el 35% (EOD-MTT). Caminar no es marginal: es uno de los principales modos de movilidad del país.

Y no solo permite trasladarse. Mejora la salud física y mental, fortalece la vida de barrio, activa el comercio local y humaniza el espacio urbano. Una ciudad caminable es más segura, inclusiva y sostenible. Pero ello exige condiciones mínimas: veredas continuas, superficies estables, iluminación adecuada, cruces seguros y conectividad peatonal.

En Chile, la realidad dista mucho de ese estándar. Un indicador del INE sobre el porcentaje de manzanas con veredas en buen estado revela una deuda estructural alarmante. Olmué registra apenas 6,7% de veredas en condiciones adecuadas; Pedro Aguirre Cerda 7,4%; Lo Espejo 11%. Santiago, Concepción y Valparaíso no superan el 35%. Existen al menos 20 comunas donde las veredas no alcanzan el 20% de calidad aceptable, y unas 60 que no llegan al 50% (INE-2018).

No se trata solo de urbanismo: se trata de equidad. Las malas veredas afectan especialmente a adultos mayores, personas con discapacidad, mujeres cuidadoras, niños y trabajadores que dependen del transporte público. Cada baldosa suelta o tramo inexistente es una barrera concreta para miles de personas. Invertir en veredas no es gasto menor: es mejorar movilidad, seguridad, inclusión y empleo local. Es también dignificar comunas de bajos recursos e históricamente postergadas.

El principio de accesibilidad universal exige que cualquier ciudadano pueda desplazarse de forma autónoma y digna, independientemente de sus capacidades físicas. Chile suscribe ese principio en el discurso, pero lo incumple cotidianamente en sus calles. El Consejo Nacional de Desarrollo Urbano (CNDU) ha establecido como meta que el 100% de las manzanas urbanas cuente con veredas en buen estado. La distancia entre esa aspiración y la realidad actual es inaceptable.

Los últimos años han estado dominados por una conversación legítima pero incompleta: buses eléctricos y ciclovías. Es una discusión necesaria, pero que ha consumido la agenda de movilidad mientras el 31% de los viajes diarios -los que se hacen a pie- carece de política pública contundente, de presupuesto estable y de autoridad responsable. La acción del Estado debe superar las preferencias personales de la autoridad y de los grupos con mayor acceso a la opinión pública.

Por ello, resulta indispensable una política nacional de recuperación de veredas. No bastan programas aislados ni proyectos municipales fragmentados. Se requiere una institucionalidad clara, un financiamiento estable, con estándares técnicos comunes y una única autoridad responsable. Registremos que la movilidad es función-objetivo del MTT.

Antes y después de cada bus siempre hay una vereda que recorrer. La caminata no es el residuo del sistema de transporte: es su fundamento. El único modo universal, el más equitativo y el más sostenible. Una política de movilidad que no comienza por el viaje a pie no comienza por las personas. Ya es hora de que Chile construya una institucionalidad peatonal a la altura de sus ciudades y eso empieza, literalmente, por la propia esquina de nuestras casas.