Mientras usted lee estas palabras, neutrinos están atravesando su cuerpo. No los sentimos ni los vemos. La inmensa mayoría seguirá su camino atravesando el suelo, las rocas y probablemente buena parte de nuestro planeta sin dejar prácticamente ninguna huella.
Son partículas extraordinarias. Pueden viajar desde algunos de los lugares más extremos del universo transportando información sobre los procesos que los produjeron. Pero esa misma capacidad para atravesar la materia casi sin interactuar con ella hace que sean extraordinariamente difíciles de detectar. ¿Cómo observar algo que casi nunca se deja tocar?
Francis Halzen y un enorme equipo dedicado a la ciencia y la ingeniería encontraron una respuesta tan hermosa como improbable: utilizando hielo.
Esta semana, Halzen recibió el Premio Nobel de Física 2026 por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico. IceCube se encuentra en la Antártica, cerca del Polo Sur. Allí fueron instalados 5.160 sensores en 86 líneas que descienden hasta unos 2.450 metros de profundidad, utilizando aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo como un gigantesco detector.
La idea es sencilla de explicar. Si los neutrinos tienen una probabilidad extraordinariamente pequeña de interactuar con la materia, podemos aumentar nuestras posibilidades ofreciéndoles una cantidad gigantesca de materia que atravesar. En las raras ocasiones en que ocurre una interacción, las partículas cargadas producidas pueden emitir una tenue luz azulada, conocida como radiación Cherenkov, que los sensores enterrados en el hielo pueden registrar.
Pero contar esta historia tiene una trampa: conocemos el final.
Sabemos que IceCube funcionó, que detectó neutrinos provenientes del cosmos y que abrió una nueva manera de observar el universo. Sabemos también que, décadas después, aquella aventura terminó siendo reconocida con un Premio Nobel. Cuando conocemos el final, todo parece más inevitable de lo que realmente fue.
Antes de IceCube estuvo AMANDA, un experimento más pequeño que debía demostrar que era posible utilizar el hielo antártico como medio de detección. En 1993 y 1994 se instalaron sus primeros sensores entre 800 y 1.000 metros de profundidad, pero apareció un problema inesperado. A esa profundidad el hielo contenía demasiadas burbujas, las que dispersaban la luz que el equipo necesitaba observar. Había que perforar más profundo. Por debajo de unos 1.500 metros encontraron hielo más transparente, un descubrimiento que sería fundamental para diseñar IceCube.
Después hubo que desarrollar sensores, perfeccionar sistemas capaces de perforar kilómetros de hielo y construir un observatorio cuyos detectores quedarían permanentemente congelados bajo la Antártica. La construcción comenzó en 2004 y concluyó en diciembre de 2010, después de siete temporadas de trabajo en el Polo Sur. Y todavía faltaba lo más importante: encontrar aquello que esperaban descubrir con IceCube.
En los datos aparecieron dos eventos asociados a neutrinos de energías extraordinarias que recibieron los nombres de Bert y Ernie, como los personajes de "Plaza Sésamo". Más tarde aparecería otro aún más energético, Big Bird. Por supuesto que la evidencia científica no dependió de tres acontecimientos aislados. Con varios años de observaciones, la colaboración encontró una población de neutrinos de alta energía que no podía explicarse únicamente por procesos ocurridos en nuestra atmósfera.
Venían del cosmos. Se había abierto una nueva ventana para observar el universo. Quizás por eso resulta tan reveladora una reflexión de Halzen después de recibir el Nobel. Al mirar hacia atrás, dijo que lo más sorprendente era que hubieran conseguido el financiamiento para realizar el proyecto.
La frase puede parecer una anécdota, pero dice mucho sobre la manera en que hacemos ciencia. Hoy conocemos el resultado. Quienes tuvieron que decidir si aquella idea merecía tiempo, personas e infraestructura no lo conocían.
Y aquí la historia de IceCube se encuentra, inesperadamente, con una discusión que estamos teniendo en Chile. Mientras el mundo celebraba un descubrimiento cuyo resultado nadie podía garantizar, nosotros comenzábamos a discutir cuánto invertir durante 2027 en nuestra propia capacidad para hacer ciencia.
El proyecto de Ley de Presupuestos 2027 propone una disminución de 7,38% para el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. La cifra, sin embargo, no cuenta toda la historia. Fondecyt aumenta alrededor de 2% y Fondap incrementa considerablemente sus recursos. En cambio, Fondef cae cerca de 20%, el Programa de Investigación Asociativa alrededor de 23% y Fondequip, destinado al equipamiento científico y tecnológico, más de 80%.
Todo presupuesto obliga a priorizar. Los recursos son limitados y las necesidades de una sociedad son muchas. Salud, educación, seguridad, vivienda, pensiones e infraestructura compiten legítimamente por ellos. La responsabilidad fiscal importa. También la ciencia debe explicar a la sociedad qué hace con los recursos que recibe. Pero hay algo especialmente difícil de medir cuando hablamos de investigación: ¿Cuánto vale una pregunta cuya respuesta todavía no conocemos?
Podemos exigir a la ciencia rigor, calidad, transparencia, evaluación y buen uso de los recursos. Debemos hacerlo. Lo que difícilmente podemos exigirle es que conozca de antemano aquello que precisamente intenta descubrir. Si supiéramos con certeza el resultado de cada investigación, probablemente buena parte de ella dejaría de ser investigación.
Hay además otra dimensión que suele quedar escondida detrás de las cifras. Para hacer ciencia no bastan buenas ideas. También hacen falta personas, laboratorios e instrumentos capaces de medir aquello que nuestros sentidos no pueden observar. Y detrás de esos instrumentos hay años de aprendizaje, mantenimiento y experiencia.
Abrir un laboratorio cuesta mucho más que comprar una máquina. Hay que habilitar espacios, formar personas, aprender técnicas, mantener y calibrar instrumentos, conseguir repuestos y consumibles y, con los años, reemplazar aquello que inevitablemente envejece. Un laboratorio no es solamente una habitación llena de equipos. Es conocimiento, experiencia y capacidades acumuladas durante años.
Por eso hay una asimetría que merece atención: construir capacidad científica puede tomar años o décadas; debilitarla puede tomar apenas un ciclo presupuestario. Un instrumento que deja de mantenerse puede quedar inutilizable. Un laboratorio que no se actualiza envejece. También puede perderse una técnica que deja de practicarse, o una persona joven que investiga puede buscar otro lugar donde desarrollar sus preguntas. Recuperar esas capacidades más adelante no consiste simplemente en devolver el dinero que dejamos de invertir.
Quizás esa sea la enseñanza más interesante de IceCube para nuestra discusión. El Nobel no nació en 2026 ni comenzó con la detección de los primeros neutrinos provenientes del cosmos. Detrás hubo décadas de preguntas, intentos, errores, personas, instrumentos e infraestructura. Primero hubo una idea. Después aparecieron burbujas en el hielo y hubo que perforar más profundo. Mucho más tarde llegaron Bert y Ernie. Y finalmente llegó Estocolmo.
No necesitamos imaginar que cada laboratorio chileno producirá un Premio Nobel. Sería absurdo. Muchas preguntas científicas no conducirán a descubrimientos extraordinarios y algunos experimentos simplemente no funcionarán. Reconocer esa incertidumbre también forma parte de la honestidad con que debemos discutir el financiamiento público de la ciencia.
La pregunta relevante es otra: ¿Qué preguntas queremos que Chile sea capaz de responder dentro de 20 o 30 años? En algún laboratorio del país puede existir hoy una pregunta que no parece urgente. Tal vez ni siquiera parezca importante y puede que no conduzca a ninguna parte. Pero también puede ocurrir que algún día alguien encuentre una respuesta que hoy somos incapaces de imaginar.
Los presupuestos se escriben para un año, pero la ciencia se construye durante generaciones. Y quizás por eso, precisamente cuando decidimos cuánto invertir en ella, conviene recordar que los descubrimientos pueden ocurrir de manera inesperada, pero la capacidad para hacerlos posibles rara vez se construye por accidente.